Una acción intrépida

por restrepoelkin

Recibo una llamada por el celular, informándoseme  que los encapuchados, como tantas otras veces, han vuelto a las suyas y que para evitar males mayores, las directivas de la Universidad dan la orden de desalojo. A los encapuchados los he visto en brigadas pintando las paredes del Teatro y vigilando, como si estuvieran realizando la acción más intrépida y llena de peligros, que no se vaya aparecer alguien –la autoridad, el Consejo Superior, un fantasma-, lo suficientemente temible como para justificar que anden armados y amedrentando con su sola presencia a todo el mundo. El nivel de riesgo que corren en un lugar de estudio así lo obliga, el carácter de la acción que realizan.

El hecho que, por cierto, no despierta la menor curiosidad o interés entre los estudiantes, acostumbrados como están desde hace rato a este heroísmo de pacotilla, responde a una cierta mise en scene, copiada de algún film paranoico.  Mientras unos se valen del spray y realizan los pintarrajos con sus mensajes estereotipados de siempre, los otros un poco aparte, mirando a todos lados, permanecen alerta con la mano apretando el arma, no vayan a tener una sorpresa. Portan brazaletes y, según su función, el camuflado varía. Actúan, pues, como un grupo militar en cumplimiento de un plan estratégico. Sin embargo, entre el grupo y el ambiente pastoril que los rodea, el desfase es tal, que convierte aquello en el episodio de una comedia perniciosa, cuyo guion manido y torpe, fuera de su inutilidad, no despierta sino irritación e impotencia.

¿En qué pensarán mientras realizan la pantomima? ¿En un lugar en la historia y en que al fin, venidos de la nada, son protagonistas de un episodio fundamental en la historia de la nación? Claro, que a la historia, que se sepa, no se llega encapuchado, sin una identidad, al menos que se sea un verdugo, oficio que no muchos aceptan.

Lo triste es que se mueven en el campus en completa impunidad. Como hijos díscolos o perturbados, no existe para ellos vara que los corrija o mandamiento que les diga que, en últimas, con su proceder zombi, se niegan a sí mismos y a los demás lo único serio que, en verdad, existe, y que en Colombia, país pobre, constituye un privilegio que es necesario ampliar a todos: el conocimiento.

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