Un héroe y la vida chiquita.

por restrepoelkin

半神

Cuando era muchacho, leí en una página de periódico una noticia que todavía hoy, pasados tantos años, no sólo no he olvidado, sino que me sigue conmoviendo. Según ella, en el barrio Bermejal, al norte de la ciudad, había sucedido un hecho que sorprendió y afectó dolorosamente al vecindario. El sábado anterior, el matón del barrio había dado muerte en una pelea desigual a Eleazar Quevedo, anciano de 75 años que se había atrevido a desafiarlo. La noticia, una más, apenas se detenía en el hecho, alcanzando a informar que el asesino lo apodaban “culebra” y que no pasaba día en que, cuchillo en mano, no dejara de sembrar el terror en el lugar. En el nefasto ejercicio llevaba años y los vecinos acobardados, encerrándose en sus casas, evitaban enfrentarlo. De hecho, “culebra” tenía ya a varios a sus cuestas, sin que la autoridad interviniera para nada. Nadie sabía su nombre, sólo que había estado en la Guerra de Corea, y que la tranquilidad existió hasta que el ex -soldado llegó al barrio. Era una bestia enloquecida, y aquel sábado llegó desafiando a todo el mundo y así lo estuvo haciendo hasta que don Eleázar, cansado con los desmanes y abusos, le salió al quite, convencido de que ya era suficiente y, cómo se lo dijo a una sobrina, él había vivido lo necesario y así estuviera en desventaja, dada la juventud y los antecedentes del villano, no temía enfrentársele. El duelo se dio en media calle y el anciano peleó hasta el fin.

La noticia, si destacaba el hecho, se olvidaba de reconocerle al acto su verdadero valor. Al anciano no lo llama héroe, pasando por alto que, en beneficio de los demás, él sacrificaba su vida y, si dijo que lo hacía porque había vivido lo suficiente, esto no le restaba valor. Por el contrario, le estaba otorgando un significado aún mayor. Además que, por viejo, su decisión no se hacía más fácil.

Pero no hubo quién lo dijera así y, a lo mejor, lo que lo hace aún más ejemplar, el mismo don Eleázar no fuera consciente de las dimensiones de su acto. Actúo porque consideró que era hora de que alguien lo hiciera y eso le correspondía a él.

Hubo un tiempo en el que la literatura, tan distinta a la cínica y consumista de hoy, rendía tributo al valor y al protagonista se le llamaba héroe y su acción ilustraba aquello capaz de dignificar en grado mayor la existencia misma. Las novelas y cuentos de Joseph Conrad son un tratado de ello . Bueno tenerlo en cuenta hoy, no porque en la cotidianidad los héroes falten, sino porque lo noticioso lo iguala todo.

 

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