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Mes: agosto, 2014

El domingo, una hora antes.

 

El domingo es un buen día, el humano tarda en desperezarse y el quehacer cotidiano parece no sufrir apremios. Hasta la misma luz, despreocupada, apenas si avanza sobre los espacios cercanos, apoyándose sobre fachadas y árboles, aceras y antejardines,
En estas primeras horas, la quietud y el silencio son tales que uno no se atreve a dar un paso para no romper el sortilegio, esa disposición de un día para darte todo aquello que los otros días te quitan. Entonces miras y escuchas, oyes y ves, a ti mismo en primer lugar, advirtiendo cuán leve pero presto a la perplejidad actúa tu pensamiento y cuán bella y variada, cuán armónica, es la música de los pájaros, resucitado el verdor veraniego de los árboles, próxima la bondad del cielo, cierto y glorioso el mundo.
Es domingo, claro, un domingo cualquiera, pero qué posible, sin embargo, se te hace de pronto la vida verdadera en este instante.
No como resultado de vanas utopías o cojas rebeliones, sino del modesto gesto del tiempo al extenderte algo propicio también a todos: un goce de la existencia.
Y, aunque, poco a poco, la mañana se anima con el trajín humano, el tono es diferente, benéfico, encarnado, satisfaciéndonos incluso en aquello a lo que aún no podemos dar certeza. Y entonces, en el vecindario, salta la voz legañosa de los niños, el corretear cosquilleante de las bestias, el vocablo amoroso de tías y madres, el sonido sordo del trasto que cae, todo a la vez, como si alguien hubiera activado el interruptor y abierto las compuertas y otra vez, por ahora, la nada fuera por completo el ser. Y el ser, la belleza.
Y, allá, ¿en cuál de los apartamentos vecinos?, como si fuera aún poco, desde el animado revoltijo de las cosas, una mujer rompe a cantar, sin mucho arte, cierto, pero con la embriaguez y el aliento de una realidad que comienza casi victoriosa:
“Te quiero con las fuerzas que no tengo”.

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Los gatos y las edades geológicas.

El gato de M. Matisse.

Me atraen esos días en que, rompiendo hábitos y mandamientos, uno decide no hacer nada. Y nada es nada. A lo sumo pararse por ahí, en cualquier esquina de la casa, dispuesto a hacer abducido por cualquier nave interplanetaria y, quizás, contar luego el cuento. Lezama que apenas si se movió de su silla de obeso fumador de habanos, decía que sus viajes eran de un rincón a otro de su casa, allá en la calle Obispo, en el centro de la Habana, y eso le bastó para arrellanarse aún más en su quietud e inmovilidad y escribir lo que escribió.
Lo traigo a cuento porque, asediados por la celeridad de la época, poco abundan los elogios a la quietud y al estar por ahí, sin afanes, como esos gatos que, lelos, pasan horas mirando un rayo de sol, sin pensar en qué, vueltos una cosa más entre las cosas, un adorno familiar.
Ese elogio, por supuesto, no lo voy a escribir yo, ganas me faltan. Y el ánimo, ese conquistador de continentes, ese traficante de ilusiones, cuando falta, poco se presta al juego de ideas y menos a discurrir entre una y otra, hasta convertir lo confuso e incierto en un factor concluyente. En un teorema cristalino, si es que alcanza.
No.
Soy, si se quiere, ese gato amarillo que desde hace un rato, en el balcón vecino, observa con pupilas astilladas algo, no sé qué, sin importarle mucho lo que acontece más allá, en el mapa del universo. Su desapego es casi una propuesta existencial. Uno no diría, corroborando su quietud e inanidad, que actúa así porque no sabe qué hacer con el tiempo, con el correr de la vida, y ha decidido tomar un atajo. Por el contrario, su instinto, siempre alerta, en vez de darle largas, le ha evitado extraviarse en cualquier laberinto de aquellos que a diario pierden al humano, dejándolo ad portas, sumido en un estado de luminosidad egocéntrica. De casi extrañeza consigo mismo. O, para decirlo mejor, en una suerte de posición oblicua al mundo.
¿Ociosidad, aburrición, fastidio? ¿Qué sabe un gato amarillo de estas cosas? Nada, su perplejidad es otra. Y lo miro y no me canso de ver cómo, entre un giro y otro de la cabeza, pasa un rato en que su figura se petrifica y torna a edades geológicas que vuelven la vida toda un aspaviento.
Edades que, como se sabe, reducen el quehacer humano a Nada.

12/08/014.

El genio, las preguntas y la poesía.

 

Una pregunta que suele hacerse a los escritores -y las preguntas suelen ser las mismas cualquiera sea el personaje-, es la de si anotan en cuadernos o libretas sus ideas. Las respuestas varían pero por lo general, sobre todo tratándose de los novelistas, enfrentados a grandes empresas siempre, es que sí, que escriben aquello que como idea o anécdota puede servirles para su proyecto, así muchas veces prescindan de ellas al final, porque termina convirtiéndose en un problema insoluble darles un orden o en algo muy aburrido repasar, aun reconociendo que el origen del libro está allí, su impulso inicial, su semilla al menos.

Quienes no cargan con esa preocupación, pues la pregunta no está hecha para ellos, son los poetas y cuentistas. El género no les da tiempo. El poema es la anotación misma y el impulso en el cuento no se ha de dejar enfriar para que no perezca. Como el corredor de cien metros, no pueden detenerse a tomar un respiro. Las exigencias allí, dado el material comprometido, son olímpicas.

Cuando eso sucede, no son muchos los casos, se escriben Adagias, como las llamó el poeta Wallace Stevens, que son escritos brevísimos, casi sentencias o proverbios, maneras forasteras de acertar en las prácticas de tiro, si se quiere. Ahí sí, la libreta, la anotación, son indispensables, pues el poeta está levantando un mapa experimental de una acción que lo puede llevar al silencio, puesto que el verbo en el poema colinda con lo divino, y lo mejor, como los niños y las migajas de pan en los cuentos, es construir un rastro.

Son pues fragmentos, reflexiones, ideas, nociones con las cuales se anda por ahí, sabiendo que no se va a ninguna parte o si se llega a alguna, tampoco importa. Sin embargo, no hay lectura más reconfortante, pues casi siempre entra en pugna con nuestros hábitos mentales, empezando por su misma forma de expresión: la escritura aforística.

Cuando intenté corromper mi alma, años ha, apartándome de la educación recibida, leí los Proverbios de William Blake, un señor que se paseaba desnudo con su mujer por el jardín de su casa y también las anotaciones en las libretas de Fernando González, Maestro de juventudes.

En alguna ocasión, lo cuenta el mismo Valery, el poeta fue a visitar a Einstein a la universidad de Princeton y deambulando por los senderos y prados interiores, se le ocurrió preguntarle, como cualquier periodista bisoño, si él, el genio, anotaba las ideas que se le ocurrían.

“No, claro que no. En la vida sólo he tenido una”, fue la respuesta..