Diatriba

por restrepoelkin

 

Alguna vez Medellín fue hermosa, eclesiástica y probablemente aburrida. Todo allí seguía un orden riguroso, pues la vida no pedía sino una forma de ser considerada y quien se salía de ella, más le valía. Ciudad de comerciantes e industriales prósperos que habían sabido sacar provecho a estos filos y que soñaban con una modernidad tal como la conocían en sus viajes al extranjero o en las revistas que llegaban con meses de retraso. Sin embargo, en su cartografía y división social respondía a un proyecto urbanístico ambicioso y también estético. Medellín había sido pensada como en otros tiempos se pensaban las ciudades, un lugar donde “la dulzura de vivir” fuera lo primero. Fue esa la ciudad que conocí en mi infancia, con sus casas de barrio (para no hablar de las mansiones de Prado o El Poblado) construidas por Maestros oficiales que, como el maestro Diosa, guardaban en su baúl de herramientas, como joyas, algún libro de Walter Gropius o del mismo LeCorbusier, y que la funcionalidad y estolidez de las edificaciones presentes arrasaron luego. Una ciudad, que mirada ahora, en su pretérito, podía considerarse el mejor de los escenarios para un relato fantástico o grabado utópico o ensoñación romántica, pero que la noticia diaria, después de los años setenta, convirtió en un destazadero y en un infierno todavía peor  que aquél  al que los obispos destinaban las ovejas que se salían de su gramática doctrinal.

En el infierno que ahora es, el actual, cuando se alaba sin mayor vergüenza, como si se tratara de algo extraordinario, el mes con menos muertos en 30 años, como aconteció el 4 de marzo de 014. Día de izar banderas.

Podría decirse que después del narcotráfico, que a tantos y miles pervirtió o asesinó, vale cualquier idea que se tenga de Medellín, su oprobiosa realidad lo permite. Sólo que el que puede irse, se va, así sea a las afueras, a respirar mejores aires y a replantear la vida de otro modo, temiendo, por supuesto, que allí donde ha levantado su casa, no llegue suerte parecida .

A otros, sin embargo, Medellín les gusta, la ven incluso bella, gente dispuesta a sobrellevar toda clase de circunstancias por azarosas que sean. Es la ciudad que les toco y conocen, y donde vivir al día, sin futuro o pasado, les ofrece un confort infernal tan válido como válido puede ser arrojarse a un agujero. Quizás exagero y no soy justo, si de eso se trata. Pasa que llevo viviendo acá toda la vida y toda una vida es más que suficiente para saber cuándo por causa de la estupidez humana un lugar se ha arruinado  y cuando las opciones que restan cada vez son menores.

Anuncios