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Mes: abril, 2014

Las Ciervas

 

Las ciervas es el título de un cuento que aún no escribo. Me gusta la palabra, así en plural, como suena. Es sugestiva y llena de resonancias…lascivas. Hay una película de Claude Chabrol con el mismo nombre, que cuenta acerca de la atracción que viven dos mujeres, una adulta y otra más joven, una historia ligera o austeramente lesbiana, como se destilaba en la época, y a la vez un juego de poder, amor y odio y destrucción, como sucede siempre que se establece una relación entre humanos. No es una de sus mejores películas pero basta la presencia de Stéphane Audran, en su mejor edad, y ese tiempo lento en que el cine francés acostumbra narrar las cosas, para llenarla de encanto, sofisticamiento e intriga.
También, lo he leído por ahí, no sé con qué grado de verdad, que a las hermanas de Cervantes las llamaban así, por putas que eran. ¿Será cierto? Una de ellas se llamaba Magdalena y qué no daría uno por saber cómo era, cuál su físico, sus atributos. Le gustaba la cocina, informarse de los buenos platos italianos, algo de lo que su hermano Rodrigo la mantenía al tanto a través de cartas, mientras acompañó al Duque de Alba en su campaña contra los turcos en Italia en la que su hermano mayor perdió un brazo. De la otra, ni rastros. Ambas vivían en Madrid, sin más datos, por lo que es posible que se afirme lo que se afirma. Claro que, acorde con los tiempos que corren, se dice también que el gran Miguel de Cervantes, de comprobada nobleza varonil, era homosexual, y que aquellos cinco años prisionero en los baños de Argelia, no fueron cosa vana. Bueno, una de las propiedades de la leyenda es que se presta a todo.
A mí el nombre, ya lo dije, me gusta por eufonía, porque da qué pensar, porque sí. Porque a la par de su noción zoológica, me atrapa, como si se tratara de una conexión natural, el otro sentido, el más complejo, el nacido del orbe del deseo y la ambigüedad. Y porque, además, es un buen título para un relato que, por una razón u otra, pese al tiempo pasado, aún no cumple su ciclo de gestación. Y que aún no sé, la verdad, si lo cumplira. Pero el tema, como diría don Perogrullo, te ha elegido y ni modo de rechazarlo o deshacerte de él. Queda la curiosidad de saber de qué tratará, cuál su asunto,pero para ello habrá que escribirlo.

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El adiós que nunca damos a los amigos.

No volví a ver a mis compañeros de colegio, ¿qué fue de ellos?, ¿cómo es que en una ciudad como Medellín, relativamente pequeña, en años, ni siquiera el azar, que tantas cosas posibilita, no haya permitido tropezarme con alguno? Tampoco los advierto en la prensa o en las redes sociales, es como si el tiempo los hubiera borrado de un plumazo y, mencionarlos, fuera un falso recuerdo. Pero igual sucede, más triste aún, con los párvulos escolares y más cerca, en grado menor, con los de la Universidad. Lo que un día nos reunió para compartir un momento de la vida, nos entregó luego a la mano de Dios para correr, aquí o allá, una suerte distinta o un destino aciago. A mi edad, cuando he vivido ya buena parte de la vida que me tocó vivir, no dejo de preguntármelo. Quizás se fueron y viven solos o con su familia, allí donde los llevó la necesidad y la pobreza de un país que aún no es el país de todos. O, más desafortunados, no les alcanzó siquiera para bocetear esa página en blanco que se nos extiende al nacer y murieron sin siquiera planteárselo. Me pregunto también si allí donde viven, son felices, tienen éxito y han logrado lo suyo sin pervertir sus sueños o, pervirtiéndolos fatalmente, porque –cómo ignorarlo-, el mundo es también un toro bravo.
A todos nos espera un destino y es el mundo, ese gran teatro, con sus cientos de espejos falsos y verdaderos, el que permite al fin cumplirlo o no, y en esto siente uno que hay una gran arbitrariedad.
Fueron los griegos, desentrañadores de las complejidades del ser, quienes crearon tan extraordinaria palabra. El destino.
¿Cuál fue el destino –esa sería la pregunta entonces- de aquellos con los que un día compartí, siendo unos críos, pupitre y juegos, la calle y el teatro, la labor de educarme? ¿Qué fue de Castaño, Aguirre, Ospina, Londoño, Marín, Acosta, Duque, Valderrama, por decir algunos, muchachos a los que una ilusión, como la mía, nos abrillantaba los ojos? ¿Qué de las nieves de antaño?
No creo que vaya a tener una respuesta al respecto. Quizás ni importe ya; la verdad, nada sucedería de recobrarlos, pues lo lógico es que nos comportemos como unos perfectos extraños. Inamistosos, incluso. Quién sabe. También hace parte del correr de las cosas, perderlas, para así renovarse a cada tanto.
Sin embargo, no sobraría una noticia, cualquiera, ahora que mi vida se curva, dando la impresión de que vuelve a un comienzo.

 

Las tetas y el bosón de Higgs.

 

 

 

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Hoy no temen las mujeres mostrar sus senos. Incluso, cuando se hace necesario, los utilizan como una forma de protesta. Las ve uno en las calles con capuchas, máscaras o simples pañoletas envolviéndoles el rostro y el cuerpo semidesnudo adornado con leyendas provocadoras y desafiantes. En Rusia un grupo de ellas se hace llamar “las vaginas desmadradas” y su acción tempestuosa y libertaria a unas las ha llevado a la cárcel y a otras al exilio. Las tetas allí no cuadran bien con el orden de estado. Cosa contraria al voluptuoso accidente donde las damas pueden hacer con ellas lo que se quiera y el único riesgo es coger un resfrío.
Kawabata, el refinado autor japonés, llamó a los senos la obra perfecta de la naturaleza y él, un sensual, sabía lo que decía. Los hay de todas las formas y para todos los gustos y en un mundo donde los cultos religiosos desaparecen, éste, novísimo, aligerado de pudores y prohibiciones, consigue feligreses allí donde un brasier cae. A tiempos arcaicos, podría decirse, corresponde la fábula fílmica aquélla en la que, asediado por sus obsesiones, un tímido Woody Allen es perseguido a campo traviesa por una enorme teta vengativa. En el siglo XXI, esto sonaría a blasfemo. Ellas, las tetas, ya no hacen parte de nuestras pesadillas y cohibiciones, sino del menú diario que el cine, la tv, el internet y demás, nos ofrecen sin reparos ni avaricia. A cualquier hora, un poco de zapping, cuando no la acción callejera, te muestra en cabezas desprejuiciadas, lo que antes no se podía mostrar y sólo se mostraba, desafiando el ojo tormentoso de Dios que estaba en todas partes. Ya no es pecado, no puede serlo, cuando las mujeres, actores también de la historia, han decidido otra cosa y convertir tan extraordinario atributo en delicia pública, cartel, afirmación, y los caballeros, ahora a un paso atrás de ellas, felices con las novedades que nos trae el siglo, no dudamos en poner un ojo en el bosón de Higgs, las ondas gravitacionales o el cromosoma artificial, y el otro en los orbes carnales que son lo último que nos resta del viejo y placentero paraíso.