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Mes: mayo, 2014

La cámara y el ojo de la cerradura.

ImagenA diferencia de antes, “fisgón” es una palabra que hoy poco se escucha, suena incluso anacrónica y perdido casi todo significado allí donde muchas veces tenía un papel protagónico: en la literatura erótica. Quizá su versión francesa “voyeur” aún la sobreviva un poco más, pues está menos cargada de esa implícita amonestación o reproche moral que la palabra tiene en español.
El fisgón, todos lo sabemos, es aquel individuo que pega el ojo a la cerradura de la puerta, comprometiendo la intimidad de una dama. Un acto de intromisión del cual saca, sin exponerse, un particular placer, sin que su objeto de deseo lo adivine. O adivinándolo, pues muchas veces la simulación es la respuesta que complica el juego.
Sin embargo, hoy se ve comprometida su vigencia y, por ende, las maneras de un hábito o gusto, al ser superado por las circunstancias, pues no existe intimidad, suya o ajena, a la que no lleguen primero la técnica y los artefactos modernos.
Hoy las cámaras, y las hay de todo tipo, miran adentro y afuera, te siguen allí donde tú vayas: malls, parqueaderos, alcobas, oficinas, calles. Te espían, si es necesario desde el cielo, pueden incluso meterse en tu organismo, son tu sombra. Si la intimidad fue un logro del individuo, logro que ni el Estado se atrevía a vulnerar, poca cosa significa cuando gracias a una fotografía, un video, lo tuyo ya no es tuyo, apenas de nadie.
Lo visto es, pues, de todos; todos lo ven, de suerte que la condición del voyeur, quien siempre actúa a solas, tanto su individualidad como la de su objeto de pasión, han sido vencidas. Y esto porque quien mira a escondidas, lo hace en busca y beneficio de cierto tipo de intensidad. De aquel fuego que envuelve en una gloriosa unidad al deseo y la desnudez, convertidos de repente ahora, contra todo cálculo, en goce corriente. En simple banalidad.
Lo inquietante es que no existe mortal que no se preste a esto. ¿Magia del visor? ¿Insulsa vanidad? Quien fotografía, graba, registra; sirviéndose de esta nueva juguetería, quiere a su vez también ser fotografiado.
Quien mira busca ser mirado y el mirado transformarse en aquél que mira y así el eros que podría emanar de una situación particular, se transforma por gracia de los artefactos en un juego de reflejos más o menos infinito. En una situación de visos sobre una superficie plana, geométricamente hablando.
Una puerta y una cerradura, un ojo que espía, garantizaban en fin una performance que conseguía convertir el atrevimiento en una conquista. En una verdadera transgresión…, y ya sabemos cuánto conviene al deseo el sabor de lo prohibido. Algo que ahora cualquier lente abierta, actuando de por sí, diabólicamente nos ahorra y priva de ello.

 

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Un objeto de culto.

ImagenCuando, recostado en la silla, echo la cabeza a atrás y pienso en la moda, en la de antes y después, surge una cierta noción que podría llamar arquetípica. Un figurín que se superpone a todos y que en cuanto a gustos me ancla en una época y en unos años muy precisos. Sin que me rehúse a lo diferente, atrevido o informal, incluso extravagante – ¿qué habla mejor de una época que el vestido?-, ésta permanece conmigo como permanecen en grado íntimo ciertas cosas en la vida. Unos objetos, unos ámbitos, unos seres, un vocabulario. Y permanece porque a su manera define desde antes que lo sepamos un aspecto de nuestra alma, aquél que tiene que ver con nuestra sensibilidad. Un gusto.
Me refiero sobre todo al vestido femenino, tan cambiante y creativo en su corte y estilo como suele ser la historia o la poesía misma.
De niño, corrían los años cincuenta, el cine fue mi escuela y recuerdo cómo por encima de la intriga y la aventura, mi atención la desviaban hacia otros lados la belleza de las actrices y la elegancia de sus atuendos.
Sombreros, velos y redecillas, chaquetas con hombreras, faldas abiertas a un lado, solapas anchas, guantes, manguitos, vestidos de seda, cinturones, cuellos redondos o cuadrados, tacones y medias (recién habían descubierto el nylon), combinados unos con otros de manera perfecta, y un aspecto distinguido, esa era la estética de pos-guerra que el cine proponía a un público y a una sociedad que, como la internacional, renacía entonces entre las ruinas.
Eso lo vine a saber después, como después supe que la maravilla del cine de clase B, un género que habían inventado las productoras para la programación doble los domingos, hacía propio el expresionismo alemán y en su juego de luces y sombras, sus tramas policíacas, lograba muchas veces sin pretenderlo verdaderas obras maestras. Un orbe, por cierto, detrás del cual se insinuaba otro aún más soterrado y sensual, que partía de la prenda de las actrices, rubias o malvadas, y se extendía incluso hasta la manera de encender un cigarrillo, todo un continente por descubrir para un chico.
A la primera que advertí que vestía de modo parecido fue a mi madre. Ella, una mujer sencilla, delineaba, cortaba y cosía sus vestidos, guiada por los figurines que adquiría allí donde compraba las telas y accesorios y cuyos modelos poco se diferenciaban de los propuestos por el cine. Ella que era joven y bonita, en su interior, presumo, aspiraba también a tener la distinción que, guardando las proporciones, emanaba como una aureola de las actrices que admiraba, la Bergman por ejemplo, y que encontraba como reflejo en otras mujeres, vecinas suyas, pues esa es la moda.
Ese gusto suyo que, como herencia, entre esas otras tantas cosas que una madre continúa en un hijo, explica quizá por qué, en el inabarcable catálogo de estilos y diseños de la época (uno por día), ése, y sólo ése, capaz de dar distinción a la peor de las asesinas en el cine negro, constituye mi objeto de culto.
Yo, la verdad, después de desvestir a una mujer, así sólo sea en sueños, sólo la volvería a vestir de ese modo. Es decir, de la manera más glamorosa, bella y perturbadora que uno pueda imaginarse.

 

Acumulando razones para hacerme un tatuaje.

ImagenHay una película, basada en un libro de Ray Bradbury, que hoy quisiera ver de nuevo, no por caprichos nostálgicos, sino para reconocer hasta dónde soplaba el espíritu profético en el autor norteamericano, quien hizo del futuro el alarmante presente de sus hermosos relatos. Me refiero a El hombre ilustrado, cuyo personaje tatuado hasta el último centímetro de piel, anticipa lo que ahora es lenguaje, moda, artificio y decoración: el tattoo.
Hasta hace unas décadas, en occidente, el tatuaje era una práctica presidiaria, ejercida sin mucho arte por lo general y con motivos reducidos y previsibles: la mujer, la libertad añorada, los íconos religiosos, las armas, algún nombre familiar. Era un distintivo y un estigma de quien existía en la marginalidad, casi un “habla” que la sociedad se rehusaba a admitir o admitía como algo propio de criminales.
De pronto Bradbury, siempre reacio a leer en lo humano lo común y habitual, concibe a este personaje cuyo cuerpo cubierto por completo de motivos e imágenes coloridas y violentas, es a la vez una historia y muchas historias, un libro abierto, de modo que quien entra en relación con él, lector o espectador, posibilita que ese orbe tome vida y nos cuente lo que tiene que contar, en su caso para alertarnos sobre el porvenir y darnos también medida de lo perdido.
Ignoro si el libro y la película fueron el origen de este cambio de valoración, pero el hecho es que el tatuaje de pronto dejó de ser lo que era para, descargado de todo estigma, convertirse en fenómeno universal y, más allá del aspecto pintoresco, gracias a la diversidad de motivos y a la perfección del oficio, en un arte, como ya no se duda en llamarlo.
Arte que ha terminado por colonizar el cuerpo, transformado ahora en un lienzo y que, pinchazos aparte, uno puede reescribir a su amaño, como cuando se raya un cuaderno.
Cada cual una tela fantástica ambulante, parece ser el pedido de la época y ahí vamos. Como va también el grafiti, esa otra actividad hermana con la cual comparte un alto grado de alucinación e igual mensaje por fuera de toda convención.
Al inclinarse a amarrar el tenis, mi amiga Elisa deja ver su nuevo tatuaje unos centímetros abajo de la cintura. Una primura, y ya son cinco con el del brazo, el hombro derecho y el tobillo. El otro, se rehúsa a contarme dónde lo tiene, aunque puedo imaginármelo, dice con picardía. Todos tienen que ver con seres, flores y animales fabulosos. Aspira a llegar a vieja, siendo otra, cubierta por completo por cuanto motivo la vida le merezca.
Eso me dice, repite, aúlla: “con todos aquellos motivos que la vida le merezca”.
Mayo 6.014.

Marcando diferencias.

Ghost_Bull_Terrier_by_SadieMaeGhost Bull Terrier por Sadie Mae.

Rocky es un Bull terrier que conozco desde cuando cachorro se lo regalaron a mi vecina en la vereda y, en lugar de soltar los dos o tres halagos que se acostumbran en estos casos, la alerté enseguida sobre el riesgo de tener una bestia que con el despertar de sus instintos se convertiría seguramente en una demente y un peligro para todos. Lo lamenté apenas lo dije, pues no tenía base alguna para afirmar tal cosa, sólo que su aspecto me pareció, plásticamente hablando, con ese par de pequeños ojos abrochados el uno al lado del otro y esa cabeza de lord desdeñado por su propio círculo social, de temer. De cómic, mejor dicho. Un prejuicio surgido de que, bien visto, este tipo de perro apenas alcanzó para boceto apresurado y que su lugar está mejor en una viñeta de Robert Crumb que en la vida real.
Mi vecina, una mujer bella y tolerante, se hizo la desatendida, sin dejar de festejar el regalo que en la oficina le habían hecho. Rocky tenía tres semanas, era feo, chillaba y tiritaba de frío. Le compraron una caseta que colocaron en el garaje y los mimos de ella, que podrían estar dirigidos a un objetivo más obvio y natural, se multiplicaron por días y semanas, de manera que en poco tiempo, el terrier era ya un señor grande, de complexión atlética, y con sus saltos y juegos se había convertido en el mejor amigo de todos. También en una belleza. Un día, aprovechando que la puerta de la finca quedó abierta, se escapó y no regresó.
Recuerdo, olvidada de la aprensión que me despertaba el animalejo, la tristeza con que mi vecina me dio la noticia. Hacía una semana del suceso y a pesar de que el cura en la misa había aludido al caso y en los buses y tiendas se colocaron avisos ofreciendo una recompensa, Rocky no aparecía. Allí, en su casa, se notaba el vacío, se veía que algo hacía falta y el pesar, por raro que parezca, se extendió también a la mía. En menor grado, claro.
Una noche, Rocky apareció. Por su estado, se advertía que había sido maltratado, tenía hambre y meneaba la cola, feliz con la vuelta a casa. Alguien se lo había robado, encadenándolo durante el tiempo que estuvo perdido. Ésa fue la impresión ¿Quién y dónde? Imposible saberlo. El motivo, que Rocky es un animal raro y costoso.
A Rocky lo veo siempre cuando voy a mi casa en el campo. Él, que de lo buenazo y fino de raza, saluda a todo el que pasa con carreras y ladridos, conmigo guarda una conducta diferente. Rocky, Rocky, lo llamó, intentando ganarme su amistad, pero es como si no escuchara. A veces, echado en el corredor, al oír el auto, levanta la cabeza y al comprobar de quien se trata, desdeñoso, se vuelve a un lado. No existo para él. No le merezco un ladrido, así sea de cortesía.
El domingo me desperté temprano y salí a la manga a recibir el sol cariñoso de la mañana. Enfrente, del otro lado de la valla, descubro a Rocky y, como acostumbro, lo llamo dos, tres veces. Cuando espero que se haga el de oídos sordos, por primera vez levanta la cabeza y se queda mirándome. Feliz, pienso en un cambio de conducta, pero no dura mucho. El maldito sólo está comprobando una vez más la clase de pendejo que soy, pues enseguida, grosero y despreciativo, se voltea y, antes de meterse a la casa, me muestra el culo.
Ni que me hubiera escuchado decir lo que dije en el primer renglón.