La página por escribir.

escribir-aguaFoto Arno Rafael Minkkinena.

Leo el párrafo que acabo de escribir y no me satisface; aquella idea que despuntaba feliz en un comienzo, en el proceso de concretarla ha mudado de condición y se ha hecho irreconocible. Es como si en aquel tránsito hubiera sido despojada de su condición por el mismo movimiento que la anunciaba. Ese párrafo, para no decir página, que se aventuraba con su pequeño enigma, se ha cerrado enseguida y de lo vislumbrado sólo resta una forma extraviada, algo que apenas alcanza a la tentativa.
Debo volver entonces sobre lo escrito. Hacer como si el fracaso, siempre rico en oportunidades, no existiera e intentarlo de nuevo. Y no una sino las veces que sea necesario, camino a lo que podría denominarse una derrota, hasta de pronto caer en cuenta que allí, en esa suerte de escombrera donde las palabras hacen nido, puede acontecer el milagro.
Puede, quizás, quién sabe. Entonces, si aún quiero ir adelante, apremiado por una actitud más realista como la que el escribir me exige – nada de engaños o falsas ilusiones, de pretender escapar en un juego verbal cualquiera-, advierto que hay otros factores que cuentan, en mi caso al menos, y que tienen que ver con la temperatura ambiente (22 grados la ideal), el bullicio al fondo que me haga sentir que la vida corre allí cerca y paralelo a todo, alimentado la llama que se prende, el deseo y su objeto.
Entonces la página, la difícil página, conviene con un resultado y al fin el pensamiento, tan elusivo como la vida misma, acepta darse una forma, un orden y un sentido, y ahora las palabras dichas sólo pueden ser ésas y no otras. No aquéllas que en un principio te motivaron, sino otras, las más ajenas e inesperadas, como si el escribir te llevara inevitablemente a remar en otras aguas, y ya no importara lo alcanzado porque lo alcanzado era realmente lo buscado.