El vivir y sus adminículos.

De pronto, sin proponérselo, los adminículos empiezan a aparecer en su vida. Es cierto que ya anda en una edad en la que la apariencia, ese tributo que se hace a los otros y a uno mismo, deja de ser la preocupación primera para, vueltos de revés los espejos, dar lugar a la más distraída de las libertades.
A la más extravagante, si se quiere, pues ahora el modo de vestir, por ejemplo, lo dicta, no la moda o la etiqueta, sino el ánimo con que se despierta y la holgura y comodidad lo imponen. De ahí, supone, esa gaya ciencia, esa conducta y pintoresquismo tan comunes en los viejos, cuando le ganan la partida a la tristeza y se deciden por hacer lo que les da la gana. Por ese ir por el mundo en pos de nada, dueños al fin del instante que pasa y no vuelve. Libres al fin del temor a hacer el ridículo, esa marca de esclavitud que nos iguala por lo bajo a todos.
Viene entonces a su mente aquella dama que un día, aprovechando el verano, allá en una playa de Sydney, vio echarse a nadar en el mar, portando un exiguo bikini, el más inquietante de todos. Actuaba sin timideces o falsos pudores, pese a su edad y aspecto físico. Flacucha y apergaminada, le calculó unos noventa años, y, observándola, le pareció que ella, con soberbia indiferencia, tomaba lo suyo cuando los demás también lo hacían, pero no con igual conciencia y naturalidad. Ella simplemente se dejaba vivir.
Quizá, para esto, haya que llegar a viejo –piensa-, cuando la vida ya tan próxima a sí misma, te dispensa de todo engaño e impostura y al fin convienes con que, pese a los achaques, sombreros, bastones, tenis de luces y oropeles de carnaval, todos ellos son ese último y luminoso pincelazo que aún hacía falta y que a cada cual le toca dar para así redondear la obra.
12/02/015..

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