El feromona y las dificultades del tráfico.

.La Mariee mise a nu...El feromona y las dificultades del tránsito.

Hace poco me di cuenta que en la atracción y el deseo obran factores más fuertes y menos visibles que aquellos que conocemos. Una conclusión tardía, develada seguramente hace rato por los estudios científicos, que nunca pierden de vista la bestia encubierta que somos, y que desconozco porque en estos temas cabe más, al menos para mí, la experiencia y lo que dictan los sentidos que las prácticas y los laberínticos juegos de la razón.
De ahí, quizá, la tardanza, en descubrir que el deseo, esa extraordinaria fuerza gravitacional que de repente nos coloca en el mismo orden y leyes que mueven las estrellas -el cielo mismo-, primero lo constituye una exhalación, un aroma de baja frecuencia, que ya no olemos por lo menos en la forma como percibimos un perfume o una miasma, pero que nos hará volver siempre la cabeza, incluso perderla, cuando aparece, irrumpe o se manifiesta.
No es, digo, el amor el que primordialmente nos impulsa al cortejo y anhelo de posesión física en un caso particular, sino aquella discreta emanación, invisible si se quiere, que despide el semejante por andar en disposición y ánimo procreativos por exigencia de aquellas tareas y compromisos tácitos para los cuales la vida, sin mayores discusiones, lo trajo a la vida. Así como la flor se abre y exhala el perfume que atrae y atrapa a la abeja para que ésta cumpla lo suyo,  el deseo nos atrapa, engañándonos, y haciéndonos sentir únicos, gozosos, soberanos, cuando se trata, en últimas, de quehaceres inscritos en el ADN que enlazan con una finalidad mayor.
Por supuesto, ésta es una reducción que nada quita desatender o considerar insuficiente, necia en una palabra. Si el amor no existiera, esa prueba inextinguible de la presencia divina, quizá habría que aceptarla entonces como cierta y a ras de la misma mecánica biológica que mueve a una bestia a encaramarse sobre otra.
Pero no es necesario. Sólo intento explicar que la causa primera de nuestros malos pensamientos, antes que otra cualquiera, la constituye una materia odorífica o falsamente inodora que por estar en celo – y siempre lo estaremos hasta empezar la vejez- envuelve y desprende el obscuro objeto de deseo, detectable no más tenerlo a la vista. Esas escenas donde una dama es asediada por un grupo de famélicos caballeros, lo demuestran mejor. El revoloteo allí, no hay por qué dudarlo, es producto del fino almizcle natural que, en orden a cuidar de la especie, su verdadero mandamiento, se expande por el lugar, así el humano, disfrazándolo, denomine galanteo, atracción, juego amoroso o mero interés.
En la esquina la muchacha recién casada espera a que cambie el semáforo. Se dirige a su casa después de hacer las compras de la semana. Como la conozco, del otro lado de la calle la observo. Aún no llega a los treinta, viste jeans y blusa veraniega que resaltan sus pechos y figura. Su aire despreocupado, la diferencia de los demás y del ritmo acelerado, medianamente neurótico, que los lleva quién sabe a dónde.

Irradia juventud, salud y deseo. Es difícil no mirarla y escapar a su atracción; todo en ella se presta y subordina a aquello que aún no habla: el futuro hijo que la urge.

De pronto, en medio del tráfico, el poder de sus feromonas es tal que, carentes de gobierno, los vehículos chocan y uno, el que está más cerca, el más comedido, salta por los aires.
Lo dicho.

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