restrepoelkin

Crónicas Breves. Dibujos.This WordPress.com site is the cat’s pajamas

Mes: octubre, 2013

La lengua filuda.

 Cada que se celebra un congreso de la Lengua, se alborota el avispero. No mucho últimamente, empezando porque entre el exceso de noticias, la suya ha terminado por ser una más. ¿Alguien recuerda que el más reciente se realizó en Panamá con la asistencia de los más adustos emplumados de aquí y allá? Es una exageración afirmarlo, pero sus asistentes apenas obtuvieron un interés público, aunque esto en poco –es de presumir-, les impidió disfrutar, como invitados, de la vida obsequiosa que semejantes eventos generan. Si estuvieron allí, como hace tres, seis o nueve años en otros lugares, es para que, si algo sucede, no suceda nada, pues se trata de una discusión de entendidos que al idioma, siempre de buena salud, apenas toca.

Y es que al lenguaje, tan vivo en las calles y poco dócil a las reglas y autoridad, ¿en qué le van las preocupaciones y pesadillas que acerca de su condición manifiestan unos encopetados señores, denominados académicos?  Sé que allí también acuden escritores, en este caso por lo visto, miembros de órdenes menores, pues sus nombres no sonaron familiares ni hicieron saltar lo titulares de los periódicos.

La idea de una Academia o congreso encargados de que las palabras no se salgan de cause y en pulirlas y darles esplendor, es por lo menos una idea extraña en nuestros días; días en los que, ¿quién lo pone en duda?, ninguna autoridad puede arrogarse muchos derechos sobre el asunto que sea, menos aún aquélla que, allá, cuando el imperio cumplía también tareas, ¿cómo decirlo?, de “evangelización”, pues, como se sabe, detrás de las palabras, se mete Dios o el Rey, o ambos a la vez.

Bueno, digamos que en aquel entonces, porque hoy día el español, tan vigoroso y caótico, pese a los esfuerzos de imponerle controles nostálgicos, poca gracia le hace arrastrar detrás suyo, detrás de sus diccionarios y minutas, al Sr. Rajoy, un mero fisgón de ruinas.

En una ocasión pasada, atrapado por todo tipo de mecánicas de seda, nuestro Nobel propuso eliminar la ñ y ahora, en su último libro, coincidiendo con la magna fecha que se cumplía en Panamá, Fernando Vallejo propone eliminar ocho letras del alfabeto e introducir tres nuevas, todas con K, porque las palabras deben escribirse como suenan y la k nos pertenece como griegos que también somos.

No voy a entrar en la discusión, me limito sólo a señalar cómo cierto afán gramatiquero aflora cuando menos se espera: manes de una condición criolla heredada de aquellas épocas de manuntenidos que todavía hoy, por cavilaciones de este tipo –es de suponer-, se nos califica sin mayores responsabilidades de que hablamos el mejor español de América con sólo abrir la boca. ¡Ja!

Las nubes

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERA

   “- ¿Qué amas tú, extraordinario extranjero?

       Amo las nubes…las nubes que pasan…allá…¡ las maravillosas nubes!”

Charles Baudelaire.

Ayer me di cuenta que hacía tiempos miraba las nubes, pero no las veía. Y me di cuenta porque… de repente las vi. Cruzaban del este al oeste el valle de San Nicolás, sin premura, como un rebaño que ya conoce su camino. Un rebaño no sabía de qué porque sus formas eran caprichosas, poco realistas, y no se transaban por lo que habitualmente uno imagina ver en ellas: cabezas, castillos, dragones, rinocerontes, mujeres desnudas. En absoluto. Éstas eran nubes de otro tipo, que no hacían caso al repertorio usual, mostrando sin mayores teologías, hasta dónde son una fantasía divina.

Eso eran, dueñas de su parecer, sin que en su condición necesitaran del concepto o necedad humana, que al nombrarlas de un modo u otro, pretende  hacerlas parte de una aventura a escala menor.

Desde la terraza de mi casa, con un sobresalto del corazón, las observaba ir y, en medida que la tarde se ahondaba, mudarse del color blanco al gris perla y de éste a un amarillo llameante capaz de encender el cielo entero.

Entonces, espectador y beneficiario de tan extraordinario espectáculo, me dio en pensar en la poesía colombiana y en el lugar que las nubes ocupan en ésta, y no recordé un solo poema verdadero que hablara de ellas.

¿Será así? ¿Será que sólo damos para el dolor y la tristeza y nunca alzamos los ojos al cielo? Aristófanes dio el nombre de ellas a una de sus obras y Baudelaire, el sifilítico, el paseante de todas horas, las celebró en sus versos donde aún siguen, inmortales, su deslumbrante rumbo.

Tomé la cámara y la activé a sabiendas de que la fotografía es apenas un calco de la realidad -como un calco es la traducción respecto al texto original-, buscando congelar aquel instante, no perderlo de vista, y volver a él después, cuando de las nubes no tuviera nada que decir y ellas entonces lo dijeran todo.

 

Un pirata en mi casa.

Imagen

Mi mujer no quiere animales en casa y esgrime razones que terminé aceptando porque nadie contraría con éxito a una mujer que tiene la razón. Así que sin perros ni gatos y menos hámster, pericos o loras ha transcurrido nuestra vida matrimonial que, sin embargo, ya empieza a echar de menos ciertas ausencias en el engranaje y los mecanismos de todas esas cosas que componen la existencia. Quizás ésta sea la causa de por qué en las últimas semanas lo que antes era imposible empiece a mostrar ahora un resquicio de luz. Algo que por lo pronto puedo llamar tolerancia o indulgencia respecto a asuntos otroora difíciles de digerir. En este caso fue la aparición en el porche de nuestra casa de Fantomas, el frenchpoodle blanco, lugar donde al parecer ha dormido siempre.

Recuerdo la mañana en que al descubrirme detrás de la puerta vidriera, se escapó enseguida, consciente de su condición de intruso. Había aprovechado el mullido tapete de la entrada para echarse allí y guarecerse de la noche, cosa que seguiría haciendo en adelante, escurriéndose al jardín, a la menor señal en el interior de la casa. Fue lo que comprobé una y otra vez sin que su conducta, bastante astuta, despertara por lo pronto una inquietud mayor, creándose a la larga una suerte de pacto. Él haría uso del porche y el tapete en las noches y nosotros nos haríamos los de la vista gorda. Dado el poco interés por su humanidad, se le hacía saber también que, al no considerarlo nuestro perro, un poco de caridad no significaba que arrastráramos otras obligaciones con él. Si acudía allí, lo hacía como un vagabundo acude a un portal cualquiera, eso estaba claro.

Esto duró algún tiempo, hasta que mi mujer, atraída por la pinta de pillo socarrón y travieso, le alargó la mano. Craso error porque Fantomás, el único nombre que parecía cuadrarle, sólo esperaba una debilidad semejante para dejar caer la máscara y mostrarse tal cual es. Sí, como el más descarado, cínico y exigente de los seres, una bestia capaz de gruñirte porque al cocido le falta fuego, algo que no se compadecía ni con su tamaño, ni con sus ladridos y alertas de guardián afónico, tan inoperantes y risibles como las de un juguete de cuerda.

La verdad, daba rabia y risa a la vez verlo forcejear en un papel  inventado sólo para sortear las dificultades de la sobrevivencia, algo que, sin detenerse a pensarlo, consideraba además como un favor que nos hacía.

Sucio, desgarbado, sinvergüenza, el mayor de los pícaros, a Fantomás han terminado por cerrársele las puertas de la casa, porche incluido, por una razón además previsible, ahora que su gracia y disimulo no nos lleva a mover un dedo por él: de aparecer un ladrón en nuestros predios es seguro que por unas migas se aliaría con él. Es una presunción pero de esa madera está hecho. Y lo mejor es no dar tiro.

 

1.10.013

  

Alice Munro

Alice Munro. Foto.

Alice Munro gana el Nóbel.

 

 

De Alice Munro conozco dos o tres libros: Las lunas de Júpiter, Secreto a voces y El progreso del amor, los que he podido conseguir. Llegué a ella por alguna entrevista y un comentario crítico aparecidos en la prensa española. No tenía noticias de ella pero a fines de año pasado, intentando escapar a los fulgores festivos de diciembre, un mes más cruel que abril, -de paso sería bueno saber por qué a Eliot abril le merecía tal calificativo- aprovechando un rincón del hermoso jardín de Fizebad, en el Retiro, donde había sido invitado, empecé a leer Las lunas de Júpiter y ya no me detuve.

Sus cuentos tan cercanos a la vida -que a la estupidez periodística le ha servido para llamarla “el Chéjov canadiense”-, así se centren en el paisaje y los personajes de una realidad rústica y difícil, como puede ser la rural, lejana de los grandes centros urbanos, a la que va llegando el progreso, a la Munro no la inquieta que la actual literatura gire por otros lados, y ningún lector suyo tomaría esto como una limitación: ella, para utilizar viejas categorías, es tan universal como el más cosmopolita de los autores, con la ventaja de que el lector pronto llega a una conclusión incuestionable: que, tal como ella cuenta las cosas, con esa agudeza, fuerza descriptiva, humor y picardía y, en últimas, una comprensión sonreída del asunto humano, cualquiera que él sea, es porque así es la vida, y que para hacerlo, Munro, con sus dotes magníficas de narradora, no ha tenido que salir de su parcela: algún pueblo perdido del Canadá donde coinciden lo primitivo y lo civilizado moldeando en su dinámica la vida de todos.

Veo sus fotografías y me parece que la definen muy bien: de alguna manera bella, elegante pero sin sofisticamientos y una sencillez que rinde tributo a la vida. Ella es como sus relatos: detrás de su naturalidad y, digamos, opacidad al centrarse en unas existencias corrientes en apariencia, corre con fluidez la compleja, maravillosa, hermosa vida, invitándonos, eso sí, a una  complicidad, a una dicha, la verdadera, amasada con una pizca de locura.

Como escribió alguien en Facebook, uno se casaría con ella sin dudarlo un instante.

Arribando al planeta Duchamp

ImageImageImageImageImage

A cualquier objeto por fuera de su ámbito o utilidad corriente, los surrealistas lo llamaron objet trouve: objeto encontrado; a partir de entonces el arte se enriqueció con todo lo que sin serlo en su origen, cambiaba de naturaleza por un guiño o gesto del artista. Bastaba negarles sus funciones habituales para que resplandecieran, ahora sí, en su condición ultraterrestre. En esto consistía el milagro.

Una idea genial que, por un lado, dio lugar a obras reconocidas en la historia del arte contemporáneo y, por el otro, se prestó a la más insulsa charlatanería que todavía hoy llena de copiosa basura los salones artísticos y museos.

La apreciación surge porque, sin esperarlo, en el más puro espíritu Duchamp, encontré en un parqueadero ubicado en las afueras unas cuantas entidades puestas allí, cumplido su papel industrial, para no estorbar y que hoy, por decisión soberana, nombro mis ready-made, mis primeras esculturas tamaño Richard Serrá, aspirando, como todo artista, a un reconocimiento y a llenar de oro la bolsa.

Yo que descreo de cualquier orinal expuesto, así sea en el MOMA, heme acá, pues, actuando en parecido trance, esquivando llamar las cosas por su nombre. Pero es que al verlas, no se me ha ocurrido otra idea. Ayudó que el día estaba luminoso y que el lugar lo ocuparan apenas dos o tres automóviles y que los objetos, relegados en un extremo, entre árboles, dueños de tanto espacio, parecieran cobrar una vida de la que sólo el arte puede dar noticia con conceptos modernos.

Pensé, en un primer momento, arrobado por la visión, en tótems surgidos de desechos metálicos, en cohetes espaciales, en maquinaria estrafalaria que ya no obedece a sus operarios, en  pedazos de materia celeste caída y fijada a la tierra por razones de gravedad. ¡Qué no pensé!

Recordé los principios surrealistas y obré en consecuencia. Me acerqué cámara en mano, caminé a su alrededor, toqué su materia incorruptible, medí su altura, contemplé su repentina belleza y tomé posesión de ellos al declararlos objets trouves, mis primeros objetos encontrados que sacramentalmente me convierten en un artista. Como prueba están las siguientes fotos.

 (Fotografías Klein 013).

30.09.013