De gatos y japoneses

Cierta vez alabé unas caligrafías japonesas que adornaban la oficina de mi amiga Claudia allí en el campus universitario. Un regalo, me dijo, de Akira, el profesor del Dpto. de Idiomas, cuando ella fue promovida a directora de la sección de inglés. Eran unos caracteres hechos con destreza y plasticidad, la labor de alguien que conocía muy bien los rigores y exigencias de un oficio con siglos de tradición y que, a diferencia de las láminas y reproducciones que por lo común se acostumbran en este tipo de lugares, acá daban un toque muy particular a aquel espacio.

-Realmente son hermosos, le dije, ¿qué significan?

Claudia, sonrió, al responderme que no sabía. O mejor, que sí sabía pero que lo había olvidado. Quedamos en que me averiguaría de nuevo con él.

Pasaron las semanas y una tarde recibí una llamada suya, preguntándome si podía recibir al profesor japonés en mi oficina. Resumiendo: ella le había contado del interés que me habían despertado sus caligrafías y esto bastó para que él, algo con lo que no contábamos, tan diferentes somos culturalmente, sintiera que debía responder con una cortesía. Salí a la puerta del edificio a esperarlo y pronto lo vi venir. Era menudo y delgado y sonría como un niño. En su mano derecha traía un par de pinceles, papel y un frasco de tinta. Aunque su práctica, como me contó luego en un muy correcto español, no iba más allá de la aprendida en el colegio, quería comunicarme dos o tres cosas al respecto y ofrecerme una muestra. Al llegar a los escalones de la entrada, sucedió entonces lo que aún, años después, sigue intrigándome y me pone a pensar si acaso no pre-existe un vínculo, un raro acuerdo, sólo explicable por una ciencia nueva, entre  bestias y japoneses. Lo digo por lo siguiente.

Un día, en uno de los escalones de la entrada al edificio, apareció una gata negra abandonada y, preocupadas por su suerte, varias colegas se encargaron de cuidarla. A partir de entonces no le faltó el plato de comida o la visita al veterinario cuando era necesario, convirtiéndose su presencia además en algo habitual en cubículos y pasillos, y su quietud de objeto reluciente en adorno que se sumaba al ir y venir de los días. Pronto la gata mostró preferencias y devociones y yo, pese a mis atenciones, no fui una de ellas. Era como si, entre el conjunto de amistades, distinguiera quién, por una razón u otra, ¡vaya uno a saber por cuál!, no le mereciera la pena. El hecho era que a mis mimos y carantoñas respondía con indiferencia desdeñosa y a veces, incluso, el verme le bastaba  para escapar del lugar. Nada, pues, de miradas amorosas o maullidos lastimeros conmigo, su gratitud tenía ya muy bien elegido el personal al  cual dirigirla. Así pasó el tiempo y yo, sin insistir, sabido de lo caprichosos y difíciles que son de convencer los gatos, convine con mi invisibilidad. Si nos cruzábamos, algo raro de suceder, ambos levantábamos la cabeza y actuábamos como un par de lores. En fin, para volver a la historia, mientras en la puerta del edificio esperaba al profesor Akira, de pronto advertí a la gata en el pasillo aledaño, simulando una somnolencia superior a cualquier interés por retomar la existencia. Por más esfuerzos, no lograba o no podía abrir los ojos y si aún el sol alumbraba, corrían las cinco de la tarde, aquello era disculpa suficiente. Por primera vez la veía en aquel sitio, ajeno a su territorio y un mal refugio ciertamente. Lo que era raro.

Atenido a lo implícito entre ambos, no sólo la ignoré sino que dediqué mi interés en Akira, a quien no conocía, y ahí estaba a la hora exacta, otra cortesía más suya. Antes de salir a su encuentro, noto que la gata deja de pronto su estado de hibernación y, adelantándose, da un salto y corre a saludar al profesor que, sin cohibición alguna, se inclina, y empieza a acariciarle la cabeza con una alegría semejante a la que el animal muestra por él. Es como si, de pronto, sin esperarlo, después de mucho tiempo, se volvieran a encontrar. Akira la levanta y la abraza, poco falta para que la coja a besos, rompiendo sus exquisitos modales. Me limito a mirarlos, ya habrá tiempo de saludarlo, no voy a arruinar tal ceremonial. Después de varios minutos, recordando a qué vino, Akira la devuelve al piso y, extendiéndome la mano, me saluda. Lo invito entonces a la oficina y allí, desplegando el material que ha traído, me habla de los tres alfabetos japoneses y de la posición, sentado en el piso, que se ha de tomar cuando se escribe. Extiende el papel y, tomando el pincel, con maravillosa destreza, rapidez y vigor, sin esperar una perfección en la acción -así como es la vida, me explica-, escribe un poema de Basho. He ahí, me digo, feliz y asombrado, un hombre producto de una gran cultura.

Al despedirnos, intrigado por el comportamiento de ambos y en vista del cariño mostrado, le pregunto si conocía de antes a la gata.

-No, claro que no, me responde. Es primera vez que la veo.

Para Claudia H.

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