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Mes: julio, 2014

La capul, la lujuria y el ciclo Nietzcheano.

Louise BrooksEl recuerdo quizá sea falso pero no su permanencia en el tiempo. Había una actriz que amaba en mi niñez, Marta Toren, que actuaba en películas de la serie B, cuya belleza quitaba el aliento y daba un toque de misterio a las acciones que se narraban en el film. Murió joven y yo la olvidé, hasta el día en que, años después, en una fiesta de amigos, haciendo parte de la pequeña orquesta de tango, su bandoneísta me la revivió. Y me la revivió porque, más allá de su atractivo físico y su talento, la muchacha llevaba una capul o flequillo que ajustaba muy bien con ella.
Estaba recién llegada de Buenos Aires y yo no sabía si era moda allí o parte de su look con su falda corta, su blusa de seda, sus medias finas con arabescos y su misma palidez que la retenía como a una hermosa criatura de la noche.
Todo vuelve, pensé enseguida. Todo en la existencia hace parte de un ciclo Nietzscheano, de un eterno retorno, y me maravillé de que, en tiempos equívocos (unisex) como estos, un corte que a no todas les va, pero que a quien le va, le da categoría, estuviera de vuelta. Entonces recordé a la Toren, y si los modos y estilos de llevar el cabello las mujeres son infinitos, supe que éste, por muchas razones, las fija en tierra y las vuelve dueñas de una fuerza y una sensualidad sin catálogo. Nada de atreverse con ellas sin que en el camino no se corra el riesgo de algo mayor. Su mudo emblema es el placer desnudo y la tentación de la llama destructiva, ése –diría- es el mensaje.
Alguna vez lo llevó la etérea Audrey Hepburn y también Brigitte Bardot, pero algo faltaba en ellas para que el efecto fuera total; algo que tenía que ver con el color de su pelo, claro en ambas, cuando el modelo exige que sea negro -un ala de cuervo-, como lo dictaba su arquetipo Louise Brooks, la actriz de La caja de Pandora, que para el mundo de Hollywood nunca fue fruta que come mono.
A ésta categoría, sin duda alguna, pertenecía la bandoneísta. Su capul y sus ojos de ave de presa imponían un centro al ambiente y un carácter a la interpretación del bandoneón. Quizás ella portaba la buena nueva y otra vez, para satisfacción de espíritus alelados, las mujeres lucirían la capul y el enigma femenino se haría todavía más presente. Pero no fue así, ahora las mujeres se tiñen el cabello de amarillo o verde o lila y habrá que esperar a que pasen muchas cosas para que de nuevo las cosas pasen. Para que el estilo regrese.
Reviso un álbum y descubro que Marta Toren, además de sueca, nunca usó capul.

Un gato no es un espejo de mano

Una vez vi una momia de gato en el Museo Nacional. Cosas del viejo Egipto que daba ese trato, el mismo que a sus faraones, a ciertas bestias. No recuerdo si hacía parte, junto a sus esclavos y abalorios, de alguna tumba mayor o de los haberes sepulcrales de un alto funcionario o señor de la corte. El guiñapo estaba ahí, y uno no sabía que pensar, si tomar el suceso como un dato más dentro de aquel gran catálogo o sorprenderse todavía de las ideas que regían la vida allí y que se extendían hasta los animales.

Pueblos que momifiquen a sus animales domésticos, dándoles una consideración divina, fuera de los egipcios, se desconocen, a menos que sus técnicas de preservación no fueron lo suficientemente seguras y no dejaran dato conocido, algo poco probable. O quizás no existen porque esa idea de preservarlos para la eternidad, repugna. A lo sumo, como sucede en nuestros días, pueden prestarse como objetos de taxidermia, una labor que si conserva, no garantiza nada más allá de cierto tiempo y cuyas funciones son las de ornato o pedagógicas y escasamente, aunque se da, de cariño y afecto. Algo corriente, sin aspiraciones mayores.

Miro ese gato que en horas no se ha movido del balcón vecino. Puede pasarse allí el día entero sin que ningún evento lo inquiete, ninguna razón. Ni desdeñoso o molesto, más bien indiferente, con la indiferencia de quien no se siente obligado a un trato con el mundo o a correr tras él.

Uno diría que está allí para ilustrar lo que es una esencia platónica. Un gato que a la vez es la IDEA, la gatidad misma. La trivialidad hecha arquetipo. El suceso vuelto entidad.

Durante un rato lo observo, sabiendo que su marmórea quietud será superior a mi inquietud humana y que pronto me cansaré y dejaré de hacerlo.

¿Cuánto puede durar un gato sin mosquearse un instante? Este, a diferencia de otros, ni siquiera sigue el vuelo de los pájaros, su humor o somnolencia no está para estos asuntos. De suerte que, de su instinto cazador, apenas revela ese esperar sin esperar, que denominamos paciencia. O mejor, virtud sobrehumana, ese evitar perderse en la ilusión de las cosas, que es la ruina de todos.

Hago entonces, antes de volverle la espalda, un trazo mental de él. Un bosquejo rápido que no deje por fuera su pelaje amarillo con las vetas blancas en cabeza y patas, ni su aspecto casero sobre el cual no recae obligación alguna, salvo la de ser un objeto bello y aparte, regalado seguramente a la pareja de recién casados, sus dueños.

Yo lo llamaría un gato budista, si eso existe.

Y si por lo común los animales definen o anticipan aspectos de la naturaleza humana, tornándose casi en una extensión de ella, a este gato, tan distinto a aquellos con los que los escritores suelen posar en las fotografías, ni como metáfora, lo consideraría un espejo de mano.