Eva y el patio florido.

por restrepoelkin

Tengo una teoría. La rememoración diaria y permanente del paraíso la constituye el jardín casero y él constituye la prueba irrefutable de que, pese a lo que se diga, no lo hemos perdido. Sí, ahí está desde el origen, acompañándonos en nuestra cotidianidad, así no lo veamos o lo veamos de otra manera. Y tiene una guardiana, tan inflexible como cualquier ángel flameante: la mujer.

Siempre me he preguntado qué explica que la mujer, cualquiera sea su condición, le baste con tomar un puñado de tierra para que lo árido o simplemente inexistente se convierta en algo bello y encantado, y tenga poder para que plantas y flores crezcan y luzcan y, muy pronto, sobre ellas, revuelen aves e insectos y todo se llene de luz, color y aromas? ¿Qué mandamiento innato, imposible de eludir, sin importar el momento o la circunstancia, la impulsa a cuidar, allí en el íntimo espacio de su casa, una porción de aquel Edén de fábula y del cual, para nuestro mal, se dice, fuimos expulsados? No, el paraíso no existió antes ni hay ángeles de fuego vigilando sus puertas selladas, él está allí, inagotable, adornando y dando sentido al paso de los días, de suyo difíciles y pesados, en aquel rincón donde en un utensilio cualquiera, muchas veces desechable, nuestra madre, tía o hermana, sembró un esqueje y cuidó de él como un filósofo lo hace de sus razones, dando pie a que la naturaleza, esa deidad también necesitada de humanizarse, alargue el misterio de sus resplandores y el hombre goce de un hogar.

Es abril y en el jardín doméstico las plantas y árboles reverdecen y las rosas y orquídeas hacen de este mes, donde hasta los animales se multiplican exaltados y el buen ánimo se redobla, un mes distinto. No el más cruel, como decía T. S. Eliot, sino todo lo contrario. Aquél donde Eva, sin robarle las costillas a nadie, nos indica cómo realmente fueron y son las cosas, y éstas, claro está, distintas a como se dice. Las cosas, allí, en ese florido patio trasero de la casa.

 

27/04/017.

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