restrepoelkin

Crónicas Breves. Dibujos.This WordPress.com site is the cat’s pajamas

Mes: junio, 2014

Las maneras de un poder delicado.

ImagenAunque sabía que se moría, no bajaba la guardia. Un mañana fui a visitarlo, junto con su hijo, a la ciudad donde vivía. Tomamos el avión temprano y nos fuimos directo al hospital donde recién lo habían intervenido. Era la décima cirugía y ya despertarse, el nuevo amanecer, eran para él un martirio.
No voy a hacer el relato de un caso terminal, aún más doloroso y desolador porque, además de ser mi hermano, con él se iba el último testigo de una infancia común. De un mundo, diría.

Pero sí el de un suceso inesperado cuando, después de abrazarnos, seguido de un silencio muy largo que marcaba muy bien la orilla en que se encontraba uno y otro, y que ahondaba esa mirada brillante y lúcida, que decía no engañarse acerca de la verdad de su estado, el hijo sacó de su bolso de viaje un regalo. Algo a lo que éste se había comprometido y que, cómo comentó luego, no fue sencillo conseguir, dada la mala fe de quien hacía una oferta por internet, obligándolo luego a buscar y tratar de manera directa, lidiando con todo tipo de prevenciones, con el nuevo y posible vendedor.
Se trataba de una máscara de Anónymous, que su padre le había pedido le consiguiera y que el hijo, sin juzgar razones, le consiguió. Era una hermosa pieza hecha con arte e ingenio, que en su detalle revelaba de pronto el carácter del enfermo, fiel siempre así mismo, quien, así se estuviera muriendo y su gesto pareciera una extravagancia, no dudó en tener allí cerca, acompañándolo para el final, un símbolo de rebeldía. Su signo. Su real bandera.
Un gesto sin importancia, mínimo, si se quiere, pero que hoy me lleva a pensar en esa clase de rebelión que, ajena a las acciones que tumban la cabeza a los reyes, se dirigen a resguardarnos de los otros, de su soberbia y poder, de su necedad y daño, en el correr de las cosas diarias.
Hacerse el desatendido, simular, desobedecer, guardar silencio, evitando la confrontación directa, quizás sean algunas de las formas de una cortesía al revés dirigida a minar el poder arbitrario del otro. De quien quiere hacerte su esclavo o darte tratos de tal por qué sí, ya que en esto –todos lo sabemos- no existe mandato divino que lo confiera.
Cada cual diligenciará las suyas, pero el hecho es que así, de un modo delicado, es posible hallar la manera de proteger nuestra individualidad, esa porción de ser que no podemos dejar que el otro, los otros, nos escamoteen. Frente a quien, sobre nosotros, ejerce o quiere ejercer un dominio abusivo que sólo a él beneficia, un bartlebyano retraerse, un ¡NO! musitado, quizá sea un más efectivo y noble proceder que hacer saltar al fulano por los aires.
Mi hermano lo sabía y a la muerte, poder mayor que ninguno otro, quiso recibirla de ese modo. Con esa personal señal de desacato.

 

Anuncios

Toma tu cartera y huye.

ImagenDibujo Roberto Ortíz.

Al acudir a la taquilla para informarme sobre el consultorio del cirujano plástico, encuentro que la anterior empleada ha sido reemplazada por una más joven y ágil, bella incluso. Tiene ojos negros aterciopelados y sonríe al atender, comedidamente. A diferencia de la otra, vieja y rutinaria, para la que una tarea tan sencilla constituía ya un embrollo, ésta muestra interés y convicción en lo que hace. Se nota que es su primer empleo y que para llevarlo adelante cuenta con algo mejor que la experiencia: la ilusión de tener un lugar en el mundo y que dentro del amplio complejo de jerarquías, instancias y situaciones en que la realidad incesantemente se ramifica, éste la satisface.
La observo desde la fila y me pregunto cuánto le durara tan buen ánimo y si, como acaso sucedió con su antecesora, no terminará atrapada por la circunstancia, sin una razón que la motive o una amabilidad qué ofrecer.
Quizás, joven como es, aún no se lo ha planteado ni se plantea cómo, bajo toda clase de mecanismos, la suerte nos puede rehuir sus favores, negándonos una existencia verdadera en un mundo dividido por lo común entre señores y sirvientes. Entre los que mandan y obedecen.
Una ocupación puede ser la trampa, la necesidad de un salario. Y si es el que apenas da para vivir, imponiéndonos una jornada diaria de condenados a hacer siempre lo mismo, es aún más gravoso. Ese oficio no será más que una servidumbre, pieza última de un organismo monstruoso que respira, gracias a dejarnos por fuera de una vida verdadera. Lo pienso también cuando me cruzo con el guardia de seguridad, la chica de la cafetería, las personas del aseo, la telefonista, toda aquella legión de ángeles menores que una maldición lleva a ninguna parte.
Hay algo de oriental en ella, lo advierto ahora que estoy en frente suyo y responde con una búdica sonrisa a mi inquietud. ¡Qué gentil y cortés! ¿Cuánto le durara este estado de gracia? ¿Tardará en darse cuenta del engaño?
Casi entonces le grito que tome su cartera y huya. Qué no se deje robar la vida de esa manera y corra en dirección a lo más secreto e irrenunciable suyo, que es lo único que paga el mejor salario.

 

POLLOCK y el daltonismo

ImagenLa pintura la había visto una tarde de otoño en que la  preocupación mayor era cómo salir del Museo antes de que lo cerraran y no me fuera a suceder, como me pasó al llegar, que después de dar vueltas y vueltas, perdido todo sentido de la orientación, terminara en el interior de una tumba egipcia. Ése riesgo se corre en un museo tan grande y maravilloso, ¿cuál no lo es en Nueva York?, como el Metropolitano donde pisos, niveles, salas y escaleras se subordinan a un conjunto de perspectivas y funciones, de inesperados laberintos dentro de otros, que lo mejor es atender, llevándolo siempre a mano, el mapa que por lo menos te garantiza a qué vigilante acudir, quien, con una indicación de cabeza, te muestre la salida…, ahí al lado.
Iba por primera vez allí con la convicción de que lo que vería en sus salas y vitrinas muy difícilmente lo hallaría en otra parte. Y así fue, sólo que son tantas las obras maestras, pinturas, objetos, colecciones y joyas de antes y de ahora, de aquí y de allá, que todo tiempo que se le dedique es corto, aún sin extraviarse.
Recuerdo que después de mirar las 22 obras de Gauguin, la atracción ese año, la fila de espectadores me dejó abandonado en un rellano al final de un corredor donde, sin esperarlo, colgado en la pared me di de tope con Autumm Rythm (Ritmo de Otoño No. 30) de Jackson Pollock.
Como allí no había nadie más, pude mirarlo a mi amaño sentado en el escabel colocado enfrente. De Pollock recordaba el número que Life por allá en los años cincuenta le había dedicado a su pintura, la que según algunos iniciaba al fin un verdadero arte norteamericano con la originalidad y la importancia, digamos, de un Picasso, pero lejos de él.
Mi padre me regaló el ejemplar en español, que a Medellín llegaba cada semana, y desde entonces este arte que bajó el lienzo al piso y sustituyó la pincelada por el chorreado al azar, a lo que primero me movió fue a rechazarlo, pues no lo entendía.
Y allí, enfrente, tenía ahora, muchos años después, una obra de Pollock. De pronto aquella pintura, esa tela de araña ahíta de líneas, puntos y manchas, ese convulso e intrincado alfabeto, anterior o posterior a toda escritura, fue como, ahora sí, me asaltara una epifanía. Un nuevo sentido de lo pictórico y la belleza.
¡Cuántas cosas se necesitan que ocurran para descubrir verdaderamente algo! Lamenté, por supuesto, que apenas tuviera tiempo de contemplarlo antes de la hora de cierre.
Autumm Rythm es un clásico Pollock, raro y hermoso, inolvidable si se quiere. Sin embargo cuando lo recordaba, lo hacía falsificándolo, dándole un color diferente al original.
Convencido por ese engaño, siempre pensé que el color de Autumm Rythm era azul, azul su rítmico hilado galáctico, su estación convulsa, y en esa certeza inconmovible duré hasta que en una segunda visita al Metropolitano, advertí el error. Entonces, para mi sorpresa, descubrí que el color que en él primaba era: ¡el negro!
Del azul al negro, las diferencias son abismales. ¿Por qué la memoria no sólo se las ahorró, sino que hizo de la obra, otra? ¿Fallo o defecto, o porque con el otoño va consustancialmente mejor el azul que el negro luctuoso, y en esto la mente actúa y rectifica como si fuera también la autora? No creo que se trate de una simple distracción o una imprecisión que el recuerdo, en cabeza de un sujeto, falsificara el Pollock. Uno puede equivocarse en el título, el tiempo, las circunstancias, pero no en un color que allí era el de un universo.
El suceso terminó por individualizarme, entre tantas otras, esta pintura, tornándola en una de mis favoritas. Algo que podría convertirse, así se exagere, en un método tan eficaz como el que utilizan los críticos, al menos en aquello que es de nuestro arbitrio: ¡Equivocarse!