De los beneficios y sorpresas que trae una copa de más.

Ch.Bukovsky por Migueleguedez.

Ch.Bukovsky por Migueleguedez.

Desde hace algún tiempo intento escribir algunas páginas para el blog, pero ha sido inútil. Los temas se suceden pero enseguida pierden su interés, y ya no hay más qué hacer. Quizás la magia se recupere luego, mañana, otro día, y la frase feliz que ponga fin al interregno, aparezca. Entonces convengo con lo que, de pensar correctamente, no debería aceptar y me doy la larga y acepto la situación, puesto que cumplir con lo mío, como lo demuestran los hechos, no depende solo de mí: debo aceptar que en este oficio, así se trate de la página más sencilla, uno no es más que un instrumento, la mano que toma la pluma o azota el teclado. Queda, pues, resignarse y esperar a que el rayo te tumbe del caballo.
Y, uno a uno, los días pasan, y la indulgencia con la que oculto mi vacío, pasa a ser mi verdadera labor. ¿Y si la situación se tornara definitiva y de plumífero mudara a simple ostra? Conozco casos, autores a los que, perdida toda gracia, la página en blanco les sirve de sepultura. ¡No, me digo, esto no va conmigo! Entonces me siento al computador y acudo a la libre asociación, a la misma que recetan a sus pacientes los sicoanalistas, y ato una frase tras otra sin importarme cuán ajenas sean, esperando, por supuesto, que al final del ejercicio surja la frase azuzadora que me va a curar. Inútil, el surrealismo solo les ha servido a los surrealistas, nómadas somnolientos del verbo sin control.
Siento entonces que lo último que me queda, es el licor. Abro una botella de Old Parr e inicio un vivo diálogo con ella, tan rico en matices que, a estas alturas, desdoblado, ignoro cuál de mis yoes ha tomado mi lugar y se ha atrevido con esta página, convirtiéndome, como diría Monterroso, en un Balzac.