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El nunca bien explicado combate de los fans con sus fantasmas.

 

 

Me había sucedido antes, y ahora tardé en darme cuenta de que se trataba del mismo episodio que se repetía con apenas un cambio de escenario y un personaje, ya más viejo, que tampoco parecía ser el mismo. Quizás fuera esto lo que en un principio me desconcertó.

Eran las nueve de la noche y esperaba un taxi en Suramericana después de la reunión del Club de Lectura, dedicada ese martes a Siete cuentos morales de Coetzee. Allí casi siempre hay taxis a la espera pero ese día el lugar estaba vacío y pasaba el tiempo sin aparecer alguno. Me acompañaba N., una de las socias del club, y prolongábamos las inquietudes que la conversación sobre el autor surafricano había suscitado en todos.

De pronto, surgido del parque adyacente, apareció una persona que en lugar de la acera buscó la calle y al pasar frente a nosotros, guardando una prudente distancia, primero en un tono casual, como si se tratara de un saludo de reconocimiento -a veces a quienes escribimos nos sucede-, y luego en un tono cada vez más agresivo, alimentado quizá por mi actitud pasiva, de “mira otro loco más”, empezó a gritar Rimbaud, Baudelaire, nombres de poetas con los cuales, era claro, quería ofenderme, pues yo no escribía como ellos, que era lo que quería decirme. ¿Pero quién escribe como ellos? Vaya insulto.

Entonces me acordé.

Dos o tres años atrás, mientras  conversaba con unas amigas, sentado en un bar de Carlos E., un individuo se acercó a la mesa y después de preguntarme si yo era el poeta tal, a mi respuesta, retrocedió unos metros y desde allí, empezó su misma retahíla de ahora.

Aquella vez, como si cumpliera con un largo y acariciado cometido, agitado, la baba empezó a correrle por la comisura de los labios y los ojos, salidos de órbita, pequeños y malvados, se le fueron poniendo rojos y como si jugara a ser un demonio, Calibán al menos, me gritaba que poetas eran Rimbaud y Baudelaire, dándome a entender, bueno, que lo mío -escribir poesía-, cómo se me ocurría, que aquellos sí eran verdaderos poetas.

Aunque al principio, me cabreé, la ciudad no es nada fácil y hay que cuidarse de riesgos, pronto me di cuenta que la situación era tan absurda que lo mejor era no hacerle caso y aceptar que en Colombia la crítica literaria tiene sus particularidades.

El individuo, a quien jamás había visto en mi vida, siguió en su diatriba descalificadora, sumando cada vez más gruesos epítetos, hasta que el dueño del bar, ajeno a estos líos de la poesía pero irritado por estar molestando a la clientela, correteó al energúmeno hasta verlo desaparecer de vista.

Y ahí estaba de nuevo ahora,  este martes de junio, aplicado a la vacua labor, como si no hubiera otras más satisfactorias, de atacar verbalmente a quien, gajes del oficio, no es como quién él quisiera que fuera, como si de eso se tratara.

Si apareció una segunda vez- reflexiono-, nada quita que no lo vuelva a hacer mañana, y así, para mi disgusto, mientras la vida se alargue. Piezas ambos de esa compleja mecánica que gobierna el asunto humano, algo por cierto imposible de desatar, quizás resulte que él simplemente sea mi karma y que, solo porque escribo poemas, ahí lo tendré para siempre, gritándome cosas por no responder yo en su criterio al arquetipo del poeta, ni haber estado por supuesto en Abisinia o cultivado la sífilis.

Ah, pero esta vez, para no darme un respiro, fue hasta el límite: a los dos anteriores, con furia maníaca, ahora agregó otro nombre más. Tampoco yo era como como Pessoa.

¡Pobre de mí!

 

Pd. A Rimbaud puedo al menos dibujarlo.

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El metro y una alusión a Mad Max.

 

De unas semanas acá, viajo en el Metro en vista de que no existe otro modo de cruzar la ciudad sin neurotizarte en el intento. No que no lo hubiera hecho antes, sólo que ahora lo hago casi a diario. ¿Qué sería de Medellín, la horrible, sin este medio de transporte culto, limpio, rápido y democrático? Lo tomo en San Javier y en veinte minutos estoy en la Universidad con el ánimo aún completo y resoplando como un animal mitológico, la única manera de sobrevivir en un lugar donde los vehículos ocupan todo espacio y, sumados a la contaminación, la incivilidad y el crimen, constituyen el NO futuro que nos espera a sus ciudadanos. No me hago muchas ilusiones al respecto. El infierno teológico de viejas Biblias lo estamos viviendo ahora sin darnos cuenta. Ése que, aglutinado por la urbe, a vuelo de pájaro advertimos desde la altura de sus trayectos y vagones.

Desordenada, fea, a medio hacer o deshacer, Medellín no es lugar para ensoñaciones y, por ende, abrigar un sentido amable de la vida. A menos que se vaya en contravía.

Y lo que mejor lo ilustra es su nombre bastardiado una y otra vez, reflejando lo que para el lenguaje y las cosas trajo y trae el narco. La insulsa ramplonería.

Pero, bueno, existe el Metro, producto del “espíritu paisa” -el mismo que en otras edades construyó su mayor épica-, tan previsivo y moderno que deberían alquilarlo por metros y tramos para irse uno a vivir allí, en lugar de montaña arriba.

Cuando lo utilizo, tomo fotos de su adentro y afuera, de usuarios, atuendos, espacios y horizonte, ignoro por qué (no soy fotógrafo), quizás porque, ahora que lo pienso,  y como aquellos refugios antiaéreos durante la guerra que a Calder le sirvieron para testimoniar con sus dibujos el dramatismo del momento, a mí me anima a fijar las imágenes del último -uno de los postreros- lugares civilizados que nos quedan antes de que Medellín termine por convertirse en un pos-paisaje, estilo Mad Max.

Y saber que aquí he pasado mi vida y, ¿cómo no decir que la amo?

 

 

 

Gatos.

A diferencia de otros

nunca he tenido gatos

que acompañen mi existencia,

ajeno como soy

a familiaridad alguna

con miembros de otras especies.

 

Con mi propia soledad, basta,

me digo, de manera práctica.

 

En ocasiones, sin embargo,

me descubro escribiendo sobre ellos,

no a la manera platónica,

aferrado a un arquetipo,

sino coloquialmente, como si uno de ellos

hubiera saltado sobre mis piernas

y se me ofreciera como inesperado

presente de la vida.

 

Ahora, en eso no hay engaño, escribo

porque también fantaseo

y al fantasear los temas se suceden

unos a otros,

trátese de gatos o dragones.

 

Aunque al final

termina imponiéndose la realidad.

 

Una vez -que recuerde-, exhibían en una vitrina

del Museo Nacional una momia

egipcia de gato, junto a otras

de sacerdotes y altos funcionarios

de aquellas dinastías. No me hizo gracia

ese pellejo envuelto en lino deshilachado

que ya nada significaba

y que los siglos, como amo cruel, habían arruinado.

 

Así que pasé de largo.

Sin embargo,

al asomarme hoy al balcón

para saber qué tiempo me esperaba,

descubro en la ventana de enfrente

al gato de los vecinos,

gentes que no se dejan ver,

venidas quién sabe de dónde,

cuya única prueba de existencia

la constituye la pequeña bestia.

 

Negro y blanco, el pelaje brillante,

hermoso como un soneto de Baudelaire,

me atrevo a decir,

olvidado temporalmente

de contradicciones y reticencias.

 

Lo observo.

 

Ajeno a todo asunto humano,

como una deidad de piedra,

permanece allí horas enteras,

sin que haga mella en él

circunstancia alguna.

 

Ni el aire frío o el calor,

el bullicio o el azar.

 

Nada lo mosquea,

ningún sentimiento de mortalidad

altera su inhumana quietud.

 

Y en esto se van las horas, el día.

 

El tiempo que, impávido –no hay que decirlo-,

a todo sobrepasa y momifica.

De nuevo, ¿cómo antes?

He vuelto a ver mariposas, acá, en este pequeño jardín de suburbio,en número que en años no veía. ¿Qué explica ahora que estén por todas partes, enjoyando el jardín doméstico, cuando todo en la ciudad conspira en su contra, desde el aire envenenado hasta una vegetación empobrecida y espinosa? No lo sé, pero ahí están, de todo tipo, tamaño y color,y seguirlas en su vuelo (¿qué velocidad alcanzan? ¿alguien lo sabe? ¿quizás mi amiga Ana María lo sepa o lo adivine?) o cuando se posan en una flor o en pareja inician sus delicados rituales amorosos, es como darle al milagro, aquel que nos llena de gratuidad y belleza, un lugar en nuestra ordinaria manera de llevar las cosas.

Un pronóstico.

Ayer esperaba mi turno en el banco cuando un nuevo cliente se sentó también a la espera con su ficho en la mano. Me pareció conocido, de haberlo visto en algún lado, y una mirada más detallada casi me lo confirmó. Dudé en preguntárselo pero, después de pensarlo mejor, me decidí.
-¿Eres Cochice, cierto?
– ¡Siii!, respondió con un ligero sobresalto.
-Fuimos compañeros en la escuela Alfonso López, allá en Manrique. Nuestra profesora de segundo Primaria era la señorita Candelaria Sosa, ¿te acuerdas?
-Sí, sí, me responde, aunque no le pasa por la cabeza quién sea yo, pero intenta recordar dos o tres nombres de sus maestros de aquel entonces: Luis Carlos (olvida el apellido: Álvarez) y don Avendaño…Manuel, le completo. En fin, apenas una manera de saludarlo y en tono casual hablar de Manrique, nuestro barrio de aquel entonces y de otros dos ciclistas, compañeros suyos, también de allí: El ñato Suárez y Camachín Maya y, por supuesto del Tour.
-Camachín murió en Supía, me dice. ¡Todo se va en un momento!, concluye, en tono resignado, a la manera de los filósofos.
El turno en el banco se hace eterno y los otros clientes a la espera, al reconocerlo también, paran la oreja. Cochise, aunque se muestra amable, conserva cierta prevención, la que tienen los viejos (somos de la mima edad) con los desconocidos. Quizás tampoco le haga mucha gracia, atento y apurado como está -ya casi son las doce del mediodía-, a que aparezca el número de su ficho en el tablero, hablar con el primero que se le acerca. Pero insisto. ¿Cómo no aprovechar la ocasión?
-¿Te parece bien planeado el trayecto de este tours, los cambios introducidos? –Sí, no duda en responderme. No todo puede ser subida, montaña; además es muy duro. En una de esas pruebas, perdí ocho kilos, ¿sabes lo que es eso para un ciclista? Acá se alternan muy bien el ascenso y el plano, la velocidad. Está perfecto.
-¿Y juntos el Giro y el Tour para Nairo, ¿no es demasiado? ¿Su físico si le da para tanto?
– Nairo mide 1.50 mts, y con la mano me indica su baja estatura. Muy duro para él.
– ¿Por qué aceptar correrlos, entonces? Supongo que quien mejor sabe de sus capacidades sea él y su manager.
– Ahí el que manda es el dueño de la marca. Él decide.
-Y lo de Rigo, ¿qué te parece?
-Rigo es un gran ciclista y está en muy buena forma. Bueno en el ascenso, en el llano y remata muy bien.
-¿Será que nos da la sorpresa?
– ¡Estoy seguro, lo veo muy bien! Puede, claro, ¿por qué dudarlo?
-¿Cuál de los actuales corredores te parece el más grande?
– Mouleman.
Aparece el número de mi turno en el tablero y me despido.
-Hasta luego, Martín, un gusto.
Levanta la mano de manera distraída y de nuevo se sumerge en su espera.

Eva y el patio florido.

Tengo una teoría. La rememoración diaria y permanente del paraíso la constituye el jardín casero y él constituye la prueba irrefutable de que, pese a lo que se diga, no lo hemos perdido. Sí, ahí está desde el origen, acompañándonos en nuestra cotidianidad, así no lo veamos o lo veamos de otra manera. Y tiene una guardiana, tan inflexible como cualquier ángel flameante: la mujer.

Siempre me he preguntado qué explica que la mujer, cualquiera sea su condición, le baste con tomar un puñado de tierra para que lo árido o simplemente inexistente se convierta en algo bello y encantado, y tenga poder para que plantas y flores crezcan y luzcan y, muy pronto, sobre ellas, revuelen aves e insectos y todo se llene de luz, color y aromas? ¿Qué mandamiento innato, imposible de eludir, sin importar el momento o la circunstancia, la impulsa a cuidar, allí en el íntimo espacio de su casa, una porción de aquel Edén de fábula y del cual, para nuestro mal, se dice, fuimos expulsados? No, el paraíso no existió antes ni hay ángeles de fuego vigilando sus puertas selladas, él está allí, inagotable, adornando y dando sentido al paso de los días, de suyo difíciles y pesados, en aquel rincón donde en un utensilio cualquiera, muchas veces desechable, nuestra madre, tía o hermana, sembró un esqueje y cuidó de él como un filósofo lo hace de sus razones, dando pie a que la naturaleza, esa deidad también necesitada de humanizarse, alargue el misterio de sus resplandores y el hombre goce de un hogar.

Es abril y en el jardín doméstico las plantas y árboles reverdecen y las rosas y orquídeas hacen de este mes, donde hasta los animales se multiplican exaltados y el buen ánimo se redobla, un mes distinto. No el más cruel, como decía T. S. Eliot, sino todo lo contrario. Aquél donde Eva, sin robarle las costillas a nadie, nos indica cómo realmente fueron y son las cosas, y éstas, claro está, distintas a como se dice. Las cosas, allí, en ese florido patio trasero de la casa.

 

27/04/017.

Un héroe y la vida chiquita.

半神

Cuando era muchacho, leí en una página de periódico una noticia que todavía hoy, pasados tantos años, no sólo no he olvidado, sino que me sigue conmoviendo. Según ella, en el barrio Bermejal, al norte de la ciudad, había sucedido un hecho que sorprendió y afectó dolorosamente al vecindario. El sábado anterior, el matón del barrio había dado muerte en una pelea desigual a Eleazar Quevedo, anciano de 75 años que se había atrevido a desafiarlo. La noticia, una más, apenas se detenía en el hecho, alcanzando a informar que el asesino lo apodaban “culebra” y que no pasaba día en que, cuchillo en mano, no dejara de sembrar el terror en el lugar. En el nefasto ejercicio llevaba años y los vecinos acobardados, encerrándose en sus casas, evitaban enfrentarlo. De hecho, “culebra” tenía ya a varios a sus cuestas, sin que la autoridad interviniera para nada. Nadie sabía su nombre, sólo que había estado en la Guerra de Corea, y que la tranquilidad existió hasta que el ex -soldado llegó al barrio. Era una bestia enloquecida, y aquel sábado llegó desafiando a todo el mundo y así lo estuvo haciendo hasta que don Eleázar, cansado con los desmanes y abusos, le salió al quite, convencido de que ya era suficiente y, cómo se lo dijo a una sobrina, él había vivido lo necesario y así estuviera en desventaja, dada la juventud y los antecedentes del villano, no temía enfrentársele. El duelo se dio en media calle y el anciano peleó hasta el fin.

La noticia, si destacaba el hecho, se olvidaba de reconocerle al acto su verdadero valor. Al anciano no lo llama héroe, pasando por alto que, en beneficio de los demás, él sacrificaba su vida y, si dijo que lo hacía porque había vivido lo suficiente, esto no le restaba valor. Por el contrario, le estaba otorgando un significado aún mayor. Además que, por viejo, su decisión no se hacía más fácil.

Pero no hubo quién lo dijera así y, a lo mejor, lo que lo hace aún más ejemplar, el mismo don Eleázar no fuera consciente de las dimensiones de su acto. Actúo porque consideró que era hora de que alguien lo hiciera y eso le correspondía a él.

Hubo un tiempo en el que la literatura, tan distinta a la cínica y consumista de hoy, rendía tributo al valor y al protagonista se le llamaba héroe y su acción ilustraba aquello capaz de dignificar en grado mayor la existencia misma. Las novelas y cuentos de Joseph Conrad son un tratado de ello . Bueno tenerlo en cuenta hoy, no porque en la cotidianidad los héroes falten, sino porque lo noticioso lo iguala todo.

 

Una propuesta para los tiempos venideros.

Tengo una teoría, todavía endeble, ¿pero cuál no lo ha sido en un comienzo?, que he venido craneando estos días santos, que por santos se prestan a todo (como el personaje que sabemos). Miraba la película “Comenzar de nuevo” en la tv, cuando apareció una mujer, Rebecca Hall, actriz inglesa, que cada vez que me la encuentro en un film, se me altera el pulso. No es una belleza que digamos pero tan poco pasa desapercibida. Eso sí es una muy talentosa actriz, y lo que en últimas la hace única, inolvidable siempre, es su boca, tanto que sin pensar en ella, sin el deseo de repasar delicadamente sus labios con un dedo, mi teoría para nada hubiera tenido ocurrencia. No es la boca perfecta de Jessica Chastain, capaz de convertir un sapo en un alucinado, ni la de la Biel, con la que guarda cercanías pulposas, tampoco con la renacentista de la adorable Marion,  solo es la boca que, a diferencia de las demás, acentuando cualquier referente o pie de página erótico, facilita y da razón a mi teoría. Héla aquí, y la digo con el debido temor y descaro de quien acepta todavía andar entre las tinieblas, sabiendo en todo caso que éstas son el alba del futuro: quién creó a la mujer, quizás debió pensar que, como en una buena página, no necesitó decirlo todo, a menos que haya dejado para después, lo que en Rebecca es ya un punto y un aspecto suficientes. Reducir el todo, claro, prescindiendo del sobrante anatómico, a un detalle y en lugar del género tal como lo conocemos, poblar al mundo sólo de bocas, de bocas como la de Rebecca, que con el labio superior levantado, un tris apenas, como quien está al borde de ofrecernos algo mayor, constituyan una vuelta de página a la historia y el nuevo comienzo de toda oportunidad perdida.

Teoría o ilusión, lo cierto es que  tampoco los hombres necesitamos más. Una boca hermosa es suficiente…sin importar los menesteres.

Afilo mis instintos.

 

Hace rato la soledad permanece en el guayabo sin atreverse, tal como lo hacía antes, a volar y comer del plátano, que se le ha colocado en la manga. Las precauciones y miedos seguramente se lo impiden y de nuevo el ave se ha vuelto arisca como cuando comenzó a aparecer en el predio. Y razón no le falta.

Hace unos días encontré en la entrada del garaje las dos hermosas plumas traseras de una de ellas. Pensé erróneamente que quizás las mudaban y como había visto que, con la nueva cría, ya eran tres, a lo mejor eso había sucedido y una de ellas empezaba a lidiar otra vez con el plumaje.

Con estas visitantes había llegado a una suerte de pacto tácito. A diario yo les ofrecería alimento y ellas, muchas veces metiéndose a la casa a reclamar lo suyo, me permitirían gozar, sin aspavientarse, de su irisada, tornasolada, belleza. Porque si hay pájaro hermoso, ¿cuál no?, es éste. De un tamaño mayor a los otros, su plumaje de un color verdiazul y azulverde, imposible en algo que no salga de los hornos de la naturaleza, ni por aproximación me atrevo a describir. No importa, quien lo ha visto lo tiene presente, además porque sus dos largas colas terminadas en abanico y su movimiento pendular, lo facilitan.

Bueno, una tarde encontré las plumas tiradas en el piso y al relacionarlas con sus temores de ahora (esta mañana el plátano permaneció intacto), de pronto vi claro. Recordé que, sumido en tareas protocolarias,  había visto un gato agazapado cerca al lindero. Que ahora, culpable, la bestia huya cuando me ve,  no exige mucha cabeza. El maldito, consagrado a paladear sus instintos, atrapó a una de mis huéspedes, convencida de que la familiaridad y la seguridad hogareñas, no encerraban riesgo alguno.

¡Ah, miserable!, ni por un instante, su fechoría lo llevó a pensar que, para quien cultiva sus instintos, la belleza, esa disquisición superior de la vida, será siempre una presa fácil. Hasta aprovechó que fuera así. Olvidó, sin embargo, que, en el orden de las cosas, a un depredador sigue otro y que hoy me levanté con ánimo avieso. Que se cuide.

 

¿Un poema chino?

 

Abro la ventana del estudio y el aroma me llega de lleno, inesperado. No lo ubico en el jardín y tardo en reconocerlo. Es un aroma muy fuerte, un poco dulzón, que durante la mañana me sigue llegando a intervalos, moviéndome a dejar mis asuntos y a echar una mirada para averiguar qué lo produce. Ya lo había sentido días antes, sólo que de manera más tenue, apenas cayendo en cuenta de él, pero esta mañana de finales de marzo y comienzo de la primavera en otros lados, se hace imposible ignorarlo. Ahí está, rotundo, sobreponiéndose a cualquier otro en este cuidado jardín urbano donde no faltan los árboles ni las aves que tú quieras, dándoles a los instantes de la vida otros motivos y sentidos. Un rincón donde todavía la naturaleza, esa gran maestra, así sea a escala menor, no deja de recordarnos el regalo que es. La brújula que por razón alguna debemos perder.

Me asomo, pues, alargando la cabeza; entonces ahí abajo, cerca a la pared del primer piso, lo descubro. Copado, de perfectas flores blancas y moradas (como un poema chino traducido por Ezra Pound, la única forma en que yo lo imagino), está la razón de que, con todo el riesgo que supone hacerlo en Medellín, cierre los ojos y aspire con profundidad todo ese aroma exhalado de repente. Entonces pienso en el sabor de la magdalena que llevó a Proust a   escribir su gran obra y a preguntarme si existe otra igual en la literatura en el que el olor de una flor haya posibilitado la ocasión de un libro semejante. Yo lo ignoro, aunque nada más propicio para ello que la poesía.

De la noche a la mañana, la Francesina, que hacía un año había enmudecido, siguiendo su propio ritmo, amaneció copada de pétalos orientales, más bella que siempre, y su intenso aroma es la buena noticia que la diferencia de aquellas otras que de desastres, avalanchas y tristezas, trae el día de hoy.