La línea que va entre un nuevo día y la primera contrariedad.

Taxis.Hay vidas tristes, me digo, mientras observo la manera como el taxista me conduce al sitio acordado. Es viejo, malencarado, y las normas del tránsito no parecen decirle mucho. Tampoco que en el asiento de atrás, dado el odio con que maneja, va un pasajero colapsado y a punto de abrir la puerta y lanzarse al vacío. Son las siete de la mañana, el día apenas comienza y ya está echado a perder.
Una vida tiene muchos días para que siempre sean el mismo día, agobiante y sinsentido. ¿Se lo habrá planteado él alguna vez? Es evidente que su oficio no lo hace feliz y que si lo cumple es porque, pobre desgraciado, no tiene más alternativas. Aquello que en otros casos constituye el secreto de una existencia completa, en el suyo es la causa de su amargura. Aún no ha entendido o entendió que cuando no es así, la sobrevivencia se torna una carga muy pesada. Un infierno.
Y, por supuesto, la primera ausente es la amabilidad, ese reconocimiento espontáneo del otro, su semejante. Ese hacer gratas las cosas.
Y me duele su suerte porque sus adversidades terminaron por vencerlo, convirtiéndolo en algo que ni él mismo reconocería. En un muerto vivo, inquilino de un lugar que si antes las fantasías teológicas ubicaban en otra vida, ahora la impostergable realidad establece para tantos acá.
Y saber que la existencia solo se da una vez.

28/01/015.