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Mes: diciembre, 2013

El Yo y los otros artificios del yo.

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La ocurrencia te llega de golpe: ¿Por qué no inventarte una vida distinta, elegir ser otro? La idea poco tiene que ver con si eres desgraciado o no, pues no se trata de escapar a una circunstancia en particular, sino de un movimiento del alma que busca darse vuelta e intentar otra condición. Eso es claro. Tampoco es la primera vez que te sucede, ni al único, poemas y relatos abundan con el tema: mudar de piel es seguramente una condición del ser. Así, pues, por más acorde que estés con tu suerte, a menos que seas un tonto, la inquietud está ahí, acechando, y urge a cada tanto.

De acontecer -lo imaginas mientras levantas la vista del libro que lees-, empezarías, obvio, por borrarte el nombre, irte a donde nadie sepa quién eres, sumirte en los signos, voces y grafías de otro idioma. Que allí donde vayas, no exista espejo alguno que te cobre tu vieja identidad. Sucede con los mafiosos, cuenta la prensa, a quienes la cirugía les hace el milagro y nadie sabe dónde están y cuál su apariencia ahora: desaparecen simplemente, aunque éste no sería el caso. Ellos lo hacen para escapar de su sombra, bandidos como son, lo tuyo nace de otras necesidades. De intentar, como el dios Proteo, una nueva apariencia, jugarte una suerte distinta.  ¡Cómo si eso fuera posible!

“Sé otro”, te fustiga esa voz interior, que cree saber más de ti que tú mismo, como si la vida que llevas no la satisficiera y los hechos que componen una existencia, su fatalidad de hierro, fueran obra sólo de la voluntad y para ello no obrara el azar, el conjunto de casualidades que moldean también un destino.

El imperativo surgió al cruzarte con esa linda muchacha que te ha hecho saltar el corazón alborozado. La viste salir del bar, un tris quizás más delgada de lo aconsejable, cabello negro en puntas y unos ojos grandes, sonrientes, por donde asomaba perfecta la vida. Un rostro y una figura que movían a la promesa, a la promesa de reinventarte quizás una historia y otra suerte con ella, lejos.

¡Ay, cuántos imposibles, para jodernos, propone la vida! ¡Cuánto ardid y ocasión engañosa!

Ella, ignorante de lo que su presencia despertaba en ti, siguió de largo y alcanzó a su novio que, aparte, la esperaba. Lo más seguro es que nunca la volverás a ver, quedándote sin saber más de ella. El suceso, pues, no pasó de ser una vislumbre.

Para curarse de Beatriz, a quien sólo vio una vez, Dante escribió La Divina Comedia. A ti, pobre mortal, te toca una ofrenda aún más accesible:olvidarla.

 

El silencio y los artefactos.

ImagenImagenImagenMarcianos Óscar Sanmartin.

 

 Es más de medianoche, la ciudad duerme, por lo menos en el sector en que vivo, y el silencio es absoluto, tal como uno quisiera que fuera siempre, algo que hoy no cabe ni pensarlo. Sin embargo, por momentos, a mitad de semana cuando el mundo se suspende, puedes creerlo así y creer también que tan magnífico bien aún existe, precario pero verdadero, y que nada se opone a que lo disfrutes.

Estoy solo en mi apartamento y he logrado extender mi vigilia hasta esas altas horas donde nada se escucha, sumergiéndome en una rara sensación de vacío y plenitud, que debe ser igual a la que siente el buzo en las profundidades o el embrión en el vientre materno.

Nada escucho, nada que perturbe el íntimo fluir del tiempo, que siento casi materializarse, pasar. Entonces advierto el por qué de ciertas palabras, el por qué de su peso y gravedad en el acontecer humano, semejantes a aquellas moles de piedra que sirvieron de base a antiguas fortalezas y templos y que nadie se explica cómo fueron llevadas hasta allí y son lo último que resta de una civilización.

Palabras como alma, amor, espíritu, humanidad, cuya entidad, para medirse como se debe, parece requerir de este silencio, de todo ese silencio que nos falta ahora y que ya no se encuentra en ningún espacio que la modernidad, tan bulliciosa y sorda, ofrece.

Ellas, las palabras, piensa uno, son esa instancia otra de aquellas voces naturales, constitutivas de una armonía primordial y salvaje, cuya escala cromática encierra tanto el aullido del lobo, el canto del ave, el llanto del bebé al nacer, el golpe de la ola, la voz del viento, el crujido de la rama, el ruido de las armas, el trueno, como la desolación de la víctima, la caricia amorosa, la música de las esferas y que hoy, superponiéndose, artefactos de todo tipo con su estridencia mecánica opacan cuando no suprimen, convirtiendo oídos y mente en deformes apéndices por donde extraernos el alma. 

¿A dónde va, cabe preguntarse, una civilización que dice adiós al silencio y por lo tanto al valor y realidad de ciertos vocablos imposibles de desligar del concepto que el hombre ha conseguido establecer de sí mismo? Nadie lo sabe, quizá sea la hora de un nuevo comienzo en el que, deformes y neuróticos, sin un instante para maravillarnos del milagro que encierra nuestro ser, terminemos pareciéndonos, en el dibujo que de nosotros a diario hacemos, a esas ilustraciones entre caricaturescas y monstruosas con las que se representan las criaturas venidas de otros lados y que no son más que el reflejo retorcido de aquello que el humano ha menoscabado o perdido en el camino.

 

La visita de una divinidad inesperada.

 Ibis americano

Entre los egipcios, Dios de la sabiduria y creador de la escritura

Thot. Entre los egipcios, Dios de la sabiduria, creador de la escritura

Son Ibis, al parecer, me escribe Carlos Vidales desde Suecia, acompañando la información con una imagen del ave. Sin poderlo creer, había veinte o treinta de ellos en la zona verde de mi casa, aquélla que da a la parte trasera del convento, ayer en la tarde. En un principio, negros como ellos, los confundí con gallinazos, dándose  el gran banquete con alguno de los conejos que se pasean por allí, muerto por quién sabe qué causa. Pero observando la bandada más detenidamente, advertí sus largos picos con los que hurgaban entre la hierba, las patas de zancudas, el cuerpo estilizado, la manera como se paraban en la copa de los árboles, el vuelo rasante. Tomé fotos de ellas, aquéllas que por lo pronto me posibilitó el zoom de mi pequeña cámara, una magnífica Olimpus, poderosa para los close up y los planos medios pero limitada para los generales. No podían ser gallinazos, esa no era su vulgar tipología, quizás un tipo de garza migratoria de visita por estos lados, concluí.

Las dudas me las resolvió Vidales, entonces pensé en la devoción religiosa que el ibis despertaba en el antiguo Egipto donde, aliado al dios Thot, creador de la escritura, recibía tratos de divinidad, así que la visita, la primera en los años que llevo de vivir en este barrio, no era algo corriente. Era, para hablar en forma metafórica, como si la divinidad hubiera elegido esta tarde lluviosa para hacerse presente, quién sabe con qué mensaje o propósito. Pero no vamos a divagar, aunque el asunto bien puede prestarse para una buena historia.

Pensé también en Ibis, la novela erótica de Vargas Vila, prohibida por la iglesia y que en mi casi adolescencia leí, superándome enseguida el tema del adulterio, y pensé igualmente en Ovidio que tituló a uno de sus libros de igual manera. Pensé y dejé de pensar para eliminar todo referente intelectual de tan particular hecho y centrarme en él y dejarlo a mi inteligencia emocional, como dicen los sicólogos.

Los ibis estuvieron allí alimentándose un rato y, luego, levantándose en bandada, se posaron en la copa de los árboles cercanos. Más tarde volaron sobre el edificio, rumbo al río, ningún Nilo por cierto, y el Jardín Botánico para pasar la noche. Hoy no han vuelto, debieron seguir seguramente su camino al mar y las marismas, a climas más cálidos, y recuperar así sus rutas migratorias, difíciles de recordar con tanto cambio climático.