Entro con fama prestada a un juego siniestro.

Temprano, a las 8 am, el taxi nos recoge en el hotel para luego, a los tres escritores, repartir en cada uno de los establecimientos asignados por el programa en aquel pueblo de las estribaciones de los Andes. Al primero, lo deja en la cárcel municipal donde los presos, muchos de ellos, asisten a un taller de escritores y, al segundo, yo, en frente a la puerta de un colegio de mujeres que esperan al invitado, haciendo una apretada calle de honor que ocupa la entrada, el corredor del patio y sube las escaleras hasta el segundo piso.
Sorprendido con tan apoteósico recibimiento, yo saludo y, con la mejor de mis sonrisas, empiezo a recorrer paso a paso los metros que aquella mañana me concede la gloria. Las chicas agitan banderitas e incluso, como si fuera milagroso, tocan mis vestiduras. Aunque es frecuente que visite colegios y sólo reciba amabilidades como respuesta, esta vez se rompen las marcas. Esto pensaba mientras caminaba delante de la agitación que mi presencia despertaba y que se acrecentó cuando empecé a subir las escaleras. Al final me esperaba el director con la mano extendida.
-Bienvenido, maestro Jhon Better, un gusto tenerlo como invitado.
-¿¿??
-Perdón, ¿qué dice?, yo no soy Jhon Better, soy fulano de tal.
El director mira el programa que tiene en la mano y me señala un nombre que por supuesto no es el mío: John Better, Charla sobre la literatura y el cosmos.
Ambos nos rascamos la cabeza, ¿cómo pudo producirse tal confusión? Pienso en el taxista y en el papel con las instrucciones mal leídas y en que, para mayor miseria, ahora toca devolverme con la cola entre las patas. Escucho entonces que se levanta una carcajada general y antes de que la vergüenza me amilane, me piden un taxi y me mandan para el colegio que es.
Pero no todo acaba ahí, el día estaba para grandes cosas.
Allí, en el colegio asignado, la profesora me recibe con un abrazo y palabras de admiración, las estudiantes se acomodan en sus puestos y con ansia extrema esperan el mensaje extraordinario del cual soy portador. Las paredes están cubiertas de carteles hechos por ellas mismas con mi nombre escrito en letras de imprenta. Los aplausos no tardan y cuando me apresto a tomar asiento, con asombro descubro que en el cartel más cercano, bajo mi nombre, como si él fuera yo, hay un dibujo de Manuel Mejía Vallejo en sus postreros días.
-¡Ése no soy yo, casi grito! ¡Es Manuel Mejía Vallejo!
La profesora me mira sin entender, ¿acaso bromeo? Entonces me observa con cuidado y me compara con el dibujo. Después de un momento de duda, que no entiendo, decide que realmente Manuel Mejía Vallejo no soy yo.
No sabe entonces cómo disculparse y cuando está a punto de romper en llanto, lleva semanas preparando el acto, conmovido, le digo que no tiene importancia, Manuel era mi amigo muy querido, además de gran escritor, y que la confusión me honra. Al final logra calmarse y el acto se desarrolla como se espera. Luego me toman fotos con el grupo, fotos personales y firmo autógrafos, todos los que quieras, en esta mañana de fama prestada.
Cuando ya me despido, algunas chicas se me acercan y, tímidamente, me dicen que quieren hacerme un regalo, pero que no lo abra hasta que no esté en el hotel. Prometido. Un taxi me recoge y al llegar a la habitación, algo me dice que no lo abra. Me doy tiempo a pesar de que no hacerlo me parece más raro que hacerlo. Sin embargo, no apuro el vaso de agua que me he servido. Al final, pues me inquieta aún más ser preso de emociones irracionales que a nada conducen, empiezo a desenvolverlo: como si fuera ya parte de un juego estúpido que rápidamente empieza a multiplicar sus formas, en tamaño heroico, descubro un dibujo de trazos alambicados, en el que, de nuevo Manuel Mejía soy yo.