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Mes: agosto, 2015

Tom Cruise está entre nosotros.

Tom Cruise en Medellín.Tom Cruise está de visita en Medellín, viene a realizar una película sobre Barry Seal, un agente encubierto de la DEA que piloteó para Pablo Escobar y que luego, como suele suceder con este tipo de mensajeros, fue asesinado en Miami. Cruise, un hombre afable, llegó en su propio avión y en ningún momento se ha rehusado a fotografiarse en aeropuertos, malls y cuanto escenario existe con quien se tropieza o cruza, incluido el alcalde de la ciudad, permitiéndole a éste llevar adelante su récord farandulero iniciado con Madona Y Beyoncé. Su simpatía parece natural, no se da aires, aunque habla poco y, como el tiempo es oro, enseguida se ha puesto a trabajar. La crónica cuenta que las primeras tomas ya se han hecho en un hangar del aeropuerto con un escuadrón de extras vistiendo el uniforme militar de la República de Panamá y que luego, conduciendo un pequeño avión, Tom, como ahora lo llaman, ha volado rasante sobre el río Medellín. Un río que desde arriba parece un pantanoso camino de herradura y en donde a cada rato tractomulas y buses, confundidos, se despeñan. Seguramente, en adelante, las noticias se irán multiplicando en medida que la película avance y Tom siga siendo Tom.
Esta nota, sin embargo, apunta a otro lado. Actores de la categoría suya que hayan visitado a Medellín, “país fuera del mapa”, siguen siendo muy pocos. Se cuentan en los dedos de la mano, y siempre de paso, a las carreras si se quiere. Y algunas ni eso, como sucedió con María Félix cuando una bula del Arzobispo Salazar, incitado por su papel de pastor que cuida del rebaño, la detuvo sin dejarla salir del aeropuerto. María entonces se fue a Bogotá y allí el General Rojas, atrapado por el poder de semejante ejemplar, sin prestar atención si era demonio o no, la festejó en palacio.
A comienzos de los cincuenta, para promocionar la Kolcana, un aguachirle con la que el ingenio colombiano buscaba competirle a la Coca-Cola, pasearon en un vehículo del Cuerpo de Bomberos a dos ángeles: Pier Ángeli, la entonces actriz más hermosa y famosa de Hollywood, a quien le pagaron miles de dólares por levantar la mano y saludar a la multitud volcada a las calles, y Doris Day, a quien faltaba poco para ser Doris Day. Después, a los 39 años, Pier Ángeli, sin acordarse de que acá en Medellín la queríamos mares, se suicida tomándose una Kolcana.
No sobra decir que en los 80 estuvo de parranda Margot Hemingway, la famosa nieta de Ernst, en un apartamento del Poblado, acompañada de su marido venezolano. La visita fue algo tan privado que nadie, ni siquiera el obispo, se dio cuenta. Años después, Margot, siguiendo una tradición familiar, allá en su casa de la playa de Malibú, cualquier día, triste como estaba, echó mano a un frasco de pastillas sin darse cuenta que estaba lleno.
A Tom, pues, habrá que agradecerle el que, a más de su tiempo gastado en fotografiarse con el perro y el gato, haya puesto a Medellín, según las noticias, en el centro de alguna parte. La producción dejará además cerca de dos millones y medio de dólares por ahí rodando que, para ser prácticos, es lo importante.
28/08/015.

Cometas

El pintor Francisco Toledo.

 

Al volver la mirada al cielo, las descubro: seis, ocho cometas, ondeando o ensimismadas en las alturas, en este agosto luminoso. ¿Cometas, me pregunto, en esta ciudad que en su desordenado progreso parece no haber dejado espacio a algo que, quien fue niño, sabe que muy pocas cosas lo igualan? De las mangas donde los muchachos íbamos a elevar cometas, hoy no queda nada. La urbanización las ha sellado y aficiones tan cercanas al goce natural, sobrecoge que hayan desaparecido y con ellas un ejercicio de la poesía, la mejor. Aquella que no se piensa, sólo se da.
Temprano nos preparábamos para las temporadas que coincidían con los meses ventosos y de vacaciones. Era nuestro tiempo de maravillas y fabricarlas en variadas formas, acudiendo a nuestros medios, sencillos pero eficaces, constituía la antesala. No sabíamos, no había por qué saberlo, que esa práctica nos vinculaba con una tradición de milenios y que verlas elevarse y sostenerse horas enteras allí arriba, uniendo la tierra con el cielo, conducía a la serenidad y el éxtasis. A ese estado de gracia al cual, cualquiera fuera la circunstancia, no se podía faltar y para la que nos disponíamos el resto del año.
Pero la ciudad creció, crecimos los muchachos de entonces y lo que temía que hubiera desaparecido, me sorprende esta tarde domingo. No, ellas sobreviven, como la poesía misma.
Ahora, a espaldas de toda estupidez humana, pero para todos, las elevan desde las colinas cercanas, al occidente de la fea ciudad, otra generación de muchachos que se entretienen haciendo verdad felíz el más gratuito de los goces.