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Mes: junio, 2015

De cómo la vida se da a ella misma oportunidades y despliega sus brillos más secretos.

Oficina.Era la encargada del aseo de las oficinas y a veces me la encontraba allí cuando llegaba un poco más temprano. Evitaba el saludo y prácticamente se escurría al verme. Era todavía una mujer joven pero se advertía en su aspecto lo poco amable que la vida había sido con ella. Lo que explicaba además porque cumplía allí labores que los demás, hijos de una mejor suerte, ignoraban o pasaban por alto. Que cada mañana encontraran la oficina limpia y resplandeciente, como si resucitara, era algo tan habitual que no importaba ni había por qué caer en cuenta de ello. Alguien lo hacía y, así no supiéramos quién, era suficiente. No había por qué preguntarse.
Sin embargo, alguien actuaba allí antes de la hora y purificaba aquel ámbito, limándolo de todo asco o rugosidad mugrienta. Alguien, sin rostro y peor, sin nombre, tan insignificante, que acaso no exista escalón para ubicarlo incluso en la más opaca y trivial de las jerarquías. Alguien invisible, si se quiere, que en estas cosas de todos los días son legión aquí y allá.
Era, en lo corrido del año, la tercera o cuarta empleada del aseo con la que tropezaba en aquel lugar y que, salvo pocas diferencias, se acogía al mismo molde. Flacuchas y agotadas, rehuyendo toda mirada, como si cargaran con una culpa mayor que ellas, se centraban en cumplir una tarea a repetir hasta dar vuelta de nuevo, planeada por una administración que al obrar, obraba de manera similar a la de un dios odioso distribuyendo el infortunio. Gentes, pensaba, para las que no existe redención, si se las mira en la perspectiva de una vida entera, siempre la misma.
Una mañana, urgido por un informe de fin de año, llegué a la oficina media hora antes. Olvidado de las labores tempraneras de estas hadas melancólicas, me centré en lo mío hasta el punto de no oír la puerta cuando ésta se abrió. El susto me hizo saltar de la silla. Entonces, sorprendida a su vez, ella gritó. Ambos reímos, y yo descubrí cómo, la última de las criaturas, sonreía de la manera más hermosa que he visto nunca.

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El yoga y las fijaciones.

yoga-siluetas.Aquella era una reunión preparatoria, a la cual asistí en plan de informarme y quizás, si los astros lo aconsejaban, convertirme en un miembro más del club de yoga. Era jueves, atardecía, y en conjunto no éramos más de cinco los asistentes, cuatro mujeres y un varón. Algunos de pie, otros sentados, todos a la espera de que llegara la hora inicial, no alcanzábamos a copar el salón de la vieja casa, adecuado como pequeño auditorio. Al entrar, sobre mí, que era el nuevo, cayó una mirada evaluadora que fingía interés y cortesía pero, al final, después de un largo minuto, discriminación. Yo, un adulto mayor, en camino de franco declive, no llenaba las expectativas. No entendían qué podía estar haciendo alguien allí a quien, ni siquiera el yoga, podía servir ya de algo y, peor, poco para cualquier tipo de planes de carácter vespertino y romántico, hiperactivo al menos. Las cuatro, viejas conocidas por lo que se advertía, realmente el núcleo de aquella célula tibetana, incrustada en el barrio, no eran feas ni bellas, pero conservaban el buen físico que años de ejercicio, buena respiración y sano alimento, garantizan. A diferencia suya, a mí, solo verlas, activó los sentidos en un giro tal que, luego de un saludo de cabeza, apenas logré disimular observando los libros, estampas e íconos sacrosantos, exhibidos en la vitrina recostada a una de las paredes laterales.
Había llegado diez minutos antes, invitado por su directora, la doctora Aminta Gupta, seudónimo de Aminta Grajales, oriunda de Andes, y con la intención, más que de cargar con nuevos dogmas, aprovechar el ocio en todo aquello que fuera el caso. Eran, pues, fines muy prácticos y heme acá entonces, dada la recepción, reculando hasta un punto dónde hacerme invisible y reflexionar si ese era el lugar y esa la ocasión para servirme de asuntos tales.
Al momento vi que una de ellas se apartaba del grupo y, tomando el bolso, hurgaba en él. Alta, cuarentona, con pinta de chica dueña de peluquería, parecía mostrar hacia mí, al volverme la espalda, un desinterés aún mayor que las demás. Impaciente, al parecer no encontraba lo que buscaba, volcó el contenido sobre el asiento bajo que tenía enfrente. Advertí entonces que al examinar los objetos diseminados, se inclinaba más de lo debido, mostrando el trasero forrado por el bluyín desteñido. Una acción a la que, desprevenido, no le di importancia, pero que el cuchicheo de sus compañeras, sus ojos desorientados, enseguida me alertó. A ojo de buen cubero, aquél era un culo hermoso, ni muy grande ni pequeño, escultórico, y al exponerlo de esa manera, me di cuenta hasta dónde la presencia de un varón, así sus condiciones estuvieran por debajo de la media, agitaba la atmósfera y despertaba la competencia entre ellas. Mal lo disimulaban, llevando ventaja, quien podía esgrimir una razón de más.
Como el asunto le tomaba su tiempo, el solaz fue completo. Su arte consistía, al menearlo y convertirlo en foco de todas las miradas, en el producto de un desencadenamiento de tensiones interiores, y en que pareciera algo natural. En una palabra, en algo no intencional, en ese tipo de acción distraída o preocupación sobrante que sigue al extravío de las llaves del carro, por ejemplo. Mientras el mío, en total correspondencia con el suyo, era no dejar escapar aquel momento en que el espíritu se hacía carne, redondez pitagórica y venusina tentación.
Forma deleitosa y velada incitación, allí donde la naturaleza habla, más vale escucharla. Con Madame Gupta convenimos en que, con aquel grupo, podía asistir los martes y los jueves y ya descubriría, recalcó, la paz y el sosiego que el yoga traería a mi vida