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Mes: noviembre, 2014

Una propuesta sin futuro.

Foto FeriaMe sucede que cada que acudo a una de estas Ferias donde el libro es el protagonista, eventos por lo general multitudinarios a pesar de que se afirma que es poco lo que se lee, sumado a la cifra de asistentes que merodea por stands, auditorios y pabellones -atraído e indiferente a la vez por las múltiples ofertas y la cantidad de portadas que desbordan todo espacio-, me pregunto entonces si aquello tiene sentido.
No que estas fiestas, como las llaman algunos, no deban existir, pues allí se va, como el peregrino acude a lo suyo en ciertas fechas, a cumplir con un interés o curiosidad en particular, nacida de nuestras inquietudes, gustos y afán de distracción, sino que ante el pasmoso y avasallante volumen de ofertas, el asunto, más allá del favor comercial, ¿no constituye acaso un exceso que lleva a preguntarse naturalmente, tanto al lector como a los autores, si aquello no es ya un desquicio y, contra lo que se espera, una forma de la infelicidad y el olvido mismo?
Lo digo porque al que allí asiste, le parecerá que cualquier compra realizada, no sólo es insuficiente, sino que, pese a su previsión, no hará más que acercarlo a una situación aún más insoluble: por más libros que adquiera, siempre serán bien pocos frente a ese mar sin lindes que tiene delante.
Y por parte de los autores, los mayormente interesados, no lograrán evitar la opresiva sensación de que ya son tantos las obras escritas sobre cuanto asunto existe que agregar una más, la suya, a ese depósito inabarcable, no deja de ser un infernal despropósito y algo que no agrega nada a lo ya revelado o dicho.
Si todo se redujera a unas cuantas obras, las necesarias y posibles de leer en una vida, en últimas aquéllas que han superado la prueba del tiempo, quizás todo readquiriría una medida humana y el plumífero, adscrito a labores menos especulativas pero más útiles en el seno de la tribu, evitaría irse por el camino equivocado.
Y el lector, dado lo exquisito y selectivo de la oferta, iría a las Ferias a lo que va: a distraerse allí en medio del gentío y la barahúnda y a ver qué elige de bueno que sirva para salvar su alma y su cuerpo.
Pero una propuesta como ésta, tan inocente como la de un párvulo, no pasa de agregar un imposible más a los ya vistos. Así que lo mejor es volver a un comienzo y, sin engañarse ni resistirse al axioma, expresar que si hoy se lee poco es porque hay demasiados libros y que de tal paradoja, niéguese o no, salvo a los dueños de los depósitos, a nadie más beneficia.

¿Somos acaso los últimos salvajes?

La idea le llega así de repente, mientras se mira un instante en el espejo: ¿somos acaso los últimos salvajes? Sabe, lo reconoce, que se trata de uno de esos momentos de perplejidad en que las cosas de pronto, entre las mil razones de siempre, nos devuelven a una inesperada. A una súbita manera de mirar el mundo o de replanteárnoslo en su sentido, roto el tejido conceptual con el que habitualmente envolvemos la realidad.
Y no porque frente a su propia imagen se descubriera feroz y pintarrajeado a la manera como Hollywood o los manuales describen al salvaje, bueno o malo, sino porque, casi como una certeza o una noción forzosa que simplemente no podía dejar ir, ésta lo llevaba a preguntarse si con la gente de su generación, aquella que llegó dando traspiés a la era digital, no se cerraba una historia: la del individuo que, como aquél de las cavernas, desde entonces, modelaba su existencia acorde con el orden de la naturaleza y allí encontraba su finalidad.
Era como decir que hasta aquí, hasta comienzos de este siglo, llegó una cierta definición del hombre y su aventura en el mundo, y con las dimensiones creadas por la realidad virtual y las nuevas nomenclaturas, su condición ya fuera otra, cambiara definitivamente, alejándose del primitivo que, por más que se vistiera distinto, siempre era el mismo, tocando a la puerta.
Absorbido por estos otros órdenes y realidades superpuestas, simultáneas e inacabables, en ese tránsito virtual cuyo marco ya no es la naturaleza, sino la pantalla, observarse, era advertirse un salvaje: el ciudadano de un orbe milenario a punto de extinguirse.
Y, como Thoreau, allá en el lago Walden, frente a un modo de vida natural, que empezaba a ser avasallado por el modelo urbano e industrial, quizás debería dedicarse, antes de desmaterializarse, a celebrar en adelante su existencia en un mundo que ya es otro mundo.
Le vino entonces el recuerdo de una mañana en que, viajando en el tren de las afueras, entre Black Town y Sydney, lleno hasta el tope de pasajeros que se trasladaban a la ciudad, descubrió que allí todos y cada uno de ellos, tenían abierto su portátil, IPad, Tablet, Smart, y que su atención la atrapaba por entero la pantalla y su posibilidad infinita de consultar videos, fotos, información, mensajes, juegos, atrapados por el universo virtual y por ende viviendo, como una ley, esa simultaneidad alegórica, ese continuo cruce entre el pensamiento, la técnica y lo ilusorio como una realidad absoluta.
No supo entonces si congraciarse con ello o maldecir.
Sintiéndose ya supérstite de una raza sin futuro, apoyó la cabeza en el marco de la ventanilla y se puso a contemplar lo que el viaje le ofrecía: campos, ríos, puentes, cultivos, bestias, suburbios, la silueta de alguna mezquita o iglesia, algún cementerio con sus lápidas desperdigadas, gente.

¿Era hora de empezar a decirle adiós a todo aquello?