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Mes: febrero, 2014

¿El adiós a un mundo?

Caligrafía china

Al firmar el documento, entre los otros muchos que a diario firma, sucede la vislumbre: su grafía, sin proponérselo, se ha simplificado hasta casi parecer una huella de ave, un ideograma, y, por primera vez, como si aquel acto hasta entonces sólo fuese un automatismo, cae en cuenta de ello. Su firma no sólo ha cambiado, sino que ha alcanzado rasgos inesperados. Y su sorpresa lo lleva a pensar enseguida en aquellas escrituras cuyos caracteres, más que un rasgo personal y sicológico,  guardan el secreto mismo de un arte. ¿No es ésa la impresión que se tiene cuando se contempla una página escrita en árabe, chino o japonés? Todavía recuerda aquel grafiti, escrito en árabe, que una mañana descubrió en un muro de Jerusalén y en el que más allá de su sentido, que él no podía comprender, lo retuvo la perfección y belleza de su grafía. Allí advertía, además de la destreza de la mano anónima que lo escribió, el esplendor de un oficio milenario, privilegio de una tradición consolidada por artistas y sabios, que reunía en un solo acto, como si se tratara del más refinado dibujo, el gusto por el artificio y la precisión del mensaje. Sí, como en los jeroglíficos de las tumbas y papiros egipcios, allí la palabra era dibujo y el dibujo palabra.

La escritura, pues, como arte caligráfico.

Hoy cuando los nuevos artefactos imponen sus modos, él se pregunta, hasta dónde el plumífero que toma la estilográfica y escribe, a pesar de que civilizaciones enteran se levantaron sobre la escritura, no es acaso ya el último de los mohicanos. Ahora el asunto es otro, ahora la imagen lo dice todo, vale incluso más que mil palabras. ¿Bueno?, ¿malo?, aún no lo sabe, sólo sabe que es el adiós a un mundo.

Entonces él pensó en Katsumi Yomoto profesor de japonés en su universidad, cuando a una consulta suya, una tarde le habló de las reglas que había que aplicar en la escritura japonesa, desde  sentarse en el piso, sin doblar la espalda, y tomar el pincel, descargándolo en el papel de manera vigorosa, rápida y -tal como es la vida-, sin aspirar a que la pincelada fuese perfecta. Para ilustrarlo, no sin antes excusarse porque hacía años no se ejercitaba, escribió un poema de Basho y sonrió con esa sonrisa que era la del mismo Buda que es la misma del conocimiento y la cortesía. Sin decírselo, así le daba a entender, que aquella caligrafía, tal como su tradición la concebía, era el Todo. Es decir el Zen y a la vez el camino al Zen, o así le pareció entenderlo él.

Y esto le dio medida de la perdida.

 

Eros Pompeyano.

Imagen

Foto Antonis Kalantzis.

La pintura hace parte de un fragmento de pared -como tantas otras que ilustran las escenas y costumbres amatorias-, perteneciente a algún lupanar o vestíbulo señorial Pompeyanos. Sólo que aparece aislada, sobreviviendo al tiempo, pero con la belleza intacta, a pesar de que la figura, de color marrón, está deteriorada y el rostro ha perdido sus rasgos, se ve vacío.

Por supuesto los siglos han contribuido con lo suyo, artífices como son también, y nada quita que uno prefiera esta imagen –reduplicada por la fotografía- a la original, a la que el artista pintó para engalanar el interior de un sitio, indicándose muy bien con su presencia, cuál, entre los hábitos cotidianos, era aquél que a sus señores les merecía mayor favor. Y la preferencia surge porque así, empañada y descolorida, a punto de esfumarse en el muro cuarteado, no existe quizás, llegada hasta nuestros días, otra imagen más perturbadora de Eros.

Uno se pregunta si el efecto sería el mismo, si le faltaran las dos alas o su naturaleza fuera la corriente, la del niño volando con su carcaj lleno de flechas y una sonrisa traviesa, en lugar de este jovencito que desciende de lo alto, desvaído y trajinado por el tiempo, pero con la majestad aún de su condición celeste.

La representación de Eros como cupido no sólo es pueril, sino tardía. Todavía Pompeya está muy cerca de los griegos como para convenir con una imagen que casi lo caricaturiza. Eros es un ángel carnal, una joven deidad que sirve al amor, no con travesuras, sino con la anuencia que motiva, facilita y cuida del placer adulto.

¿Sirvió acaso su figura para concebir la del ángel bíblico y cristiano? Sabemos muy bien hasta dónde una cultura se debe a otra y la prueba suele surgir en muros y ruinas, ánforas y vasos, en mosaicos y piedras rotas, códices y poemas. Sólo que en nuestra iconografía heredada, el ángel cumple funciones mucho más metafísicas que terrenales y ninguna como guardián del amor profano. Nada evita imaginar, sin embargo, que  su noción sea en últimas un grafismo superpuesto – el más próximo en el tiempo-, a aquel palimpsesto oscuro e intrincado, del cual Eros constituye el trazo primordial, la figura de origen, que luego el quehacer humano y la oquedad del tiempo han modificado a su amaño.

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Un bel morir.

 

La última vez que lo vi, estaba en casa de su hermana, sentado en un lugar aparte, mirando la televisión. Estaba enfermo de cáncer y había acudido a la reunión familiar, sabiendo quizás que ya no habría otra para él, como en realidad sucedió. A. murió unas semanas después.

Desde que supo que su mal era grave y no poseía mucho tiempo, renunció a los tratamientos médicos y a todo paliativo, no quería sumirse en una falsa esperanza. Logró, eso sí, mostrarse impasible, dominando ante mujer e hijos, la angustia y desesperación diarias, en una actitud estoica que mantuvo hasta el final.

Murió como un estoico, en una época  en la que no existe una sabiduría que nos prepare, más allá de la inyección de morfina, para el dolor y la muerte. Él me recordaba, en su actitud aislada y desprendida, sin  una queja o temor, a esos antiguos filósofos, que miraban a la muerte con los ojos abiertos, otorgando entonces, por esa sola voluntad, un hondo significado a todos los actos de su vida, iluminándolos, si se quiere.

Al enfrentar el final de esta manera, la vida vivida ya no podría ser la misma. Cualquiera que haya sido la suya, su estoicismo la dignificaba toda, colocándola bajo otra luz, volviéndola meritoria.

Con la vejez el diálogo con la muerte se amplia, convirtiéndose en lo que realmente importa. ¿Cómo llegaremos a ella? ¿Cuál será nuestra actitud? ¿Seremos lo suficientemente lúcidos y valientes como para no volverle la cara en el postrer momento? ¿De qué filosofía valernos, entonces?, ¿cuál que nos ofrezca verdadero consuelo y fortaleza? Tan importante será poseer una, cómo importante es la que adoptamos frente a la vida, ese copioso tesoro, piensa uno.

En alguna entrevista Marguerite Yourcenar, hablaba de aceptar incluso la peor enfermedad para vivir así completa la existencia, sin eludir ningún aspecto suyo, por difícil que fuera, y Fernando González, poeta y filósofo, hablaba de que el real problema de la filosofía era el de cómo morir. Agreguémosle a ellos, lo que al respecto escribieron o dijeron los filósofos griegos y romanos y algún consuelo y sabiduría obtendremos, ahora que el hedonismo ha espantado del vocabulario la palabra, pero no la realidad.