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Mes: marzo, 2014

El curioso círculo en que caen las cosas.

 

 

Vi el libro en la canasta de gangas, quedaban dos ejemplares y los compré. Uno para mí y otro para regalar a alguien que se lo mereciera. Se trataba de una biografía de Raymond Chandler; por ella supe que el famoso novelista se había casado con una mujer mucho mayor que él, enferma y gorda, a la cual cuidaba amorosamente y que, cuando la inspiración y el impulso que lo llevaba a las palabras y a Marlowe, su personaje, faltaban, pasaba las horas frente a una ventana. No recuerdo mucho más de él, de esto hace mucho tiempo, pero si recuerdo que, impresionado con la manera como Chandler llevó su vida y su negativa a todo aquello que no fuera escribir, conviniendo con la cruda pobreza incluso, le entregué un ejemplar a quien, en mi contorno, revelaba una pasión igual, un gran ser por cierto. No sé si lo leyó, de Chandler nunca hablamos, salvo generalidades, y el libro lo vi en su biblioteca después de que mi amigo murió.
El segundo ejemplar lo presté a un novel escritor a quien la novela policíaca le servía de patrón para sus escritos y Raymond Chandler era uno de sus íconos. Conocía las películas basadas en sus libros y apreciaba que Marlowe lo caracterizara Robert Michum, otro grande.
El préstamo, con toda clase de seguridades respecto a su devolución, sería por unos cuantos días. No soy bibliófilo y, salvo casos, no me aferro a ninguno. A éste sí, no sé por qué, quizás porque el relato de un joven autor entregado al cuidado de una esposa mayor y neurótica, algo tan importante para él como ganarle unas páginas a sus dificultades con la escritura, me parecía estrambótica pero también ejemplar. Eso hacía que Chandler me gustara mucho más y considerara aquella magnífica biografía, una joya.
Pasaron los días, los meses, los años, y cuando nos volvimos a ver con el novel autor, ambos parecíamos haber olvidado el asunto. Yo no se lo mencioné, tampoco él se sintió obligado a decir algo. Mi silencio, además, facilitaba las cosas; era como si diera a entender que ya el libraco no me importaba. Pero no era así.
De nuevo pasaron los años que, en cuanto a gustos y quehaceres literarios, nos fue colocando a ambos en orillas distantes. Sin embargo, cuando recordaba mi libro y la manera ladina como se me había hurtado, me irritaba. Lo consideraba un abuso y me hice al propósito de que la próxima vez que nos cruzáramos, actuaría distinto.
Para abreviar, nos vimos en la siguiente Feria del Libro y rápido, apenas saludarlo, planteé el tema. Tengo que decir que, para entonces, mis afanes librescos eran otros y, biografías como las de Chandler, ya no leía, ni me interesaban. Pedirle el libro era, pues, caprichoso y, conservarlo, servía más a él, fanático de la novela negra, que a mí, fanático de nada.
-¿Y mi libro?
Entonces el cleptómano autor mostró sorpresa, como si no supiera de qué le hablaba.
-¿Raymond Chandler? ¿Su biografía? Claro que sí, tengo una, la mejor, pero ésa me la trajo una novia de Buenos Aires.
Y sonrió, como si en esa sonrisa se encerrara toda la bondad del mundo cuando enseguida añadió:
-Es un libro apasionante, si te interesa, te la presto.

 

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El Lama

La historia me fue relatada hace algún tiempo y es posible que falte a la precisión, pero no a la verdad. Comienzo por la mañana luminosa, rara aquellos días de invierno del 99, en la que inesperadamente me encontré con Alina F., a quien había dejado de ver después de su viaje a Buenos Aires a donde había ido a estudiar Psicoanálisis. De esto hacía dos años en los que, como me lo explicó luego, tuvo precipitadamente que cambiar de planes y esconderse en Montevideo, para evitar que una secta tibetana, por increíble que parezca, diera muerte a su hijo menor, aquél que tantas muestras había dado de talento con sus investigaciones sobre la fiebre del heno y las vacas locas.

Como la historia prometía, la invité a almorzar a un restaurante cercano donde las ensaladas, su nuevo afecto, copaban el menú. Alina es una mujer, a quien nunca le falta la gracia, así pase por las circunstancias más difíciles, lo que la hace aún más bella de lo que es.

En  principio me pareció que lo que contaba hacía parte de las fábulas que acostumbra construir al ritmo de la conversación y que son su sello de fábrica. Sólo que ésta vez, ni se reía de sus propias ocurrencias, ni su estado de ánimo era el más sereno.

Aunque el verdadero peligro ya había pasado, me dijo, no se quitaba de la cabeza lo cerca que el muchacho había estado de ser la víctima del más irrazonable de los crímenes y de una conjura que por la condición de sus actores no se le ocurriría imaginar a nadie.

Todo comenzó cuando un par de monjes tibetanos –sí, con sus túnicas color azafrán, la cabeza rapada y ojos beatíficos–, contactaron a su hijo que andaba viajando por el sur de España, para una tarea secreta que necesitaba cumplir de inmediato, y que tenía que ver con un niño nacido en Córdoba y reconocer en él a un lama recién reencarnado.

El muchacho, un lego en estos temas, tomó el asunto a chanza, pero los monjes no dudaron en amenazarlo cuando se hizo necesario. De mala gana aceptó acompañarlos, sin comprender aún su papel en semejante trama. Unas horas más tarde, en una ruinosa casa de las afueras de la ciudad, sin entender cómo, para su propia sorpresa, reconoció en un caballito de madera, un rosario de enormes cuentas y un trozo desgastado de lana coloreada, las pertenencias sagradas de un lama muerto en l940 al caer del tejado del templo de Lhasa, donde había subido a jugar con la luna.

De los lamas, ya se sabe, se cuentan variedad de historias. Alina, para mi ilustración, aludió al famoso caso de un lama rijoso, contado por Alexandra David-Néel en alguno de sus libros sobre el Tibet, que  cualquier día reencarnó convertido en asno, a causa de su licenciosa vida pasada. Contó también de otros, que regresaron como escarabajos, hienas o buitres por culpa de sus acciones. Y es que no siempre, los lamas reencarnan en personas santas, pero éste no era el caso.

Aquí Alina hizo una larga pausa, mientras separaba con cuidado y comía el tierno corazón de una alcachofa.

Al morir los lamas, continuó, dejan algunos objetos y pertenencias con el fin de ser reconocidos cuando reencarnen. La tarea es delicada y requiere de quien la realiza dones de clarividencia y sabiduría. Rara vez esta responsabilidad recae sobre un profano o gentil. Llegado el caso, los monjes indagan y forzosamente inician una busca que a veces les lleva años.

Que su hijo, fuera un elegido, es algo que a Alina aún le cuesta creerlo. Pero al reconocer éste –para su asombro–, al lama en el niño andaluz de ojos diminutos y sonreídos que le señalaron, fue invitado a un convento budista en Lhasa, donde pasó ocho meses como novicio, hasta el día en que, por el soplo de un condiscípulo, supo que existía un cuidadoso plan para envenenarlo, dados los celos y la envidia que despertaba en aquel lugar. De suerte que, espantado, debió huir de allí y, gracias a un serpa que, compadecido, lo ayudó por aquellos senderos imposibles del Himalaya, logró llegar a Pakistán y, de allí, después de servir de cocinero en un barco panameño, arribar a Buenos Aires, donde su mamá, temiendo lo peor, lo llevó a Montevideo, un lugar tan obvio y apacible, que nadie puede pensar que allí se esconde alguien.

Esta era la causa por la que ella debió interrumpir los estudios de Psicoanálisis y la razón de su regreso a Medellín.

La miré, sin saber si creerle o no. Me pareció que era una de esas historias suyas, con las que acostumbra reírse de todo, pero algo me decía que quizás sí, que era tan insólita que no podía ser inventada.

–Alina, ¿no me estás tomando el pelo? Los monjes son buenos y no suelen envenenar a sus hermanos, se me ocurrió decirle sin embargo.

–¡Nooo!, ¿no has leído El nombre de la rosa!? ¿Me estás llamando acaso mentirosa?, me respondió con una mueca de desprecio.

Por lo visto, el genio también se le había agriado. Antes de que pasara a mayores precipitadamente le pedí otro plato de alcachofas con el cual al menos distraerla un rato y el asunto no pasara a mayores. Lo que dio comienzo a otra historia, imposible de contar acá por razones de espacio.

Una acción intrépida

Recibo una llamada por el celular, informándoseme  que los encapuchados, como tantas otras veces, han vuelto a las suyas y que para evitar males mayores, las directivas de la Universidad dan la orden de desalojo. A los encapuchados los he visto en brigadas pintando las paredes del Teatro y vigilando, como si estuvieran realizando la acción más intrépida y llena de peligros, que no se vaya aparecer alguien –la autoridad, el Consejo Superior, un fantasma-, lo suficientemente temible como para justificar que anden armados y amedrentando con su sola presencia a todo el mundo. El nivel de riesgo que corren en un lugar de estudio así lo obliga, el carácter de la acción que realizan.

El hecho que, por cierto, no despierta la menor curiosidad o interés entre los estudiantes, acostumbrados como están desde hace rato a este heroísmo de pacotilla, responde a una cierta mise en scene, copiada de algún film paranoico.  Mientras unos se valen del spray y realizan los pintarrajos con sus mensajes estereotipados de siempre, los otros un poco aparte, mirando a todos lados, permanecen alerta con la mano apretando el arma, no vayan a tener una sorpresa. Portan brazaletes y, según su función, el camuflado varía. Actúan, pues, como un grupo militar en cumplimiento de un plan estratégico. Sin embargo, entre el grupo y el ambiente pastoril que los rodea, el desfase es tal, que convierte aquello en el episodio de una comedia perniciosa, cuyo guion manido y torpe, fuera de su inutilidad, no despierta sino irritación e impotencia.

¿En qué pensarán mientras realizan la pantomima? ¿En un lugar en la historia y en que al fin, venidos de la nada, son protagonistas de un episodio fundamental en la historia de la nación? Claro, que a la historia, que se sepa, no se llega encapuchado, sin una identidad, al menos que se sea un verdugo, oficio que no muchos aceptan.

Lo triste es que se mueven en el campus en completa impunidad. Como hijos díscolos o perturbados, no existe para ellos vara que los corrija o mandamiento que les diga que, en últimas, con su proceder zombi, se niegan a sí mismos y a los demás lo único serio que, en verdad, existe, y que en Colombia, país pobre, constituye un privilegio que es necesario ampliar a todos: el conocimiento.

Diatriba

 

Alguna vez Medellín fue hermosa, eclesiástica y probablemente aburrida. Todo allí seguía un orden riguroso, pues la vida no pedía sino una forma de ser considerada y quien se salía de ella, más le valía. Ciudad de comerciantes e industriales prósperos que habían sabido sacar provecho a estos filos y que soñaban con una modernidad tal como la conocían en sus viajes al extranjero o en las revistas que llegaban con meses de retraso. Sin embargo, en su cartografía y división social respondía a un proyecto urbanístico ambicioso y también estético. Medellín había sido pensada como en otros tiempos se pensaban las ciudades, un lugar donde “la dulzura de vivir” fuera lo primero. Fue esa la ciudad que conocí en mi infancia, con sus casas de barrio (para no hablar de las mansiones de Prado o El Poblado) construidas por Maestros oficiales que, como el maestro Diosa, guardaban en su baúl de herramientas, como joyas, algún libro de Walter Gropius o del mismo LeCorbusier, y que la funcionalidad y estolidez de las edificaciones presentes arrasaron luego. Una ciudad, que mirada ahora, en su pretérito, podía considerarse el mejor de los escenarios para un relato fantástico o grabado utópico o ensoñación romántica, pero que la noticia diaria, después de los años setenta, convirtió en un destazadero y en un infierno todavía peor  que aquél  al que los obispos destinaban las ovejas que se salían de su gramática doctrinal.

En el infierno que ahora es, el actual, cuando se alaba sin mayor vergüenza, como si se tratara de algo extraordinario, el mes con menos muertos en 30 años, como aconteció el 4 de marzo de 014. Día de izar banderas.

Podría decirse que después del narcotráfico, que a tantos y miles pervirtió o asesinó, vale cualquier idea que se tenga de Medellín, su oprobiosa realidad lo permite. Sólo que el que puede irse, se va, así sea a las afueras, a respirar mejores aires y a replantear la vida de otro modo, temiendo, por supuesto, que allí donde ha levantado su casa, no llegue suerte parecida .

A otros, sin embargo, Medellín les gusta, la ven incluso bella, gente dispuesta a sobrellevar toda clase de circunstancias por azarosas que sean. Es la ciudad que les toco y conocen, y donde vivir al día, sin futuro o pasado, les ofrece un confort infernal tan válido como válido puede ser arrojarse a un agujero. Quizás exagero y no soy justo, si de eso se trata. Pasa que llevo viviendo acá toda la vida y toda una vida es más que suficiente para saber cuándo por causa de la estupidez humana un lugar se ha arruinado  y cuando las opciones que restan cada vez son menores.