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Mes: noviembre, 2013

La lencería y el futuro del mundo.

 

Adriana_Lima_lenceria

Sin la lencería, estoy seguro, las mujeres no sólo lucirían en la intimidad menos hermosas y provocativas, sino que la especie humana se hubiera estancado en sus imperiosas labores procreativas. Hoy seríamos menos y en consecuencia el planeta no estaría a punto de reventar, como se teme,  excedido por las estadísticas.

Hasta cuando imperaron el miriñaque, los corpiños y los bombachos, el núcleo poblacional se mantuvo  en una cifra que no constituía una amenaza ni ponía en riesgo la suerte de la especie; cualquier variación al respecto la resolvían enseguida la guerra, las pestes, las tiranías, el crimen y los leones en el circo.

El sexo respondía, pues, a los rigores de una media matemática que sólo el pecado, antiguo y eficaz afrodisíaco, rompía.

Entonces apareció la lencería, invención moderna, que transformó a la mujer, eliminados tapujos y prejuicios, en ofrenda exquisita, en deleite elevado ahora al mayor de los logaritmos. Y la superpoblación se desbordó por todos lados.

Envestido en sedas y encajes, sirviéndose de colores, tonos y diseños cada vez más atrevidos y sensuales, surgía al fin, poderoso, el oscuro objeto del deseo, y ya fue imposible volverse atrás. El placer empezaba prácticamente allí donde al quitarse lo uno, aparecía lo otro. ¿Cómo renunciar a conquista semejante?

Y ahí vamos, sin querer escapar al peligro y multiplicándonos como sapos, conejos, liendres y miserias, atosigando a la existencia de males aún mayores. Se pensaría que de poco sirve plantearnos ya el asunto, que éste es caso perdido.

El remedio, sin embargo, sin renunciar a conquista alguna, por fuera de la píldora que a muchas engorda y hace daño, quizá lo esté ofreciendo ahora otro invento moderno: El sexo por internet. Sí, allí, en esa otra alcoba casera, donde todo puede pasar sin que pase nada, se me ocurre, está la solución. Allí, donde respondiendo a las urgencias y terciopelos de la tentación, una dama puede lucir lo mejor de su ajuar, mientras al otro lado de la pantalla, alguien observa, incontinente, cómo se quita ligueros, medias, sostenes y bragas, sin comprometer para nada, cualquiera sean los excesos,  el futuro de la especie.

Ésta, claro, es apenas una teoría.

Toca esperar qué decreta el tiempo.

 

 

8.10.013.

 

La Horda

Horda 2.

La mañana del domingo sigue siendo la mejor hora para salir a caminar, las calles están vacías, el sol cosquillea y como los perros aún no sacan a sus amos a pasear, las aves aparecen por todos lados. Reconozco canarios, afrecheros, tórtolas, pinches, hasta una pareja de gavilanes que chilla en el cielo sin mayores propósitos que agregar una nota jubilosa a lo ya existente.

Se diría que en esta tersa y sosegada mañana, tan diferente a las otras de la semana, los pulmones (lo que resta de ellos), aspiran al fin un aire sin olor a kerosene, redoblando las energías y ayudando al pensamiento a encontrar sentido en todo, incluso en lo que ya carece de sentido como es la vida en la gran ciudad, ese hormiguero de mierda en que el progreso o la historia la han convertido.

Camino sin mucho plan y esforzándome apenas. Como calles y avenidas están desiertas, me meto por cualquiera y por cualquiera doy vuelta, deteniéndome a ratos a mirar las viejas fachadas o las flores en los antejardines, sin que ningún afán me adelante o me lleve a donde no quiero ir. Recuerdo entonces que, de niño, la pequeña ciudad, bella como el mapa de un lugar utópico,  a todos ofrecía este placer cualquiera fuera el día o el momento, llenando la sangre de un burbujeo y un incontrolable anhelo, que era como la noticia anticipada, la gran promesa en todo caso, que  la vida entregaba a todos por el simple hecho de vivir.

Después esa ilusión se perdería en el tráfago y desarrollo de una urbe que la ambición y estupidez ciudadana, la falta de amor y el crimen, convirtieron en un ala podrida del infierno. No amo a mi ciudad porque nadie ama los caños o basureros, aunque en días como hoy, por momentos, contradiciendo mis principios filosóficos -que son ninguno-, al improvisarme de paseante y echar a un lado prejuicios y prevenciones, pareciera lo contrario.

Así camino feliz durante un largo rato y me entretengo mirando las plantas y árboles que franquean las calles: un achiote sobreviviente cubierto de frutos colorados, las palmas de corozo, los San Joaquines de flores amarillas y granates, los tulipanes africanos. Mis pasos me llevan hasta el viaducto y allí, en cercanías de la Unidad Deportiva, de pronto, como si me esperara, descubro la pelambre humana, aquélla que no se pasea, sino que trota, suda y galopa porque alguien le ha dicho que el ejercicio da belleza y vuelve eternos a sus angustiados practicantes.

¡Ay, Dios!, me digo, ¿y si, en un acto de amor, enviaras uno de tus rayos memorables sobre ella y la hicieras recapacitar? Si de repente, sábelo, se produjera el milagro, quizás yo volvería a creer en ti. Para entonces el sol, todo oídos, empieza a caer a plomo, el tráfico aumenta, aumentan la mugre,el ruido, las feas voces humanas, como si en algún lugar se hubieran abierto las compuertas, atropellando de mala manera cualquier sentimiento generoso que hayas podido acunar, y ya nada hay que hacer.

Cuando crees que has llegado al límite, te cruzas, sin embargo, con un anticipo del final de los siglos. En la carrera 70, en frente de uno de los hoteluchos, un autobús se detiene. Está lleno de hinchas que vociferan y agitan banderas porque esta tarde, ahí a la vuelta, en el estadio, juega su equipo del alma. Salieron anoche de Manizales y ahora que han llegado a la ciudad, quieren hacérselo saber a todo el mundo. Descienden, atropellándose, y se apeñuscan en la acera, extendiendo una enorme pancarta en la que, en letras gigantes, se lee: “somos los de siempre” y, sin importarles que a estas horas, aún el más infeliz aspira a un poco de sosiego, empiezan a gritar y a saltar al ritmo de un tambor que uno de ellos golpea con ritmo cada vez más frenético.

En su tiempo Rousseau se quejaba del escaso silencio y lo ruidosa que se había vuelto Paris con los coches de caballos que cruzaban enfrente de su casa, algo que lo hacía muy desdichado. No podía adivinar, por supuesto, lo que esto llegaría a significar en el siglo XXI, cuando las hordas, feroces y ciegas, con su tam-tam bárbaro, arrasan con lo que un día buenamente se llamó la Civilización.

 

 

 

 

La vida breve y los textos laaargos.

manuscrito      En mi trajín con revistas y publicaciones, actividad que me ha dado muchas satisfacciones pero jamás dinero, se encuentra uno con situaciones nada fáciles de manejar, así se repitan una y otra vez, y como no tienen solución, se terminan por aceptar con ánimo resignado. Lo que es un decir.

Hablo de aquellos colaboradores a los que les es más fácil escribir treinta o cuarenta cuartillas en lugar de cinco o seis bien pensadas y mejor escritas sobre un asunto que ni a ellos, ni a los lectores, le sería indiferente.

¿Qué tratan de demostrar con esto? Cualquiera sea la pretensión, y los escritores en esto no son avaros, aceptando incluso que ninguna de sus páginas sobre, manifiestan una pérdida de norte bastante seria. Se olvidan que los tiempos cambian y que la brevedad de los presentes en poco recuerda la eternidad de los días, digamos, de la Edad Media, que permitían sentarse a escribir en buen latín una Summa Teológica que, incluso, alcanzaba para leerla.

El lector disponía del tiempo a su amaño y el escritor entendía que lo suyo era educarlo y distraerlo, contando con el mayor espacio posible, además porque, a diferencia de hoy, no había mucho que hacer.

Esto podía afirmarse hasta hace muy poco, cuando la velocidad y avalancha de sucesos, creados por la televisión y las nuevas técnicas digitales, aún no establecían su dominio. Cuando hay tantas y diversas cosas y todo sucede tan fugazmente, agregándose cada día un nuevo asunto a otro, otro modelo de Smartphone, por ejemplo, con el cual puedes, a distancia, no sólo abrir la nevera de tu casa o mirar la más reciente foto de la tierra y la luna desde Saturno, comprobando cuán insignificantes somos en la escala del universo, sino mirar en youtube tu film preferido o seguir los informes de la bolsa de New York, sin perderte el partido del Barcelona. Cuando, vuelto el mundo un continuo espectáculo y a la vez el más insólito almacén, ante tanta oferta y tentación, ¿cómo puede pensarse que alguien pueda detenerse a leer un escrito de cincuenta páginas como en aquellas épocas en las que se podían rumiar porque no había otra manera de robar al tiempo el tiempo? 

Esto es lo que parece ignorar el colaborador que, con afanes de inmortalidad, me entrega un artículo incontinente sobre un tema tan díscolo y desdichado como el número de veces que aparece la palabra puñal en el Cancionero Antioqueño. Alguien tendrá que decirle al distinguido plumífero que, para su mal y quizás el nuestro, la tendencia la establece ahora Twitter, la summa teológica de la ociosidad aforística, el monstruo gelatinoso que la época ha creado para hacerte saber que de poco sirve lo que sabes y escribes, pues todo se lo traga, sin devolverlo, su intestino grueso, y que el resto, lo demás, lo que queda afuera, vale menos.

Que no cuente conmigo.

 

Del por qué de mi malestar con los perros.

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De un momento a otro el lugar donde vivo se ha llenado de mascotas, perros de todo tipo que se parecen a sus dueños y dueños que los llaman como si fueran sus prójimos: Matías, Mateo, Estrellita, Adolfo, Ramón. En un principio pensé que se referían a sus hijos o amantes, tan melosa era la forma, pero no, enseguida me sacó del error que estos respondieran con correteos, lambisqueo y ladridos insanos.

Ignoro si los teóricos modernos se han detenido a examinar y quizá a explicar la causa de por qué una bestia que cumplía un papel muy claro dentro de la escena humana, noble de suyo, se haya convertido de pronto en un juguete monstruoso que ha terminado por domesticar aún más a su amo. Da la impresión de que verdaderamente la mascota es él.

A diario lo corroboro con la operática mujer del noveno piso a quien oigo –soy un testigo involuntario de sus andantes con moto-, cuando baja con él y le suelta, piso a piso, avergonzada y suplicante, tal cantidad de promesas y juramentos, que si no fuera porque la conozco y sé de su soledad, pensaría que al fin, después de lidiar años y años, ha encontrado al granuja con el que ha soñado y la hará feliz para siempre. Pero no, por supuesto que no, se trata del bicho, un bulldog de malas pulgas que odia a sus congéneres y arma cada vez que le da la gana, imponiendo su bastardía, un tropel tal que convierte el otrora sosegado lugar en la perrera municipal.

Perros hay de toda clase y están los dueños y las entidades  que cuidan y velan por ellos, clubes que edades pasadas no conocieron y que hoy, aficionadas a proteger especie tan antipática y rijosa, vuelta una amenaza como la humana, son la clara señal de que el fin se acerca.

P.d.

Estos días escuché en la W, cómo “la mesa de trabajo”, haciendo de la tontería categoría universal, prácticamente se derretía ante la belleza, decían, del nombre Jacobo como nombre de perro. Lejos, pues, quedaron  aquellos días en que un perro tenía nombre de perro y Argos, Flush, Cipión, Bendicó o Berganza, para no salirnos de la literatura, eran no sólo nombres preciosos, únicos, sino que evitaban por principio cualquier similitud humana. ¡Tiempos en que las distancias se conservaban y aún no reinaba la confusión que ahora alcanza, incluso, al sexo mismo.