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Mes: enero, 2014

La lencería y el spiderman costeño.

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La noticia la escucho en la radio, proviene de Santa Marta, y el tono de la periodista que la da, es grave.  Por momentos se le siente la respiración agitada y repite una y otra vez el suceso cuando en estudio, entre sorprendidos y curiosos, le piden ampliar detalles. Como buena costeña, se come las palabras, aunque se esmera por modularlas y estar a la altura de las circunstancias. De pronto surge la palabra “spiderman” y  lo que se esperaba un suceso trágico -en Colombia no son otras las opciones-, da paso a lo insólito. En la ciudad, pues las denuncias se multiplican, la policía persigue a un personaje que por sus prácticas ilícitas ya se le apoda “spiderman” u “hombre araña de Santa Marta”. La razón: el individuo, a quien aún no logran identificar, no tiene inconveniente alguno en escalar los edificios más altos, sus lugares preferidos, para meterse a los apartamentos y robar la ropa íntima femenina, eligiendo la más fina y provocadora. El hecho tiene alarmada a la ciudadanía que exige a la policía rápidos resultados, concluye la periodista, quien se compromete a atender el seguimiento de la noticia.

Es cosa sabida la atracción que la lencería ejerce sobre el otro sexo. No hay hombre que, así lo niegue, no sea un fetichista y que dentro de su inventario o delicado repertorio de artilugios que anticipan, evocan, acompañan o sustituyen el acto amatorio, no cuenten aquellos complementos que hacen de la mujer la eterna tentación.

Calzones, sostenes, medias, ligueros, fajas, piyamas, vestidos de baño, bodys, sedas y satenes que por lo común sus dueñas guardan en lugar aparte como un tesoro, mostrable sólo en ciertas circunstancias y no a todo el mundo. En la fantasía  suelen ser revisados, estrujados, olfateados y, con los ojos entrecerrados, convertidos en una evocación proustiana capaz de  los más voluptuosos deleites por el erotómano que aspira a dar de ese modo satisfacción a sus anhelos secretos.

Digo, entonces, que no existe fulano que se niegue dicho placer, ni que  dude en transformarse en un ladrón casero, si se presenta la ocasión. Pero correr el albur de caer o ser sorprendido mientras escala un edificio de cinco o siete pisos con parecidos propósitos, eso quién sabe. De ahí que la noticia sobre el protagonista de semejante épica, en lugar de producir agitación, tal como lo anota la periodista, debería más bien, sin hacer eco al alboroto, considerarlo un “experimentador” y dejarle que cumpla con lo suyo y las víctimas, ¿por qué no?, entender que, hurtar piezas de su ropero íntimo, no sólo constituye un tributo que se hace a su dueña, sino también el capítulo de quien reconoce que, tratándose del erotismo, lo mejor es llevar las cosas a la práctica, cualquiera sean los obstáculos y dificultades. O por eso mismo.

Como dijo el Dr. Freud.

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Tótem.

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Aquella vez el viaje en lancha por las islas tenía además un objetivo: almorzaríamos en la punta de Titipan, “donde el uruguayo”. Después de una mañana larga, rodeando una a una las nueve islas y de que el sol y el mar atosigaran el paseo familiar, sin que faltara el saludo regocijado de un grupo de delfines, terminamos a buena hora allí. La lancha aparcó en el muelle y mientras nos hacíamos a una mesa, apareció el personaje. Flaco, menudo, simpático, saludaba a todo el mundo como si se tratara de un viejo conocido, así lo viera por primera vez. Parecía muy bien acomodado a su papel de dueño de aquella parcela donde el menú que se ofrecía tenía sus exquisiteces, empezando por el plato de langosta o jaibas y los patacones de guineo, cada uno con sus recetas secretas. El uruguayo bromeaba sin cohibirse, como si la vida fuera una broma, y él así lo hubiera comprendido desde hacía rato. Eso era parte del servicio.

Mientras su mujer, una bogotana que había conocido allí en alguna encarnación pasada, tomaba el pedido, descubrí a un lado del kiosco, lo que creí en un comienzo era un depósito de chatarra pero que al acercarme, curioso, descubrí era mucho más que eso, y algo tan inesperado como encontrar un uruguayo regentando en una isla perdida del Caribe un negocio de pescado.

Un uruguayo, piensa uno, es un europeo de segunda, varado en la pampa inconmensurable, que toma el mate mientras da pie a largas nostalgias; pero éste, con su habla aún más acentuada, consciente de que acá eso tiene su valor en oro, rompía la norma. Como rompía la norma, cualquier norma, toparme de pronto con lo que, si hacemos caso al mandamiento del arte contemporáneo, según el cual la intención vale más que los resultados, este objeto realizado con   deshechos materiales -al paso seguramente del tiempo que sólo deja escombros-, era en últimas una escultura que también delataba intereses artísticos en el personaje. ¿Por qué no?

Estaba a un lado del kiosco central, bajo un almendro, de espaldas a la pequeña playa, y su pieza principal la constituía una herrumbrada motocicleta a cuyo alrededor, sin mayores rigores lógicos, fuera la de acomodarse en lo posible, se encontraban los objetos más disímiles y heterogéneos; un conjunto, que una calavera cruzada por dos puños de espada y un aviso escrito sobre un cartón naranja coronaban, suma compuesta por lámparas, máquinas de escribir, radios, balones desinflados, una cabeza de pirata, hélices rotas, llantas de moto, serruchos, máquinas de coser, frascos de plástico, cocos, etc., el montón de objetos estropeados que ni a al más desvelado surrealista se le hubiera ocurrido considerar.

“S.XX / Lo que el viento nos dejó”, decía el aviso. Y la suma de deshechos, con ese rigor formal de lo que ya no cumple una función, pero testimonio y gratuidad al fin, secreción a la que los días otorgan un nuevo valor -aquél que tú quieras-, no dejaba de inquietar más aún en un sitio como éste donde lo primitivo oprime hasta asfixiar. La verdad, parecía la extravagancia de uno que vino a parar donde menos lo esperaba y que, rindiendo quizá tributo a un viejo interés cancelado, resolvía de esta manera.

Si Picasso, de un manubrio encontrado en un basurero, se inventó  una cabeza de toro, ¿por qué negarle a un espíritu errante que, más allá del mar, puede haber otras cosas que es necesario edificar al lado del plato de pescado o la sopa de tortuga?

En esta ocasión apenas si permanecimos en el lugar. Por lo que se observaba, con sus nuevos kioscos y aposentos construidos, el uruguayo le estaba dando otro carácter a su propiedad, una nueva categoría. En vez de un restaurante, de hecho no había pescado para almorzar, aquella parte de la isla era ahora un sitio de hospedaje para un cierto tipo de visitantes. Los tres o cuatro que observé, desperdigados por ahí, parecían responder a la misma condición: gente solitaria, de buen nivel económico, que prefería el descanso y la lectura a asolearse en una playa atiborrada de gente y animales. Otro tipo pues de cliente, un distinto propósito.

La que esta vez sí parecía haber perdido interés para su dueño, era la “escultura”. Seguía allí como adorno y tótem particular, pero enseguida eché de menos piezas fundamentales de ella, vendidas o regaladas o tiradas al mar, tales como la cabeza de pirata y la calavera con las empuñaduras y quién sabe que otras cosas más que ya no recordaba, y que afectaban su estructura y encanto de objeto kitsch. Era como si la pizca de locura que la sostenía, empezara a perderse y a convertirla en otra cosa, menos en  aquello que la hacía única.

No digo que lo lamenté, pero tampoco lo pasé desapercibido. Aunque sí, creo que sí lo lamenté, ahora que lo pienso. Ahora era como llegar a cualquier lugar.

Un paciente inesperado.

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 Caminaba por la playa cuando descubrí la pequeña ave enterrada en la arena, quién sabe desde cuándo. Al levantarla, me di cuenta que aún estaba viva. Se trataba de un colibrí que –supuse- se había roto un ala o, algo peor, que algún perro vagabundo había sorprendido. Al observarlo de cerca, advertí que se trataba de un polluelo recién emplumado y que lo más cierto era que había caído del nido en la palmera cercana. Le quité la arena de encima y lo acuné en mi mano. Pronto reaccionó, el calor humano le transmitía energías y su pecho aunque con dificultades empezó a levantarse, ya no era la cosa inerte de hacía un momento, ahora luchaba por la vida. Regresé con él a la casa y allí, estirando su larga y diminuta lengua, empezó a beber aguamiel y a reanimarse un poco más. Sin embargo, no podía tenerse en pie y una de las alas la doblaba bajo su cuerpecito. Temí lo peor, que la tuviera quebrada y que en aquel lugar apartado  nada pudiera hacer por él. ¡Qué mala suerte la suya!

Paso algún tiempo en el que deseché cualquier esperanza de recuperación. El colibrí simplemente se moría y era una tristeza ver cómo la respiración se le hacía tortuosa y cómo torcía la cabeza para un lado y otro, sin control. De nuevo lo tomé en mi mano, sorbió un poco de agua, sentí que su cuerpecito se estremecía y lo dejé allí, sobre la mesa, esperando el milagro, mientras atendía otras tareas. Cuando volví, la bestiecita había revivido y aunque tambaleante, lograba sostenerse en pié, y la mejor noticia era que no tenía el ala rota. El agua salada del mar seguramente la había mojado y por eso no podía extenderla. A partir de entonces su recuperación progresó y pronto, incluso, intentó volar, pero aún no era para tanto.

Entonces se lo mostré a los demás, empezando por los niños que pusieron ojos maravillados y quisieron tocarlo. El más impresionado era Miguel Ángel, el más pequeño, que no parecía creerlo y pasó el resto de tarde repitiendo “el pajarito”, la nueva palabra sumada a su breve léxico de pequeño de dos años.

Con las horas, la avecilla se recobró casi por completo, sólo le faltaba un poco para echarse a volar y darnos una alegría mayor. El colibrí era una “esmeraldita”, plumas jaspeadas de verde empezaban a reemplazar el primer plumón y, a diferencia de los de su especie, no se mostraba ni agresivo ni arisco conmigo ni con nadie. No se resistía cuando lo acariciaban o lo colocaban en la palma de la mano.

Vino el anochecer y en la esperanza de que para el día siguiente estaría completamente sano y lo podríamos devolver a la naturaleza, lo coloqué en una caja. Por un momento sentí que la satisfacción y alegría que daba el haberlo podido salvar, eran quizás las mismas que siente el médico al curar a un paciente. Con ese sentimiento, me fui a la cama.

Al otro día, al levantarme, corrí a darle vuelta. Pero con dolor y tristeza, descubrí que había muerto.

“¿Y el pajarito”, preguntó Miguel Ángel cuando bajó a desayunar.

 “Voló”, fue la única respuesta posible que pudimos darle.