Del happy end a Uma Thurman, diosa encarnada.

pulp-fiction-1994-baileHubo un tiempo en que los finales felices, tan escasos en la vida, eran el elemento invariable en los films y en la manera como Hollywood consideraba las cosas. Era el chance que, sobre todo después de la guerra, un nuevo arte y la industria ofrecían a un público que aceptaba, así fuera por unas horas, que la ilusión importaba. Épocas en que géneros como el musical y la comedia alcanzaron un punto difícil de alcanzar y que hoy, cuando la propuesta es otra, lamentamos que sean ya asunto pretérito. No era, pues, fortuito que frente a los teatros, a la hora de la función, los espectadores se multiplicaran y que las productoras no dieran abasto con sus realizaciones. Al cine se iba a soñar y los elementos que allí se reunían – belleza, talento y elegancia, sumados a buenos argumentos y una dirección acertada-, se subordinaban a hacer posible aquello. Ver una escena de baile de Fred Astaire y Ginger Rogers, por ejemplo, o Gene Kelly y Debbie Reynolds, ponía a aletear el corazón. Momentos inolvidables que aún llevan a preguntarnos por qué el cine renunció a algo tan noble como servir a la vida para convertirse, como suele suceder ahora, en un producto más de baja calidad. En una fórmula de distracción siempre igual en la que la violencia, la ramplonería y un nihilismo estúpido, a nada apuntan. En lugar, pues, de arte, pura basura que consumir bajo una apariencia engañosa. Extraño los happy end, aquellos en que el cine daba una oportunidad a todo, recordándonos por tanto –el gran arte lo hace a menudo-, que si tiene un sentido preguntarnos por el fin de la existencia, pese a las contrariedades, no puede ser otro distinto a éste: ser felices. Dostoievsky lo consideró como el propósito mismo del Universo y Renoir, quien pese a la artritis rencorosa que padeció al término de su vida, obligándolo a pintar con los pinceles atados a los dedos, no pensó diferente. El arte, decía, existe para mostrar la belleza y dar felicidad. Hay un momento, sin embargo, que rescato de esa suerte común a un cine encandilado con su propio desastre y tiene que ver irónicamente con esa parodia de las parodias del film de violencia -la parodia también produce dinero cuando se trata de multiplicar el empaque-, que es Pulp Fiction. Me refiero a aquella escena en que Uma Thurman y Jhon Travolta bailan. Quien la ha visto no la olvida. El resto es silencio. ________________________________________

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