El curioso círculo en que caen las cosas.

por restrepoelkin

 

 

Vi el libro en la canasta de gangas, quedaban dos ejemplares y los compré. Uno para mí y otro para regalar a alguien que se lo mereciera. Se trataba de una biografía de Raymond Chandler; por ella supe que el famoso novelista se había casado con una mujer mucho mayor que él, enferma y gorda, a la cual cuidaba amorosamente y que, cuando la inspiración y el impulso que lo llevaba a las palabras y a Marlowe, su personaje, faltaban, pasaba las horas frente a una ventana. No recuerdo mucho más de él, de esto hace mucho tiempo, pero si recuerdo que, impresionado con la manera como Chandler llevó su vida y su negativa a todo aquello que no fuera escribir, conviniendo con la cruda pobreza incluso, le entregué un ejemplar a quien, en mi contorno, revelaba una pasión igual, un gran ser por cierto. No sé si lo leyó, de Chandler nunca hablamos, salvo generalidades, y el libro lo vi en su biblioteca después de que mi amigo murió.
El segundo ejemplar lo presté a un novel escritor a quien la novela policíaca le servía de patrón para sus escritos y Raymond Chandler era uno de sus íconos. Conocía las películas basadas en sus libros y apreciaba que Marlowe lo caracterizara Robert Michum, otro grande.
El préstamo, con toda clase de seguridades respecto a su devolución, sería por unos cuantos días. No soy bibliófilo y, salvo casos, no me aferro a ninguno. A éste sí, no sé por qué, quizás porque el relato de un joven autor entregado al cuidado de una esposa mayor y neurótica, algo tan importante para él como ganarle unas páginas a sus dificultades con la escritura, me parecía estrambótica pero también ejemplar. Eso hacía que Chandler me gustara mucho más y considerara aquella magnífica biografía, una joya.
Pasaron los días, los meses, los años, y cuando nos volvimos a ver con el novel autor, ambos parecíamos haber olvidado el asunto. Yo no se lo mencioné, tampoco él se sintió obligado a decir algo. Mi silencio, además, facilitaba las cosas; era como si diera a entender que ya el libraco no me importaba. Pero no era así.
De nuevo pasaron los años que, en cuanto a gustos y quehaceres literarios, nos fue colocando a ambos en orillas distantes. Sin embargo, cuando recordaba mi libro y la manera ladina como se me había hurtado, me irritaba. Lo consideraba un abuso y me hice al propósito de que la próxima vez que nos cruzáramos, actuaría distinto.
Para abreviar, nos vimos en la siguiente Feria del Libro y rápido, apenas saludarlo, planteé el tema. Tengo que decir que, para entonces, mis afanes librescos eran otros y, biografías como las de Chandler, ya no leía, ni me interesaban. Pedirle el libro era, pues, caprichoso y, conservarlo, servía más a él, fanático de la novela negra, que a mí, fanático de nada.
-¿Y mi libro?
Entonces el cleptómano autor mostró sorpresa, como si no supiera de qué le hablaba.
-¿Raymond Chandler? ¿Su biografía? Claro que sí, tengo una, la mejor, pero ésa me la trajo una novia de Buenos Aires.
Y sonrió, como si en esa sonrisa se encerrara toda la bondad del mundo cuando enseguida añadió:
-Es un libro apasionante, si te interesa, te la presto.

 

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