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Mes: octubre, 2015

Una cita equivocada.

Enfermé cuando empecé a ir donde el médico. Fue como caer en una trampa, desde entonces las citas, consultorios y especialistas se multiplican y mi salud, antes de hierro, ahora es tan frágil y quebradiza que muy bien justifica que a la menor inquietud tome el teléfono o acuda al mail para una nueva visita. Por supuesto que a mi edad una rutina semejante no debe alarmarme y pensar lo que pienso al respecto resulta ocioso o prevenido, inútil en todo caso. Es lo que leo en la mente del médico cuando después de tomarme la presión, se acerca para examinarme el grano que emerge al lado de la nariz. “Sabes, me dice, también existe un acné senil, pero…” Deja la frase en la mitad, se soba la barbilla y con aire preocupado me informa que dicho grano no es lo que creía. Nada por qué inquietarme, pero lo más recomendable es que pida una cita al cirujano plástico, se me haga una biopsia para definir el carácter del tumor (la palabreja se le escapa), y luego me operen. Me despide con una palmadita en la espalda y con una seña invita al paciente en turno.
Hace unos años, a estos sectores asépticos de la vida infernal, me condujo una crisis alérgica al abrir “Los laberintos insolados” de Marta Traba, un libro que un golpe de la fortuna había puesto en mis manos después de varios meses de buscarlo. Sin embargo, aquel era un ejemplar al que el tiempo había cubierto de un olor a moho y los ácaros convertido en su cálido hogar, aspectos ambos que como lector debía evitar, dada mi sensibilidad a ellos. Pese a esto, sin pensarlo dos veces, feliz de encontrarlo, lo abrí de inmediato, lamentando enseguida haberlo hecho. Ese libro no había nacido para mí, pensé en mis adentros, cuando sentí unas punzadas en la garganta, anuncio de una enorme irritación y un serio malestar, con fiebre y escalofrío, me mandó a la cama una semana. Nunca me había sentido tan mal. Las pesadillas de un plumífero son asunto mayor, sobre todo porque las formas y seres de la irrealidad se tornan la realidad misma y ésta amenaza con no tener fin. La verdad, la temporada en que mil demonios te llegan de visita y, salvo sufrir, poco hay qué hacer.
Fue cuando, impaciente, al límite, solicité entonces la atención médica. Hasta allí, salvo mi pugna con las reliquias de todo tipo, era un individuo a quien el beber y el yantar, ajeno a todo cuidado o recomendación macrobiótica, no sólo fortalecían el espíritu, sino que colocaban también por fuera de toda agenda médica, un verdadero perdedero de plata. Y ahí fue Troya.
Desde entonces, subordinado a una red intrincada y férrea -que a la vez que se amplia, me apresa-, necesito acudir a la IPS cada tres meses y, pese a que llevo cinco años yendo allí con fidelidad de perro, mi aspecto no mejora.
He terminado por resignarme a las circunstancias. Al menos, por gracia de la época, me ahorro las sanguijuelas, aunque, en lugar suyo, equivocando las dosis y los días, la droga apenas me da para, terminada una cita, consiga llegar a la otra.

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¿Un signo de los tiempos?

El fiscal, una persona intolerante y poco imparcial, como a cada rato lo demuestran sus acciones, olvida que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Ayer o anteayer ha madrugado a la Corte Suprema para solicitar se reabra una investigación al expresidente Uribe en razón de nuevas pruebas, aportadas por uno de los más crueles y sanguinarios criminales que, extraditado por aquél en su momento, paga cárcel en Estados Unidos. Para el fiscal, pequeño roedor napoleónico, las acusaciones de un narcotraficante de la peor calaña, no le despiertan las menores sospechas y las acepta como suficientes a pesar de que, como lo enseña la norma y lo dicta el buen juicio, su valor es para pensarlo dos veces. Él, en su dañino afán de atender a propósitos políticos y personales, olvidándose de su papel en el ejercicio de la justicia, da igual valor a las palabras de un condenado que a lo que los tribunales han determinado ya y, peor, las coloca en la misma condición con las de quien actúa abiertamente y ha tenido una dignidad pública.
El expresidente ha dicho en su defensa que este tipo de infamias ya son costumbre en períodos electorales y uno recuerda como en las anteriores elecciones, cuando el hoy presidente perdió en la primera vuelta, el fiscal se inventó el caso del hacker que, sumados a los billones gastados en “mermelada”, lograron la reelección.
Dar igual valor a las cosas por encima de la verdad, es al parecer el signo de estos tiempos. Las palabras, desenraizadas de su sentido, hoy significan una cosa y mañana otra, o pierden o mudan o se vacían de naturaleza en el tartamudeante discurso oficial, para así manipular la realidad. Los enemigos entonces no son quiénes se levantan contra la legitimidad de un estado democrático y atentan contra él, sino quienes, a pesar de actuar de conformidad con las leyes, el gobierno descalifica y persigue porque, a nombre de la paz, ahora se iguala y corteja a sus nuevos amiguis, sin importarle mucho el riesgo (no se nos cuenta mucho al respecto, sólo lo conveniente) en que, con manga larga, coloca nuestra frágil democracia. Aquélla que hemos visto derrumbarse en predios vecinos bajo estandartes, para decirlo retóricamente, donde la misma palabra democracia ha servido de medio de alcanzar lo que ella no es.
Un trato, pues, diferente, que explica por qué un fiscal de bolsillo interviene políticamente cuando se le da la gana o un presidente, repartiendo cartas, se guarde las que le convienen, sin importarle su compromiso de juego limpio y de cumplir la palabra, que en su bocaza cambia continuamente de sentido y razón porque  a ello es quizás a lo que realmente ha apostado.
Y, ¡lo indignante!, porque no es otro el resultado conseguido: que una cosa sea igual a otra.