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Mes: marzo, 2017

Keira y un día de suerte.

Cuando presenté mi tiquete, la empleada del mostrador me dijo que era pasajero “ascendido” y me mandó para clase ejecutiva. Celebraba mi buena suerte, cuando al penetrar al avión, la azafata, después de echar un vistazo rápido, me ubicó en una silla al lado de una pasajera que resguardaba su identidad bajo unas amplias gafas y una pañoleta. El avión, un ARBUS 326, viajaba de NuevaYork a Londres y yo me dispuse a disfrutar los privilegios que la nueva e inesperada categoría de pasajero me concedían. Aunque no iba a importunar o importuné a la enigmática pasajera con cualquier charla insulsa, en adelante no dejé de observarla por el rabillo del ojo. Sintetizando, ella aprovechó la travesía del Atlántico para dormir, mientras yo tejía cábalas para saber de quién se trataba,  pues al querer pasar desapercibida o quizás por eso, mi interés se redobló. Eso me aligeró el viaje, no tenía más en que pensar. Horas después, cercanos ya al final, la dama se despertó y, al volverse, me sonrió. Parecía más relajada, daba la impresión de entrar a territorio conocido, incluso se quitó las gafas y las guardó en su elegante bolso Gucchi. Para mi sorpresa, como si me agradeciera no haberla molestado, me extendió la mano y se presentó: Keira. En adelante charlamos como si nos conociéramos de siempre. Su simpatía y belleza eran un regalo. En algún momento se levantó para ir el baño y al verla ir por el pasillo, recordé esas piernas que lucían perfectas sobre los tacones altos. Entonces, milagros de la memoria, la recordé, supe quién era, pues la había visto como invitada en un programa de Graham Norton. ¡Qué día de suerte para mí!

Mientras descendíamos  del avión y nos internábamos en el túnel aeroportuario, amigos cómo éramos, me atreví a discutirle su papel de novia y paciente, primero de Jung y, luego de Freud, ese par de charlatanes, en aquel film donde, saltándose toda su aura erótica y esa sonrisa capaz de descuadrar un teorema, no se le hacía justicia a su belleza. ¡Ay, Keira, casi le gritaba, tú que eres capaz de derretir un glaciar con tu espontaneidad y alegría, ¿cómo te prestaste a figurar en ese catecismo de sumisos? Y bla, bla, bla, y ella reía, y yo la dejaba adelantar unos pasos para admirar su figura, resaltada por el vestido de falda ancha y los tacones rojos. Keira, Keirita, le repetía, apiádate de este colombiano que no tiene más futuro que su pasado. En esas llegamos a la sección de maletas y, como ya se despedía, me dio un abrazo y un beso, de los cuales aún no me recupero y no conseguiré recuperarme nunca. Lo lindo, ahora que me lo planteo, fue que todo lo hablado y dicho fue en inglés, un idioma que no hablo.

El cielo y los astrólogos.

 

Dice Cervantes que Sancho Panza era astrólogo. No que tuviera consultorio y leyera el destino o la suerte en el zodíaco, “el friso del cielo”, como lo llamó Platón; más faltaba a quien, rústico, le bastaba con la fe del carbonero. Pero sí, Sancho era astrólogo como en aquel “entonces” -el que describe la novela-, se nominaba a quien, campesino o pastor, dados los lugares y apremios de su labor, sabía con certeza las horas que corrían en cualquier momento de la noche. Para eso le bastaba mirar el cielo y las estrellas, su surgir y ocultar, su eterno movimiento, y en esto Sancho, lo reconocía el autor, era atinado, despertaba confianza. Como pocos, sabía lo que el reloj astral indicaba.

Claro que aquel noble oficio se perdió con el correr del tiempo, y Cervantes, al atribuírselo a su personaje, como a tantas otras cosas en sus páginas, lo reseña y le rinde tributo.

Repaso este episodio del Quijote, mientras camino al mediodía por las callejas empedradas de la colonial Sta Fé de Antioquia, donde todo parece ir más despacio y el tiempo es otro y quizás se pueda escudriñar en las noches. El tiempo, no el de los relojes, siempre apurado, sino el que mide el paso lento de las cosas -quizás  el mismo del corazón-, algo que ya parece estar fuera de todo dominio.

Porque si algo nos ha robado el tiempo, por paradójico que parezca, son los relojes. Están en todas partes, en lo alto de las torres, en los edificios gubernamentales, en hospitales y aeropuertos, en plazas y mercados, en pinturas y films, en el hogar, en móviles y muñecas. En fin, en el sueño y la realidad.

No podemos escapar a ellos, tazan nuestro afán en minutos y segundos y monetizan la existencia. Nos sacan, ¿cómo dudarlo?, de ella. De ahí, que siempre “nos falte tiempo” o “no tengamos tiempo”, como acostumbramos decirlo, y que ahora cuando se descubren galaxias y sistemas planetarios donde acaso la especie, amenazada por uno y mil males, tenga en un futuro próximo una vida llevadera, la posibilidad al menos, el cálculo de 40 millones de años luz que nos separa, nos luzca como demasiado por “física falta de tiempo”.

 

Una ciudad que es todo, menos una ciudad.

Tal vez uno sea como su ciudad es. Verme crecer fue ver como un lugar del que sus habitantes se sentían orgullosos, pues era una ciudad plácida y hermosa,  pasó a ser otra donde, caos y miseria incluidos, vivir se volvió una carga. A Medellín la llamaban la “bella Villa”, “la tacita de plata”, “la ciudad de la eterna primavera”, no sé de cuantas maneras más, y la gente moría porque ese era el curso natural de las cosas. Y se vivía, por lo que recuerdo, como si fuera la ciudad celestial. Don Tomas Carrasquilla, como a Bello y Sabaneta (hay que ver lo que son hoy), no dudó en llamarla un paraíso..

Yo hablo del Medellín de hasta los años setenta, cuando empezó a caerle la maldición y ya nadie supo cómo llamarla. Cuando el “progreso”, el ánimo especulativo, la mafia dieron muy buena cuenta de toda civilidad y poco se pensó, más allá de enfrentar una violencia genocida, que en ella también tenía que ver la forma cómo, heroicamente o no, pensábamos la vida y cómo queríamos vivir allí.

Vistas las cosas así, da la impresión que quienes imaginaron y pensaron a la ciudad como tal (por última vez), con sus aires franceses o art nouveau, fueron unas generaciones que tenían presente que su suerte también dependía del concepto colectivo y el amor propio a que daban lugar su planeación, espacios y servicios públicos, la belleza y funcionalidad de sus edificios y construcciones, sus barrios, la vida hecha a diario, a diferencia de ahora, donde, salvo suntuosidades vanidosas, los funcionarios no saben qué hacer y nosotros, sus habitantes, corremos de un refugio a otro, llámese oficina, casa o tugurio, porque la ciudad, salvo el caos vehicular, el gas tóxico, las motos, la inseguridad, el robo del paisaje, la pobreza, la desdicha, la insolidaridad, poco posibilita.

Medellín ya no se puede caminar, ni tiene parques donde acudir, ni tranvía al cual subir, donde darle a la existencia, acá en este país tan difícil, además de un respiro, gratificarse con ella.

Y no me pidan que sea positivo porque sé de lo perdido.

 

Sin aves no hay paraíso.

-Están apareándose-, me dice la vecina.
Son cuatro gavilanes que a esta hora de la mañana han volado de entre los árboles y, asentándose en la entrada del edificio, empezaron a comer de los trozos de pan que se les acostumbra echar a los demás pájaros. Primera vez que se posan tan cerca. Aunque su hábitat sea la zona verde de la urbanización y los predios arbolados de la parte trasera del convento, se mantienen a distancia, rara vez como hoy, rompen la norma. Sin embargo, ariscos, cualquier ruido o movimiento los espanta y vuelven a su escondrijo entre los árboles de mango, cámbulos y pomos. Pero, tentados por el pan, no demoran en regresar: uno, al comienzo; luego, dos y tres después.
Saco la cámara e intento tomarles una foto. Desde hace tiempos vivo atentos a ellos, son una familia grande, de cinco miembros, cuyos chillidos en la mañana alarman a las demás aves que, en bandadas, vuelan despavoridas, y en las tardes giran en el cielo, dejándose llevar por las corrientes de aire, bellos y pacíficos, después de un día venturoso. No creo que exista vuelo menos ostentoso y placentero que el suyo. En esto nos llevan ventaja y sabiduría, asumiendo con las nubes y el cielo lo que les corresponde en esa tarea estética que en su conjunto es también la vida. La diaria, la de todo los días, la que en una ciudad como Medellín, encementada, llena de tráfico, ruido, crimen, gente y contaminación, no es nada fácil alcanzar, aunque en lugares como éste, una urbanización más o menos tranquila al occidente, la situación parece ser otra. Lo digo porque quienes la planearon tuvieron muy en cuenta el entorno y cuidaron de no entrar en disputa con la naturaleza, sin tocar sus árboles y trayendo otros, posibilitando además el jardín común. Quizá esto explique por qué, con los años, la cantidad de aves y especies sean tantas, desde carpinteros, torcazas, azulejos, abejeros, canarios, reinitas, loras, pericos, toches e incluso, ibis negros, et, etc. Y gavilanes, por supuesto.
Y, como si lo dicho fuera poco, mientras garrapateó esta prosa, sobre el almendro negro, verde y majestuoso, oigo el alboroto del par de pintarrajeadas guacamayas que desde hace unos días, venidas de quién sabe dónde, nos visitan y dan aviso a los escépticos de que por fuera de sus pensamientos y llanezas, existe un obrar de todo que no interrumpe su marcha.