¿Un poema chino?

por restrepoelkin

 

Abro la ventana del estudio y el aroma me llega de lleno, inesperado. No lo ubico en el jardín y tardo en reconocerlo. Es un aroma muy fuerte, un poco dulzón, que durante la mañana me sigue llegando a intervalos, moviéndome a dejar mis asuntos y a echar una mirada para averiguar qué lo produce. Ya lo había sentido días antes, sólo que de manera más tenue, apenas cayendo en cuenta de él, pero esta mañana de finales de marzo y comienzo de la primavera en otros lados, se hace imposible ignorarlo. Ahí está, rotundo, sobreponiéndose a cualquier otro en este cuidado jardín urbano donde no faltan los árboles ni las aves que tú quieras, dándoles a los instantes de la vida otros motivos y sentidos. Un rincón donde todavía la naturaleza, esa gran maestra, así sea a escala menor, no deja de recordarnos el regalo que es. La brújula que por razón alguna debemos perder.

Me asomo, pues, alargando la cabeza; entonces ahí abajo, cerca a la pared del primer piso, lo descubro. Copado, de perfectas flores blancas y moradas (como un poema chino traducido por Ezra Pound, la única forma en que yo lo imagino), está la razón de que, con todo el riesgo que supone hacerlo en Medellín, cierre los ojos y aspire con profundidad todo ese aroma exhalado de repente. Entonces pienso en el sabor de la magdalena que llevó a Proust a   escribir su gran obra y a preguntarme si existe otra igual en la literatura en el que el olor de una flor haya posibilitado la ocasión de un libro semejante. Yo lo ignoro, aunque nada más propicio para ello que la poesía.

De la noche a la mañana, la Francesina, que hacía un año había enmudecido, siguiendo su propio ritmo, amaneció copada de pétalos orientales, más bella que siempre, y su intenso aroma es la buena noticia que la diferencia de aquellas otras que de desastres, avalanchas y tristezas, trae el día de hoy.

 

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