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Keira y un día de suerte.

Cuando presenté mi tiquete, la empleada del mostrador me dijo que era pasajero “ascendido” y me mandó para clase ejecutiva. Celebraba mi buena suerte, cuando al penetrar al avión, la azafata, después de echar un vistazo rápido, me ubicó en una silla al lado de una pasajera que resguardaba su identidad bajo unas amplias gafas y una pañoleta. El avión, un ARBUS 326, viajaba de NuevaYork a Londres y yo me dispuse a disfrutar los privilegios que la nueva e inesperada categoría de pasajero me concedían. Aunque no iba a importunar o importuné a la enigmática pasajera con cualquier charla insulsa, en adelante no dejé de observarla por el rabillo del ojo. Sintetizando, ella aprovechó la travesía del Atlántico para dormir, mientras yo tejía cábalas para saber de quién se trataba,  pues al querer pasar desapercibida o quizás por eso, mi interés se redobló. Eso me aligeró el viaje, no tenía más en que pensar. Horas después, cercanos ya al final, la dama se despertó y, al volverse, me sonrió. Parecía más relajada, daba la impresión de entrar a territorio conocido, incluso se quitó las gafas y las guardó en su elegante bolso Gucchi. Para mi sorpresa, como si me agradeciera no haberla molestado, me extendió la mano y se presentó: Keira. En adelante charlamos como si nos conociéramos de siempre. Su simpatía y belleza eran un regalo. En algún momento se levantó para ir el baño y al verla ir por el pasillo, recordé esas piernas que lucían perfectas sobre los tacones altos. Entonces, milagros de la memoria, la recordé, supe quién era, pues la había visto como invitada en un programa de Graham Norton. ¡Qué día de suerte para mí!

Mientras descendíamos  del avión y nos internábamos en el túnel aeroportuario, amigos cómo éramos, me atreví a discutirle su papel de novia y paciente, primero de Jung y, luego de Freud, ese par de charlatanes, en aquel film donde, saltándose toda su aura erótica y esa sonrisa capaz de descuadrar un teorema, no se le hacía justicia a su belleza. ¡Ay, Keira, casi le gritaba, tú que eres capaz de derretir un glaciar con tu espontaneidad y alegría, ¿cómo te prestaste a figurar en ese catecismo de sumisos? Y bla, bla, bla, y ella reía, y yo la dejaba adelantar unos pasos para admirar su figura, resaltada por el vestido de falda ancha y los tacones rojos. Keira, Keirita, le repetía, apiádate de este colombiano que no tiene más futuro que su pasado. En esas llegamos a la sección de maletas y, como ya se despedía, me dio un abrazo y un beso, de los cuales aún no me recupero y no conseguiré recuperarme nunca. Lo lindo, ahora que me lo planteo, fue que todo lo hablado y dicho fue en inglés, un idioma que no hablo.

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El cielo y los astrólogos.

 

Dice Cervantes que Sancho Panza era astrólogo. No que tuviera consultorio y leyera el destino o la suerte en el zodíaco, “el friso del cielo”, como lo llamó Platón; más faltaba a quien, rústico, le bastaba con la fe del carbonero. Pero sí, Sancho era astrólogo como en aquel “entonces” -el que describe la novela-, se nominaba a quien, campesino o pastor, dados los lugares y apremios de su labor, sabía con certeza las horas que corrían en cualquier momento de la noche. Para eso le bastaba mirar el cielo y las estrellas, su surgir y ocultar, su eterno movimiento, y en esto Sancho, lo reconocía el autor, era atinado, despertaba confianza. Como pocos, sabía lo que el reloj astral indicaba.

Claro que aquel noble oficio se perdió con el correr del tiempo, y Cervantes, al atribuírselo a su personaje, como a tantas otras cosas en sus páginas, lo reseña y le rinde tributo.

Repaso este episodio del Quijote, mientras camino al mediodía por las callejas empedradas de la colonial Sta Fé de Antioquia, donde todo parece ir más despacio y el tiempo es otro y quizás se pueda escudriñar en las noches. El tiempo, no el de los relojes, siempre apurado, sino el que mide el paso lento de las cosas -quizás  el mismo del corazón-, algo que ya parece estar fuera de todo dominio.

Porque si algo nos ha robado el tiempo, por paradójico que parezca, son los relojes. Están en todas partes, en lo alto de las torres, en los edificios gubernamentales, en hospitales y aeropuertos, en plazas y mercados, en pinturas y films, en el hogar, en móviles y muñecas. En fin, en el sueño y la realidad.

No podemos escapar a ellos, tazan nuestro afán en minutos y segundos y monetizan la existencia. Nos sacan, ¿cómo dudarlo?, de ella. De ahí, que siempre “nos falte tiempo” o “no tengamos tiempo”, como acostumbramos decirlo, y que ahora cuando se descubren galaxias y sistemas planetarios donde acaso la especie, amenazada por uno y mil males, tenga en un futuro próximo una vida llevadera, la posibilidad al menos, el cálculo de 40 millones de años luz que nos separa, nos luzca como demasiado por “física falta de tiempo”.

 

Una ciudad que es todo, menos una ciudad.

Tal vez uno sea como su ciudad es. Verme crecer fue ver como un lugar del que sus habitantes se sentían orgullosos, pues era una ciudad plácida y hermosa,  pasó a ser otra donde, caos y miseria incluidos, vivir se volvió una carga. A Medellín la llamaban la “bella Villa”, “la tacita de plata”, “la ciudad de la eterna primavera”, no sé de cuantas maneras más, y la gente moría porque ese era el curso natural de las cosas. Y se vivía, por lo que recuerdo, como si fuera la ciudad celestial. Don Tomas Carrasquilla, como a Bello y Sabaneta (hay que ver lo que son hoy), no dudó en llamarla un paraíso..

Yo hablo del Medellín de hasta los años setenta, cuando empezó a caerle la maldición y ya nadie supo cómo llamarla. Cuando el “progreso”, el ánimo especulativo, la mafia dieron muy buena cuenta de toda civilidad y poco se pensó, más allá de enfrentar una violencia genocida, que en ella también tenía que ver la forma cómo, heroicamente o no, pensábamos la vida y cómo queríamos vivir allí.

Vistas las cosas así, da la impresión que quienes imaginaron y pensaron a la ciudad como tal (por última vez), con sus aires franceses o art nouveau, fueron unas generaciones que tenían presente que su suerte también dependía del concepto colectivo y el amor propio a que daban lugar su planeación, espacios y servicios públicos, la belleza y funcionalidad de sus edificios y construcciones, sus barrios, la vida hecha a diario, a diferencia de ahora, donde, salvo suntuosidades vanidosas, los funcionarios no saben qué hacer y nosotros, sus habitantes, corremos de un refugio a otro, llámese oficina, casa o tugurio, porque la ciudad, salvo el caos vehicular, el gas tóxico, las motos, la inseguridad, el robo del paisaje, la pobreza, la desdicha, la insolidaridad, poco posibilita.

Medellín ya no se puede caminar, ni tiene parques donde acudir, ni tranvía al cual subir, donde darle a la existencia, acá en este país tan difícil, además de un respiro, gratificarse con ella.

Y no me pidan que sea positivo porque sé de lo perdido.

 

Sin aves no hay paraíso.

-Están apareándose-, me dice la vecina.
Son cuatro gavilanes que a esta hora de la mañana han volado de entre los árboles y, asentándose en la entrada del edificio, empezaron a comer de los trozos de pan que se les acostumbra echar a los demás pájaros. Primera vez que se posan tan cerca. Aunque su hábitat sea la zona verde de la urbanización y los predios arbolados de la parte trasera del convento, se mantienen a distancia, rara vez como hoy, rompen la norma. Sin embargo, ariscos, cualquier ruido o movimiento los espanta y vuelven a su escondrijo entre los árboles de mango, cámbulos y pomos. Pero, tentados por el pan, no demoran en regresar: uno, al comienzo; luego, dos y tres después.
Saco la cámara e intento tomarles una foto. Desde hace tiempos vivo atentos a ellos, son una familia grande, de cinco miembros, cuyos chillidos en la mañana alarman a las demás aves que, en bandadas, vuelan despavoridas, y en las tardes giran en el cielo, dejándose llevar por las corrientes de aire, bellos y pacíficos, después de un día venturoso. No creo que exista vuelo menos ostentoso y placentero que el suyo. En esto nos llevan ventaja y sabiduría, asumiendo con las nubes y el cielo lo que les corresponde en esa tarea estética que en su conjunto es también la vida. La diaria, la de todo los días, la que en una ciudad como Medellín, encementada, llena de tráfico, ruido, crimen, gente y contaminación, no es nada fácil alcanzar, aunque en lugares como éste, una urbanización más o menos tranquila al occidente, la situación parece ser otra. Lo digo porque quienes la planearon tuvieron muy en cuenta el entorno y cuidaron de no entrar en disputa con la naturaleza, sin tocar sus árboles y trayendo otros, posibilitando además el jardín común. Quizá esto explique por qué, con los años, la cantidad de aves y especies sean tantas, desde carpinteros, torcazas, azulejos, abejeros, canarios, reinitas, loras, pericos, toches e incluso, ibis negros, et, etc. Y gavilanes, por supuesto.
Y, como si lo dicho fuera poco, mientras garrapateó esta prosa, sobre el almendro negro, verde y majestuoso, oigo el alboroto del par de pintarrajeadas guacamayas que desde hace unos días, venidas de quién sabe dónde, nos visitan y dan aviso a los escépticos de que por fuera de sus pensamientos y llanezas, existe un obrar de todo que no interrumpe su marcha.

Libélulas.

Antes era frecuente verlas

agitando sus irisadas alas

sobre el agua de las piscinas,

las flores de los antejardines

o los matorrales silvestres.

Caigo en cuenta ahora

cuando ya no hacen parte

de la diaria razón de las cosas.

Por lo menos de estos espacios urbanos

donde el halo natural

se ha tornado una reverberación venenosa.

¿Son las libélulas otra especie en extinción?,

me pregunto, y pienso en el destino de la belleza,

si ella apareció con el mundo o es producto,

como todo, del ciclo evolutivo

y, por tanto, un día morirá también… como todo.

O es sustancia de lo divino

y poco importa lo que el mortal haga de ella,

pues sobrevivirá a su desatino

en otros espacios remotos.

Pero ¿quién daría entonces cuenta de ella?

Innato es nuestro sentido de la belleza,

y perderla, dejarla de advertir, sería el comienzo de la desgracia.

Sin embargo, no existe situación, por miserable que sea,

que esté exenta de ella. Aún en la muerte

percibimos que, por mínimo

que haya sido su brillo,

por su causa  entrevimos el paraíso,

aquel lugar donde un resplandor inextinguible

gratifica al corazón

sin necesidad de mayores razones.

¡Ah!, los días en que las libélulas

venían a prenderse al jardín de la casa

sin otra causa que la belleza misma

sin otro fin que anunciarse

en el regalado verano de nuestra dicha.

Poema

Autumm Rythm

 

aquel día

él pasó el final de la tarde

frente al Pollock

que exhibe el Museo Metropolitano

sin sentir necesidad de nada

salvo vivir la sensación

el asomo raro

que la compulsiva telaraña de líneas

ritmos

tonos y colores  le producía

semejante se le ocurrió

a un otoño

bañado por una búdica

intensa tibieza mental

anticipo

de algo no sabido

y al fin nuestro

tal como puede serlo

–con figuras y ornamentos tallados

por una mano no humana –

la estela hallada por una sonda

en algún confín galáctico

y ahora expuesta

en una sala de museo

para goce y  perturbación de todos

Poema

Irse a Islandia
tener allí otra vida

y volverse
un tipo de cuidado

como quería Rimbaud

y huir
siempre huir

He acá el dictado la monserga
que todavía él escucha

Irse

otear otros paisajes

y dejar que a su destino huero
lo arrastre el mar

siempre

hacia reclamos
todavía más brumosos

y lenguas menos onerosas

Irse hasta no encontrar
donde ir

y allí sí
escribir el salmo

De gatos y japoneses

Cierta vez alabé unas caligrafías japonesas que adornaban la oficina de mi amiga Claudia allí en el campus universitario. Un regalo, me dijo, de Akira, el profesor del Dpto. de Idiomas, cuando ella fue promovida a directora de la sección de inglés. Eran unos caracteres hechos con destreza y plasticidad, la labor de alguien que conocía muy bien los rigores y exigencias de un oficio con siglos de tradición y que, a diferencia de las láminas y reproducciones que por lo común se acostumbran en este tipo de lugares, acá daban un toque muy particular a aquel espacio.

-Realmente son hermosos, le dije, ¿qué significan?

Claudia, sonrió, al responderme que no sabía. O mejor, que sí sabía pero que lo había olvidado. Quedamos en que me averiguaría de nuevo con él.

Pasaron las semanas y una tarde recibí una llamada suya, preguntándome si podía recibir al profesor japonés en mi oficina. Resumiendo: ella le había contado del interés que me habían despertado sus caligrafías y esto bastó para que él, algo con lo que no contábamos, tan diferentes somos culturalmente, sintiera que debía responder con una cortesía. Salí a la puerta del edificio a esperarlo y pronto lo vi venir. Era menudo y delgado y sonría como un niño. En su mano derecha traía un par de pinceles, papel y un frasco de tinta. Aunque su práctica, como me contó luego en un muy correcto español, no iba más allá de la aprendida en el colegio, quería comunicarme dos o tres cosas al respecto y ofrecerme una muestra. Al llegar a los escalones de la entrada, sucedió entonces lo que aún, años después, sigue intrigándome y me pone a pensar si acaso no pre-existe un vínculo, un raro acuerdo, sólo explicable por una ciencia nueva, entre  bestias y japoneses. Lo digo por lo siguiente.

Un día, en uno de los escalones de la entrada al edificio, apareció una gata negra abandonada y, preocupadas por su suerte, varias colegas se encargaron de cuidarla. A partir de entonces no le faltó el plato de comida o la visita al veterinario cuando era necesario, convirtiéndose su presencia además en algo habitual en cubículos y pasillos, y su quietud de objeto reluciente en adorno que se sumaba al ir y venir de los días. Pronto la gata mostró preferencias y devociones y yo, pese a mis atenciones, no fui una de ellas. Era como si, entre el conjunto de amistades, distinguiera quién, por una razón u otra, ¡vaya uno a saber por cuál!, no le mereciera la pena. El hecho era que a mis mimos y carantoñas respondía con indiferencia desdeñosa y a veces, incluso, el verme le bastaba  para escapar del lugar. Nada, pues, de miradas amorosas o maullidos lastimeros conmigo, su gratitud tenía ya muy bien elegido el personal al  cual dirigirla. Así pasó el tiempo y yo, sin insistir, sabido de lo caprichosos y difíciles que son de convencer los gatos, convine con mi invisibilidad. Si nos cruzábamos, algo raro de suceder, ambos levantábamos la cabeza y actuábamos como un par de lores. En fin, para volver a la historia, mientras en la puerta del edificio esperaba al profesor Akira, de pronto advertí a la gata en el pasillo aledaño, simulando una somnolencia superior a cualquier interés por retomar la existencia. Por más esfuerzos, no lograba o no podía abrir los ojos y si aún el sol alumbraba, corrían las cinco de la tarde, aquello era disculpa suficiente. Por primera vez la veía en aquel sitio, ajeno a su territorio y un mal refugio ciertamente. Lo que era raro.

Atenido a lo implícito entre ambos, no sólo la ignoré sino que dediqué mi interés en Akira, a quien no conocía, y ahí estaba a la hora exacta, otra cortesía más suya. Antes de salir a su encuentro, noto que la gata deja de pronto su estado de hibernación y, adelantándose, da un salto y corre a saludar al profesor que, sin cohibición alguna, se inclina, y empieza a acariciarle la cabeza con una alegría semejante a la que el animal muestra por él. Es como si, de pronto, sin esperarlo, después de mucho tiempo, se volvieran a encontrar. Akira la levanta y la abraza, poco falta para que la coja a besos, rompiendo sus exquisitos modales. Me limito a mirarlos, ya habrá tiempo de saludarlo, no voy a arruinar tal ceremonial. Después de varios minutos, recordando a qué vino, Akira la devuelve al piso y, extendiéndome la mano, me saluda. Lo invito entonces a la oficina y allí, desplegando el material que ha traído, me habla de los tres alfabetos japoneses y de la posición, sentado en el piso, que se ha de tomar cuando se escribe. Extiende el papel y, tomando el pincel, con maravillosa destreza, rapidez y vigor, sin esperar una perfección en la acción -así como es la vida, me explica-, escribe un poema de Basho. He ahí, me digo, feliz y asombrado, un hombre producto de una gran cultura.

Al despedirnos, intrigado por el comportamiento de ambos y en vista del cariño mostrado, le pregunto si conocía de antes a la gata.

-No, claro que no, me responde. Es primera vez que la veo.

Para Claudia H.

Marcos Calarcá en CNN.

 

En entrevista aparecida estos días en CNN , ante la pregunta del periodista de si las Farc no temen a los tribunales internacionales por la violación de los derechos humanos, Marcos Calarcá, miembro del comité negociador, responde sorprendido: “¿A cuales violaciones?” El periodista le enumera: secuestro, narcotráfico, extorsión, minas, genocidios, reclutamiento de menores… “Quien nada debe, nada teme”, responde con cara de palo. ¿Cómo”?, se pregunta uno, ¿no es ésta una actitud muy cínica? Frente a lo que las Farc ha hecho a un país durante años, sus dirigentes no tienen o fingen no tener conciencia ninguna? ¿No tienen idea acaso del Mal? Quizás, dirán, los culpables seamos los demás que actuamos distinto, dentro de la legalidad.
El Mal, una palabra que no suele escucharse ni plantearse en estos manejos de un país, ¿basta someterla a una idea política, a la aventura del poder, para relegarla y hacer pensar que no existe? ¿Qué el daño a los demás, a la sociedad misma, no importa? ¿Cómo valorar entonces la conducta humana?, ¿cómo diferenciarla?, ¿son todas las cosas iguales? Hasta el lenguaje, el común y corriente, resulta pervertido. Calarcá en lugar de secuestro utiliza el eufemismo “retención” y para Iván Márquez sus crímenes, los de la Farc, son solo “errores”, como si las palabras fueran inocentes. Tampoco los nazis actuaban con una conciencia del Mal y también disfrazaban el lenguaje.
Perdón y reconciliación son palabras que se piden a las víctimas, ¿cuáles pedir entonces a los victimarios cuya ideología les autoriza todo? A ellos que nada deben.

Dios y los dinosaurios.

 

No habla la Biblia, cualquier biblia, de los tiempos prehistóricos cuando el mundo apenas existía en borrador y criaturas monstruosas lo poblaban y aquello era por completo una pesadilla. Es como si no hubieran existido o, mejor, como si no fueran obra de dios y por lo tanto no había de qué hablar. O, peor, no necesitaban de explicación, estaban fuera del libreto. ¿Se trataba apenas de un ensayo, de tentativas no siempre dignas de encomio, antes de convenir con un verdadero inicio? Comenzar con los dinosaurios para luego sacarlos de escena, borrándolos de un plumazo, quizá no favorezca mucho la fábula de un creador que entrega el paquete listo desde el alba de la historia.
Sin embargo, viniendo más acá, a tiempos de la historia, cuando el humano logró ponerse de pie, quizás las razones evolucionistas, por más ciertas que sean, tampoco explican por qué, sin la mano de ese Dios, muerto hace unos días, las cosas tomaron forma y orden. Por qué y cómo lo oscuro y originario, pese a todo, terminó convertido en un acontecimiento asombroso y lleno de belleza. En un real milagro.
Borges, el ineludible Borges, ya anciano, confesaba tener todavía asombros, dando prueba no solo de que su mente continuaba activa sino de que frente al profundo enigma, él que lo sabía todo, la vivencia a profesar era esa, la que sin explicarnos mucho nos entrega la estremecida visión del TODO.