El cielo y los astrólogos.

por restrepoelkin

 

Dice Cervantes que Sancho Panza era astrólogo. No que tuviera consultorio y leyera el destino o la suerte en el zodíaco, “el friso del cielo”, como lo llamó Platón; más faltaba a quien, rústico, le bastaba con la fe del carbonero. Pero sí, Sancho era astrólogo como en aquel “entonces” -el que describe la novela-, se nominaba a quien, campesino o pastor, dados los lugares y apremios de su labor, sabía con certeza las horas que corrían en cualquier momento de la noche. Para eso le bastaba mirar el cielo y las estrellas, su surgir y ocultar, su eterno movimiento, y en esto Sancho, lo reconocía el autor, era atinado, despertaba confianza. Como pocos, sabía lo que el reloj astral indicaba.

Claro que aquel noble oficio se perdió con el correr del tiempo, y Cervantes, al atribuírselo a su personaje, como a tantas otras cosas en sus páginas, lo reseña y le rinde tributo.

Repaso este episodio del Quijote, mientras camino al mediodía por las callejas empedradas de la colonial Sta Fé de Antioquia, donde todo parece ir más despacio y el tiempo es otro y quizás se pueda escudriñar en las noches. El tiempo, no el de los relojes, siempre apurado, sino el que mide el paso lento de las cosas -quizás  el mismo del corazón-, algo que ya parece estar fuera de todo dominio.

Porque si algo nos ha robado el tiempo, por paradójico que parezca, son los relojes. Están en todas partes, en lo alto de las torres, en los edificios gubernamentales, en hospitales y aeropuertos, en plazas y mercados, en pinturas y films, en el hogar, en móviles y muñecas. En fin, en el sueño y la realidad.

No podemos escapar a ellos, tazan nuestro afán en minutos y segundos y monetizan la existencia. Nos sacan, ¿cómo dudarlo?, de ella. De ahí, que siempre “nos falte tiempo” o “no tengamos tiempo”, como acostumbramos decirlo, y que ahora cuando se descubren galaxias y sistemas planetarios donde acaso la especie, amenazada por uno y mil males, tenga en un futuro próximo una vida llevadera, la posibilidad al menos, el cálculo de 40 millones de años luz que nos separa, nos luzca como demasiado por “física falta de tiempo”.

 

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