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Sin aves no hay paraíso.

-Están apareándose-, me dice la vecina.
Son cuatro gavilanes que a esta hora de la mañana han volado de entre los árboles y, asentándose en la entrada del edificio, empezaron a comer de los trozos de pan que se les acostumbra echar a los demás pájaros. Primera vez que se posan tan cerca. Aunque su hábitat sea la zona verde de la urbanización y los predios arbolados de la parte trasera del convento, se mantienen a distancia, rara vez como hoy, rompen la norma. Sin embargo, ariscos, cualquier ruido o movimiento los espanta y vuelven a su escondrijo entre los árboles de mango, cámbulos y pomos. Pero, tentados por el pan, no demoran en regresar: uno, al comienzo; luego, dos y tres después.
Saco la cámara e intento tomarles una foto. Desde hace tiempos vivo atentos a ellos, son una familia grande, de cinco miembros, cuyos chillidos en la mañana alarman a las demás aves que, en bandadas, vuelan despavoridas, y en las tardes giran en el cielo, dejándose llevar por las corrientes de aire, bellos y pacíficos, después de un día venturoso. No creo que exista vuelo menos ostentoso y placentero que el suyo. En esto nos llevan ventaja y sabiduría, asumiendo con las nubes y el cielo lo que les corresponde en esa tarea estética que en su conjunto es también la vida. La diaria, la de todo los días, la que en una ciudad como Medellín, encementada, llena de tráfico, ruido, crimen, gente y contaminación, no es nada fácil alcanzar, aunque en lugares como éste, una urbanización más o menos tranquila al occidente, la situación parece ser otra. Lo digo porque quienes la planearon tuvieron muy en cuenta el entorno y cuidaron de no entrar en disputa con la naturaleza, sin tocar sus árboles y trayendo otros, posibilitando además el jardín común. Quizá esto explique por qué, con los años, la cantidad de aves y especies sean tantas, desde carpinteros, torcazas, azulejos, abejeros, canarios, reinitas, loras, pericos, toches e incluso, ibis negros, et, etc. Y gavilanes, por supuesto.
Y, como si lo dicho fuera poco, mientras garrapateó esta prosa, sobre el almendro negro, verde y majestuoso, oigo el alboroto del par de pintarrajeadas guacamayas que desde hace unos días, venidas de quién sabe dónde, nos visitan y dan aviso a los escépticos de que por fuera de sus pensamientos y llanezas, existe un obrar de todo que no interrumpe su marcha.

Libélulas.

Antes era frecuente verlas

agitando sus irisadas alas

sobre el agua de las piscinas,

las flores de los antejardines

o los matorrales silvestres.

Caigo en cuenta ahora

cuando ya no hacen parte

de la diaria razón de las cosas.

Por lo menos de estos espacios urbanos

donde el halo natural

se ha tornado una reverberación venenosa.

¿Son las libélulas otra especie en extinción?,

me pregunto, y pienso en el destino de la belleza,

si ella apareció con el mundo o es producto,

como todo, del ciclo evolutivo

y, por tanto, un día morirá también… como todo.

O es sustancia de lo divino

y poco importa lo que el mortal haga de ella,

pues sobrevivirá a su desatino

en otros espacios remotos.

Pero ¿quién daría entonces cuenta de ella?

Innato es nuestro sentido de la belleza,

y perderla, dejarla de advertir, sería el comienzo de la desgracia.

Sin embargo, no existe situación, por miserable que sea,

que esté exenta de ella. Aún en la muerte

percibimos que, por mínimo

que haya sido su brillo,

por su causa  entrevimos el paraíso,

aquel lugar donde un resplandor inextinguible

gratifica al corazón

sin necesidad de mayores razones.

¡Ah!, los días en que las libélulas

venían a prenderse al jardín de la casa

sin otra causa que la belleza misma

sin otro fin que anunciarse

en el regalado verano de nuestra dicha.

Poema

Autumm Rythm

 

aquel día

él pasó el final de la tarde

frente al Pollock

que exhibe el Museo Metropolitano

sin sentir necesidad de nada

salvo vivir la sensación

el asomo raro

que la compulsiva telaraña de líneas

ritmos

tonos y colores  le producía

semejante se le ocurrió

a un otoño

bañado por una búdica

intensa tibieza mental

anticipo

de algo no sabido

y al fin nuestro

tal como puede serlo

–con figuras y ornamentos tallados

por una mano no humana –

la estela hallada por una sonda

en algún confín galáctico

y ahora expuesta

en una sala de museo

para goce y  perturbación de todos

Poema

Irse a Islandia
tener allí otra vida

y volverse
un tipo de cuidado

como quería Rimbaud

y huir
siempre huir

He acá el dictado la monserga
que todavía él escucha

Irse

otear otros paisajes

y dejar que a su destino huero
lo arrastre el mar

siempre

hacia reclamos
todavía más brumosos

y lenguas menos onerosas

Irse hasta no encontrar
donde ir

y allí sí
escribir el salmo

De gatos y japoneses

Cierta vez alabé unas caligrafías japonesas que adornaban la oficina de mi amiga Claudia allí en el campus universitario. Un regalo, me dijo, de Akira, el profesor del Dpto. de Idiomas, cuando ella fue promovida a directora de la sección de inglés. Eran unos caracteres hechos con destreza y plasticidad, la labor de alguien que conocía muy bien los rigores y exigencias de un oficio con siglos de tradición y que, a diferencia de las láminas y reproducciones que por lo común se acostumbran en este tipo de lugares, acá daban un toque muy particular a aquel espacio.

-Realmente son hermosos, le dije, ¿qué significan?

Claudia, sonrió, al responderme que no sabía. O mejor, que sí sabía pero que lo había olvidado. Quedamos en que me averiguaría de nuevo con él.

Pasaron las semanas y una tarde recibí una llamada suya, preguntándome si podía recibir al profesor japonés en mi oficina. Resumiendo: ella le había contado del interés que me habían despertado sus caligrafías y esto bastó para que él, algo con lo que no contábamos, tan diferentes somos culturalmente, sintiera que debía responder con una cortesía. Salí a la puerta del edificio a esperarlo y pronto lo vi venir. Era menudo y delgado y sonría como un niño. En su mano derecha traía un par de pinceles, papel y un frasco de tinta. Aunque su práctica, como me contó luego en un muy correcto español, no iba más allá de la aprendida en el colegio, quería comunicarme dos o tres cosas al respecto y ofrecerme una muestra. Al llegar a los escalones de la entrada, sucedió entonces lo que aún, años después, sigue intrigándome y me pone a pensar si acaso no pre-existe un vínculo, un raro acuerdo, sólo explicable por una ciencia nueva, entre  bestias y japoneses. Lo digo por lo siguiente.

Un día, en uno de los escalones de la entrada al edificio, apareció una gata negra abandonada y, preocupadas por su suerte, varias colegas se encargaron de cuidarla. A partir de entonces no le faltó el plato de comida o la visita al veterinario cuando era necesario, convirtiéndose su presencia además en algo habitual en cubículos y pasillos, y su quietud de objeto reluciente en adorno que se sumaba al ir y venir de los días. Pronto la gata mostró preferencias y devociones y yo, pese a mis atenciones, no fui una de ellas. Era como si, entre el conjunto de amistades, distinguiera quién, por una razón u otra, ¡vaya uno a saber por cuál!, no le mereciera la pena. El hecho era que a mis mimos y carantoñas respondía con indiferencia desdeñosa y a veces, incluso, el verme le bastaba  para escapar del lugar. Nada, pues, de miradas amorosas o maullidos lastimeros conmigo, su gratitud tenía ya muy bien elegido el personal al  cual dirigirla. Así pasó el tiempo y yo, sin insistir, sabido de lo caprichosos y difíciles que son de convencer los gatos, convine con mi invisibilidad. Si nos cruzábamos, algo raro de suceder, ambos levantábamos la cabeza y actuábamos como un par de lores. En fin, para volver a la historia, mientras en la puerta del edificio esperaba al profesor Akira, de pronto advertí a la gata en el pasillo aledaño, simulando una somnolencia superior a cualquier interés por retomar la existencia. Por más esfuerzos, no lograba o no podía abrir los ojos y si aún el sol alumbraba, corrían las cinco de la tarde, aquello era disculpa suficiente. Por primera vez la veía en aquel sitio, ajeno a su territorio y un mal refugio ciertamente. Lo que era raro.

Atenido a lo implícito entre ambos, no sólo la ignoré sino que dediqué mi interés en Akira, a quien no conocía, y ahí estaba a la hora exacta, otra cortesía más suya. Antes de salir a su encuentro, noto que la gata deja de pronto su estado de hibernación y, adelantándose, da un salto y corre a saludar al profesor que, sin cohibición alguna, se inclina, y empieza a acariciarle la cabeza con una alegría semejante a la que el animal muestra por él. Es como si, de pronto, sin esperarlo, después de mucho tiempo, se volvieran a encontrar. Akira la levanta y la abraza, poco falta para que la coja a besos, rompiendo sus exquisitos modales. Me limito a mirarlos, ya habrá tiempo de saludarlo, no voy a arruinar tal ceremonial. Después de varios minutos, recordando a qué vino, Akira la devuelve al piso y, extendiéndome la mano, me saluda. Lo invito entonces a la oficina y allí, desplegando el material que ha traído, me habla de los tres alfabetos japoneses y de la posición, sentado en el piso, que se ha de tomar cuando se escribe. Extiende el papel y, tomando el pincel, con maravillosa destreza, rapidez y vigor, sin esperar una perfección en la acción -así como es la vida, me explica-, escribe un poema de Basho. He ahí, me digo, feliz y asombrado, un hombre producto de una gran cultura.

Al despedirnos, intrigado por el comportamiento de ambos y en vista del cariño mostrado, le pregunto si conocía de antes a la gata.

-No, claro que no, me responde. Es primera vez que la veo.

Para Claudia H.

Marcos Calarcá en CNN.

 

En entrevista aparecida estos días en CNN , ante la pregunta del periodista de si las Farc no temen a los tribunales internacionales por la violación de los derechos humanos, Marcos Calarcá, miembro del comité negociador, responde sorprendido: “¿A cuales violaciones?” El periodista le enumera: secuestro, narcotráfico, extorsión, minas, genocidios, reclutamiento de menores… “Quien nada debe, nada teme”, responde con cara de palo. ¿Cómo”?, se pregunta uno, ¿no es ésta una actitud muy cínica? Frente a lo que las Farc ha hecho a un país durante años, sus dirigentes no tienen o fingen no tener conciencia ninguna? ¿No tienen idea acaso del Mal? Quizás, dirán, los culpables seamos los demás que actuamos distinto, dentro de la legalidad.
El Mal, una palabra que no suele escucharse ni plantearse en estos manejos de un país, ¿basta someterla a una idea política, a la aventura del poder, para relegarla y hacer pensar que no existe? ¿Qué el daño a los demás, a la sociedad misma, no importa? ¿Cómo valorar entonces la conducta humana?, ¿cómo diferenciarla?, ¿son todas las cosas iguales? Hasta el lenguaje, el común y corriente, resulta pervertido. Calarcá en lugar de secuestro utiliza el eufemismo “retención” y para Iván Márquez sus crímenes, los de la Farc, son solo “errores”, como si las palabras fueran inocentes. Tampoco los nazis actuaban con una conciencia del Mal y también disfrazaban el lenguaje.
Perdón y reconciliación son palabras que se piden a las víctimas, ¿cuáles pedir entonces a los victimarios cuya ideología les autoriza todo? A ellos que nada deben.

Dios y los dinosaurios.

 

No habla la Biblia, cualquier biblia, de los tiempos prehistóricos cuando el mundo apenas existía en borrador y criaturas monstruosas lo poblaban y aquello era por completo una pesadilla. Es como si no hubieran existido o, mejor, como si no fueran obra de dios y por lo tanto no había de qué hablar. O, peor, no necesitaban de explicación, estaban fuera del libreto. ¿Se trataba apenas de un ensayo, de tentativas no siempre dignas de encomio, antes de convenir con un verdadero inicio? Comenzar con los dinosaurios para luego sacarlos de escena, borrándolos de un plumazo, quizá no favorezca mucho la fábula de un creador que entrega el paquete listo desde el alba de la historia.
Sin embargo, viniendo más acá, a tiempos de la historia, cuando el humano logró ponerse de pie, quizás las razones evolucionistas, por más ciertas que sean, tampoco explican por qué, sin la mano de ese Dios, muerto hace unos días, las cosas tomaron forma y orden. Por qué y cómo lo oscuro y originario, pese a todo, terminó convertido en un acontecimiento asombroso y lleno de belleza. En un real milagro.
Borges, el ineludible Borges, ya anciano, confesaba tener todavía asombros, dando prueba no solo de que su mente continuaba activa sino de que frente al profundo enigma, él que lo sabía todo, la vivencia a profesar era esa, la que sin explicarnos mucho nos entrega la estremecida visión del TODO.

 

¿Han perdido las tetas poder?

Rumer Willis, hermana de Scout, la que se paseo semidesnuda por Nueva York. Las fotos de Scout no se permiten subir a internet.

Rumer Willis.

No hace mucho la hija de Bruce Willis, Scout Willis, caminó por el centro de New York, donde nadie mira a nadie, con el torso desnudo. Según la prensa que sí mira, con dicho hecho buscaba reivindicar el derecho de la mujer a eliminar el sujetador y mostrar las tetas sin las trabas de siempre; es decir, a descargar el acto de las consideraciones morales que lo acompañan y dar un paso más en la lucha por el derecho a hacer con su cuerpo lo que bien le venga en gana. El acto por tratarse de quien se trataba, apareció en todas partes y digamos que la bella muchacha consiguió lo que buscaba sin ir a la cárcel ni recibir sermones de sus famosos padres o la gente austera, para llamarla de algún modo. Nadie, pues, se llamó a escándalo y, una vez pasada la curiosidad, el hecho pasó a ser uno de tantos, buenos y malos, que suceden cada día. En otras palabras, así las tetas todavía merezcan toda la atención, lo evidente es que mostrarlas, por una práctica cada vez más frecuente y desinhibida, amenaza con trivializar su encanto y volatizar su sensualidad. Si en algún momento, exhibirlas hacía parte de la protesta, cualquier protesta, hoy no da para tanto. Uno se las encuentra por todas partes y de todos los tamaños en portadas de revistas, periódicos, internet, videos y ni que se diga en el cine y la tv. Han terminado por convertirse en un hecho familiar, doméstico, donde la tentación, maravillosa palabra, apenas tiene que ver.
¿Han perdido poder las tetas?, salta entonces la pregunta. Probablemente no, o quién sabe, pero no es lo mismo mirar un escote pródigo que unos senos tal como la naturaleza o la cirugía mueven a ostentarlos, vueltos ahora lugar común. Casi podría decir que lo ganado por la mujer en su lucha por las reinvicaciones o la figuración comercial, lo ha perdido en ese legado que alinea la mirada con la desnudez y el deseo. Con la incitación misma.
Tenía dieciséis años cuando vi por primera vez unos senos. Se trataba de una película francesa y una actriz Myléne Demongeot, nuera por cierto del gran George Simenon, quien se sacaba el pullover en alguna escena, mostrando cuán perfecta era y cuán transgresor hacerlo en ese momento. Recuerdo la sorpresa, la conmoción y el descomunal suspiro del publico en el teatro. Que en una época clerical, corrían los años 60, se ofreciera algo semejante, no sólo rompía todas las normas, sino que permitía a un público y a un adolescente, yo, enredado en asuntos inefables, advertir de pronto, con emoción paralizadora, los tesoros ocultos de la existencia. A Myléne, no la olvido pese a los años transcurridos, lo que no puedo afirmar de las dueñas de cientos de tetas que hoy día saltan aquí y allá por el placer de la frivolidad y la necedad de restarle a la imaginación lo que a ella pertenece.
No es gratuito, pues, apenas coherente que, dado el rumbo de las cosas, una precursora, placentera y a la vez contestataria PlayBoy anuncie para comienzos de 2016 no publicar más desnudos.

Una cita equivocada.

Enfermé cuando empecé a ir donde el médico. Fue como caer en una trampa, desde entonces las citas, consultorios y especialistas se multiplican y mi salud, antes de hierro, ahora es tan frágil y quebradiza que muy bien justifica que a la menor inquietud tome el teléfono o acuda al mail para una nueva visita. Por supuesto que a mi edad una rutina semejante no debe alarmarme y pensar lo que pienso al respecto resulta ocioso o prevenido, inútil en todo caso. Es lo que leo en la mente del médico cuando después de tomarme la presión, se acerca para examinarme el grano que emerge al lado de la nariz. “Sabes, me dice, también existe un acné senil, pero…” Deja la frase en la mitad, se soba la barbilla y con aire preocupado me informa que dicho grano no es lo que creía. Nada por qué inquietarme, pero lo más recomendable es que pida una cita al cirujano plástico, se me haga una biopsia para definir el carácter del tumor (la palabreja se le escapa), y luego me operen. Me despide con una palmadita en la espalda y con una seña invita al paciente en turno.
Hace unos años, a estos sectores asépticos de la vida infernal, me condujo una crisis alérgica al abrir “Los laberintos insolados” de Marta Traba, un libro que un golpe de la fortuna había puesto en mis manos después de varios meses de buscarlo. Sin embargo, aquel era un ejemplar al que el tiempo había cubierto de un olor a moho y los ácaros convertido en su cálido hogar, aspectos ambos que como lector debía evitar, dada mi sensibilidad a ellos. Pese a esto, sin pensarlo dos veces, feliz de encontrarlo, lo abrí de inmediato, lamentando enseguida haberlo hecho. Ese libro no había nacido para mí, pensé en mis adentros, cuando sentí unas punzadas en la garganta, anuncio de una enorme irritación y un serio malestar, con fiebre y escalofrío, me mandó a la cama una semana. Nunca me había sentido tan mal. Las pesadillas de un plumífero son asunto mayor, sobre todo porque las formas y seres de la irrealidad se tornan la realidad misma y ésta amenaza con no tener fin. La verdad, la temporada en que mil demonios te llegan de visita y, salvo sufrir, poco hay qué hacer.
Fue cuando, impaciente, al límite, solicité entonces la atención médica. Hasta allí, salvo mi pugna con las reliquias de todo tipo, era un individuo a quien el beber y el yantar, ajeno a todo cuidado o recomendación macrobiótica, no sólo fortalecían el espíritu, sino que colocaban también por fuera de toda agenda médica, un verdadero perdedero de plata. Y ahí fue Troya.
Desde entonces, subordinado a una red intrincada y férrea -que a la vez que se amplia, me apresa-, necesito acudir a la IPS cada tres meses y, pese a que llevo cinco años yendo allí con fidelidad de perro, mi aspecto no mejora.
He terminado por resignarme a las circunstancias. Al menos, por gracia de la época, me ahorro las sanguijuelas, aunque, en lugar suyo, equivocando las dosis y los días, la droga apenas me da para, terminada una cita, consiga llegar a la otra.

¿Un signo de los tiempos?

El fiscal, una persona intolerante y poco imparcial, como a cada rato lo demuestran sus acciones, olvida que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Ayer o anteayer ha madrugado a la Corte Suprema para solicitar se reabra una investigación al expresidente Uribe en razón de nuevas pruebas, aportadas por uno de los más crueles y sanguinarios criminales que, extraditado por aquél en su momento, paga cárcel en Estados Unidos. Para el fiscal, pequeño roedor napoleónico, las acusaciones de un narcotraficante de la peor calaña, no le despiertan las menores sospechas y las acepta como suficientes a pesar de que, como lo enseña la norma y lo dicta el buen juicio, su valor es para pensarlo dos veces. Él, en su dañino afán de atender a propósitos políticos y personales, olvidándose de su papel en el ejercicio de la justicia, da igual valor a las palabras de un condenado que a lo que los tribunales han determinado ya y, peor, las coloca en la misma condición con las de quien actúa abiertamente y ha tenido una dignidad pública.
El expresidente ha dicho en su defensa que este tipo de infamias ya son costumbre en períodos electorales y uno recuerda como en las anteriores elecciones, cuando el hoy presidente perdió en la primera vuelta, el fiscal se inventó el caso del hacker que, sumados a los billones gastados en “mermelada”, lograron la reelección.
Dar igual valor a las cosas por encima de la verdad, es al parecer el signo de estos tiempos. Las palabras, desenraizadas de su sentido, hoy significan una cosa y mañana otra, o pierden o mudan o se vacían de naturaleza en el tartamudeante discurso oficial, para así manipular la realidad. Los enemigos entonces no son quiénes se levantan contra la legitimidad de un estado democrático y atentan contra él, sino quienes, a pesar de actuar de conformidad con las leyes, el gobierno descalifica y persigue porque, a nombre de la paz, ahora se iguala y corteja a sus nuevos amiguis, sin importarle mucho el riesgo (no se nos cuenta mucho al respecto, sólo lo conveniente) en que, con manga larga, coloca nuestra frágil democracia. Aquélla que hemos visto derrumbarse en predios vecinos bajo estandartes, para decirlo retóricamente, donde la misma palabra democracia ha servido de medio de alcanzar lo que ella no es.
Un trato, pues, diferente, que explica por qué un fiscal de bolsillo interviene políticamente cuando se le da la gana o un presidente, repartiendo cartas, se guarde las que le convienen, sin importarle su compromiso de juego limpio y de cumplir la palabra, que en su bocaza cambia continuamente de sentido y razón porque  a ello es quizás a lo que realmente ha apostado.
Y, ¡lo indignante!, porque no es otro el resultado conseguido: que una cosa sea igual a otra.