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Eva y el patio florido.

Tengo una teoría. La rememoración diaria y permanente del paraíso la constituye el jardín casero y él constituye la prueba irrefutable de que, pese a lo que se diga, no lo hemos perdido. Sí, ahí está desde el origen, acompañándonos en nuestra cotidianidad, así no lo veamos o lo veamos de otra manera. Y tiene una guardiana, tan inflexible como cualquier ángel flameante: la mujer.

Siempre me he preguntado qué explica que la mujer, cualquiera sea su condición, le baste con tomar un puñado de tierra para que lo árido o simplemente inexistente se convierta en algo bello y encantado, y tenga poder para que plantas y flores crezcan y luzcan y, muy pronto, sobre ellas, revuelen aves e insectos y todo se llene de luz, color y aromas? ¿Qué mandamiento innato, imposible de eludir, sin importar el momento o la circunstancia, la impulsa a cuidar, allí en el íntimo espacio de su casa, una porción de aquel Edén de fábula y del cual, para nuestro mal, se dice, fuimos expulsados? No, el paraíso no existió antes ni hay ángeles de fuego vigilando sus puertas selladas, él está allí, inagotable, adornando y dando sentido al paso de los días, de suyo difíciles y pesados, en aquel rincón donde en un utensilio cualquiera, muchas veces desechable, nuestra madre, tía o hermana, sembró un esqueje y cuidó de él como un filósofo lo hace de sus razones, dando pie a que la naturaleza, esa deidad también necesitada de humanizarse, alargue el misterio de sus resplandores y el hombre goce de un hogar.

Es abril y en el jardín doméstico las plantas y árboles reverdecen y las rosas y orquídeas hacen de este mes, donde hasta los animales se multiplican exaltados y el buen ánimo se redobla, un mes distinto. No el más cruel, como decía T. S. Eliot, sino todo lo contrario. Aquél donde Eva, sin robarle las costillas a nadie, nos indica cómo realmente fueron y son las cosas, y éstas, claro está, distintas a como se dice. Las cosas, allí, en ese florido patio trasero de la casa.

 

27/04/017.

Un héroe y la vida chiquita.

半神

Cuando era muchacho, leí en una página de periódico una noticia que todavía hoy, pasados tantos años, no sólo no he olvidado, sino que me sigue conmoviendo. Según ella, en el barrio Bermejal, al norte de la ciudad, había sucedido un hecho que sorprendió y afectó dolorosamente al vecindario. El sábado anterior, el matón del barrio había dado muerte en una pelea desigual a Eleazar Quevedo, anciano de 75 años que se había atrevido a desafiarlo. La noticia, una más, apenas se detenía en el hecho, alcanzando a informar que el asesino lo apodaban “culebra” y que no pasaba día en que, cuchillo en mano, no dejara de sembrar el terror en el lugar. En el nefasto ejercicio llevaba años y los vecinos acobardados, encerrándose en sus casas, evitaban enfrentarlo. De hecho, “culebra” tenía ya a varios a sus cuestas, sin que la autoridad interviniera para nada. Nadie sabía su nombre, sólo que había estado en la Guerra de Corea, y que la tranquilidad existió hasta que el ex -soldado llegó al barrio. Era una bestia enloquecida, y aquel sábado llegó desafiando a todo el mundo y así lo estuvo haciendo hasta que don Eleázar, cansado con los desmanes y abusos, le salió al quite, convencido de que ya era suficiente y, cómo se lo dijo a una sobrina, él había vivido lo necesario y así estuviera en desventaja, dada la juventud y los antecedentes del villano, no temía enfrentársele. El duelo se dio en media calle y el anciano peleó hasta el fin.

La noticia, si destacaba el hecho, se olvidaba de reconocerle al acto su verdadero valor. Al anciano no lo llama héroe, pasando por alto que, en beneficio de los demás, él sacrificaba su vida y, si dijo que lo hacía porque había vivido lo suficiente, esto no le restaba valor. Por el contrario, le estaba otorgando un significado aún mayor. Además que, por viejo, su decisión no se hacía más fácil.

Pero no hubo quién lo dijera así y, a lo mejor, lo que lo hace aún más ejemplar, el mismo don Eleázar no fuera consciente de las dimensiones de su acto. Actúo porque consideró que era hora de que alguien lo hiciera y eso le correspondía a él.

Hubo un tiempo en el que la literatura, tan distinta a la cínica y consumista de hoy, rendía tributo al valor y al protagonista se le llamaba héroe y su acción ilustraba aquello capaz de dignificar en grado mayor la existencia misma. Las novelas y cuentos de Joseph Conrad son un tratado de ello . Bueno tenerlo en cuenta hoy, no porque en la cotidianidad los héroes falten, sino porque lo noticioso lo iguala todo.

 

Una propuesta para los tiempos venideros.

Tengo una teoría, todavía endeble, ¿pero cuál no lo ha sido en un comienzo?, que he venido craneando estos días santos, que por santos se prestan a todo (como el personaje que sabemos). Miraba la película “Comenzar de nuevo” en la tv, cuando apareció una mujer, Rebecca Hall, actriz inglesa, que cada vez que me la encuentro en un film, se me altera el pulso. No es una belleza que digamos pero tan poco pasa desapercibida. Eso sí es una muy talentosa actriz, y lo que en últimas la hace única, inolvidable siempre, es su boca, tanto que sin pensar en ella, sin el deseo de repasar delicadamente sus labios con un dedo, mi teoría para nada hubiera tenido ocurrencia. No es la boca perfecta de Jessica Chastain, capaz de convertir un sapo en un alucinado, ni la de la Biel, con la que guarda cercanías pulposas, tampoco con la renacentista de la adorable Marion,  solo es la boca que, a diferencia de las demás, acentuando cualquier referente o pie de página erótico, facilita y da razón a mi teoría. Héla aquí, y la digo con el debido temor y descaro de quien acepta todavía andar entre las tinieblas, sabiendo en todo caso que éstas son el alba del futuro: quién creó a la mujer, quizás debió pensar que, como en una buena página, no necesitó decirlo todo, a menos que haya dejado para después, lo que en Rebecca es ya un punto y un aspecto suficientes. Reducir el todo, claro, prescindiendo del sobrante anatómico, a un detalle y en lugar del género tal como lo conocemos, poblar al mundo sólo de bocas, de bocas como la de Rebecca, que con el labio superior levantado, un tris apenas, como quien está al borde de ofrecernos algo mayor, constituyan una vuelta de página a la historia y el nuevo comienzo de toda oportunidad perdida.

Teoría o ilusión, lo cierto es que  tampoco los hombres necesitamos más. Una boca hermosa es suficiente…sin importar los menesteres.

Afilo mis instintos.

 

Hace rato la soledad permanece en el guayabo sin atreverse, tal como lo hacía antes, a volar y comer del plátano, que se le ha colocado en la manga. Las precauciones y miedos seguramente se lo impiden y de nuevo el ave se ha vuelto arisca como cuando comenzó a aparecer en el predio. Y razón no le falta.

Hace unos días encontré en la entrada del garaje las dos hermosas plumas traseras de una de ellas. Pensé erróneamente que quizás las mudaban y como había visto que, con la nueva cría, ya eran tres, a lo mejor eso había sucedido y una de ellas empezaba a lidiar otra vez con el plumaje.

Con estas visitantes había llegado a una suerte de pacto tácito. A diario yo les ofrecería alimento y ellas, muchas veces metiéndose a la casa a reclamar lo suyo, me permitirían gozar, sin aspavientarse, de su irisada, tornasolada, belleza. Porque si hay pájaro hermoso, ¿cuál no?, es éste. De un tamaño mayor a los otros, su plumaje de un color verdiazul y azulverde, imposible en algo que no salga de los hornos de la naturaleza, ni por aproximación me atrevo a describir. No importa, quien lo ha visto lo tiene presente, además porque sus dos largas colas terminadas en abanico y su movimiento pendular, lo facilitan.

Bueno, una tarde encontré las plumas tiradas en el piso y al relacionarlas con sus temores de ahora (esta mañana el plátano permaneció intacto), de pronto vi claro. Recordé que, sumido en tareas protocolarias,  había visto un gato agazapado cerca al lindero. Que ahora, culpable, la bestia huya cuando me ve,  no exige mucha cabeza. El maldito, consagrado a paladear sus instintos, atrapó a una de mis huéspedes, convencida de que la familiaridad y la seguridad hogareñas, no encerraban riesgo alguno.

¡Ah, miserable!, ni por un instante, su fechoría lo llevó a pensar que, para quien cultiva sus instintos, la belleza, esa disquisición superior de la vida, será siempre una presa fácil. Hasta aprovechó que fuera así. Olvidó, sin embargo, que, en el orden de las cosas, a un depredador sigue otro y que hoy me levanté con ánimo avieso. Que se cuide.

 

¿Un poema chino?

 

Abro la ventana del estudio y el aroma me llega de lleno, inesperado. No lo ubico en el jardín y tardo en reconocerlo. Es un aroma muy fuerte, un poco dulzón, que durante la mañana me sigue llegando a intervalos, moviéndome a dejar mis asuntos y a echar una mirada para averiguar qué lo produce. Ya lo había sentido días antes, sólo que de manera más tenue, apenas cayendo en cuenta de él, pero esta mañana de finales de marzo y comienzo de la primavera en otros lados, se hace imposible ignorarlo. Ahí está, rotundo, sobreponiéndose a cualquier otro en este cuidado jardín urbano donde no faltan los árboles ni las aves que tú quieras, dándoles a los instantes de la vida otros motivos y sentidos. Un rincón donde todavía la naturaleza, esa gran maestra, así sea a escala menor, no deja de recordarnos el regalo que es. La brújula que por razón alguna debemos perder.

Me asomo, pues, alargando la cabeza; entonces ahí abajo, cerca a la pared del primer piso, lo descubro. Copado, de perfectas flores blancas y moradas (como un poema chino traducido por Ezra Pound, la única forma en que yo lo imagino), está la razón de que, con todo el riesgo que supone hacerlo en Medellín, cierre los ojos y aspire con profundidad todo ese aroma exhalado de repente. Entonces pienso en el sabor de la magdalena que llevó a Proust a   escribir su gran obra y a preguntarme si existe otra igual en la literatura en el que el olor de una flor haya posibilitado la ocasión de un libro semejante. Yo lo ignoro, aunque nada más propicio para ello que la poesía.

De la noche a la mañana, la Francesina, que hacía un año había enmudecido, siguiendo su propio ritmo, amaneció copada de pétalos orientales, más bella que siempre, y su intenso aroma es la buena noticia que la diferencia de aquellas otras que de desastres, avalanchas y tristezas, trae el día de hoy.

 

Keira y un día de suerte.

Cuando presenté mi tiquete, la empleada del mostrador me dijo que era pasajero “ascendido” y me mandó para clase ejecutiva. Celebraba mi buena suerte, cuando al penetrar al avión, la azafata, después de echar un vistazo rápido, me ubicó en una silla al lado de una pasajera que resguardaba su identidad bajo unas amplias gafas y una pañoleta. El avión, un ARBUS 326, viajaba de NuevaYork a Londres y yo me dispuse a disfrutar los privilegios que la nueva e inesperada categoría de pasajero me concedían. Aunque no iba a importunar o importuné a la enigmática pasajera con cualquier charla insulsa, en adelante no dejé de observarla por el rabillo del ojo. Sintetizando, ella aprovechó la travesía del Atlántico para dormir, mientras yo tejía cábalas para saber de quién se trataba,  pues al querer pasar desapercibida o quizás por eso, mi interés se redobló. Eso me aligeró el viaje, no tenía más en que pensar. Horas después, cercanos ya al final, la dama se despertó y, al volverse, me sonrió. Parecía más relajada, daba la impresión de entrar a territorio conocido, incluso se quitó las gafas y las guardó en su elegante bolso Gucchi. Para mi sorpresa, como si me agradeciera no haberla molestado, me extendió la mano y se presentó: Keira. En adelante charlamos como si nos conociéramos de siempre. Su simpatía y belleza eran un regalo. En algún momento se levantó para ir el baño y al verla ir por el pasillo, recordé esas piernas que lucían perfectas sobre los tacones altos. Entonces, milagros de la memoria, la recordé, supe quién era, pues la había visto como invitada en un programa de Graham Norton. ¡Qué día de suerte para mí!

Mientras descendíamos  del avión y nos internábamos en el túnel aeroportuario, amigos cómo éramos, me atreví a discutirle su papel de novia y paciente, primero de Jung y, luego de Freud, ese par de charlatanes, en aquel film donde, saltándose toda su aura erótica y esa sonrisa capaz de descuadrar un teorema, no se le hacía justicia a su belleza. ¡Ay, Keira, casi le gritaba, tú que eres capaz de derretir un glaciar con tu espontaneidad y alegría, ¿cómo te prestaste a figurar en ese catecismo de sumisos? Y bla, bla, bla, y ella reía, y yo la dejaba adelantar unos pasos para admirar su figura, resaltada por el vestido de falda ancha y los tacones rojos. Keira, Keirita, le repetía, apiádate de este colombiano que no tiene más futuro que su pasado. En esas llegamos a la sección de maletas y, como ya se despedía, me dio un abrazo y un beso, de los cuales aún no me recupero y no conseguiré recuperarme nunca. Lo lindo, ahora que me lo planteo, fue que todo lo hablado y dicho fue en inglés, un idioma que no hablo.

El cielo y los astrólogos.

 

Dice Cervantes que Sancho Panza era astrólogo. No que tuviera consultorio y leyera el destino o la suerte en el zodíaco, “el friso del cielo”, como lo llamó Platón; más faltaba a quien, rústico, le bastaba con la fe del carbonero. Pero sí, Sancho era astrólogo como en aquel “entonces” -el que describe la novela-, se nominaba a quien, campesino o pastor, dados los lugares y apremios de su labor, sabía con certeza las horas que corrían en cualquier momento de la noche. Para eso le bastaba mirar el cielo y las estrellas, su surgir y ocultar, su eterno movimiento, y en esto Sancho, lo reconocía el autor, era atinado, despertaba confianza. Como pocos, sabía lo que el reloj astral indicaba.

Claro que aquel noble oficio se perdió con el correr del tiempo, y Cervantes, al atribuírselo a su personaje, como a tantas otras cosas en sus páginas, lo reseña y le rinde tributo.

Repaso este episodio del Quijote, mientras camino al mediodía por las callejas empedradas de la colonial Sta Fé de Antioquia, donde todo parece ir más despacio y el tiempo es otro y quizás se pueda escudriñar en las noches. El tiempo, no el de los relojes, siempre apurado, sino el que mide el paso lento de las cosas -quizás  el mismo del corazón-, algo que ya parece estar fuera de todo dominio.

Porque si algo nos ha robado el tiempo, por paradójico que parezca, son los relojes. Están en todas partes, en lo alto de las torres, en los edificios gubernamentales, en hospitales y aeropuertos, en plazas y mercados, en pinturas y films, en el hogar, en móviles y muñecas. En fin, en el sueño y la realidad.

No podemos escapar a ellos, tazan nuestro afán en minutos y segundos y monetizan la existencia. Nos sacan, ¿cómo dudarlo?, de ella. De ahí, que siempre “nos falte tiempo” o “no tengamos tiempo”, como acostumbramos decirlo, y que ahora cuando se descubren galaxias y sistemas planetarios donde acaso la especie, amenazada por uno y mil males, tenga en un futuro próximo una vida llevadera, la posibilidad al menos, el cálculo de 40 millones de años luz que nos separa, nos luzca como demasiado por “física falta de tiempo”.

 

Una ciudad que es todo, menos una ciudad.

Tal vez uno sea como su ciudad es. Verme crecer fue ver como un lugar del que sus habitantes se sentían orgullosos, pues era una ciudad plácida y hermosa,  pasó a ser otra donde, caos y miseria incluidos, vivir se volvió una carga. A Medellín la llamaban la “bella Villa”, “la tacita de plata”, “la ciudad de la eterna primavera”, no sé de cuantas maneras más, y la gente moría porque ese era el curso natural de las cosas. Y se vivía, por lo que recuerdo, como si fuera la ciudad celestial. Don Tomas Carrasquilla, como a Bello y Sabaneta (hay que ver lo que son hoy), no dudó en llamarla un paraíso..

Yo hablo del Medellín de hasta los años setenta, cuando empezó a caerle la maldición y ya nadie supo cómo llamarla. Cuando el “progreso”, el ánimo especulativo, la mafia dieron muy buena cuenta de toda civilidad y poco se pensó, más allá de enfrentar una violencia genocida, que en ella también tenía que ver la forma cómo, heroicamente o no, pensábamos la vida y cómo queríamos vivir allí.

Vistas las cosas así, da la impresión que quienes imaginaron y pensaron a la ciudad como tal (por última vez), con sus aires franceses o art nouveau, fueron unas generaciones que tenían presente que su suerte también dependía del concepto colectivo y el amor propio a que daban lugar su planeación, espacios y servicios públicos, la belleza y funcionalidad de sus edificios y construcciones, sus barrios, la vida hecha a diario, a diferencia de ahora, donde, salvo suntuosidades vanidosas, los funcionarios no saben qué hacer y nosotros, sus habitantes, corremos de un refugio a otro, llámese oficina, casa o tugurio, porque la ciudad, salvo el caos vehicular, el gas tóxico, las motos, la inseguridad, el robo del paisaje, la pobreza, la desdicha, la insolidaridad, poco posibilita.

Medellín ya no se puede caminar, ni tiene parques donde acudir, ni tranvía al cual subir, donde darle a la existencia, acá en este país tan difícil, además de un respiro, gratificarse con ella.

Y no me pidan que sea positivo porque sé de lo perdido.

 

Sin aves no hay paraíso.

-Están apareándose-, me dice la vecina.
Son cuatro gavilanes que a esta hora de la mañana han volado de entre los árboles y, asentándose en la entrada del edificio, empezaron a comer de los trozos de pan que se les acostumbra echar a los demás pájaros. Primera vez que se posan tan cerca. Aunque su hábitat sea la zona verde de la urbanización y los predios arbolados de la parte trasera del convento, se mantienen a distancia, rara vez como hoy, rompen la norma. Sin embargo, ariscos, cualquier ruido o movimiento los espanta y vuelven a su escondrijo entre los árboles de mango, cámbulos y pomos. Pero, tentados por el pan, no demoran en regresar: uno, al comienzo; luego, dos y tres después.
Saco la cámara e intento tomarles una foto. Desde hace tiempos vivo atentos a ellos, son una familia grande, de cinco miembros, cuyos chillidos en la mañana alarman a las demás aves que, en bandadas, vuelan despavoridas, y en las tardes giran en el cielo, dejándose llevar por las corrientes de aire, bellos y pacíficos, después de un día venturoso. No creo que exista vuelo menos ostentoso y placentero que el suyo. En esto nos llevan ventaja y sabiduría, asumiendo con las nubes y el cielo lo que les corresponde en esa tarea estética que en su conjunto es también la vida. La diaria, la de todo los días, la que en una ciudad como Medellín, encementada, llena de tráfico, ruido, crimen, gente y contaminación, no es nada fácil alcanzar, aunque en lugares como éste, una urbanización más o menos tranquila al occidente, la situación parece ser otra. Lo digo porque quienes la planearon tuvieron muy en cuenta el entorno y cuidaron de no entrar en disputa con la naturaleza, sin tocar sus árboles y trayendo otros, posibilitando además el jardín común. Quizá esto explique por qué, con los años, la cantidad de aves y especies sean tantas, desde carpinteros, torcazas, azulejos, abejeros, canarios, reinitas, loras, pericos, toches e incluso, ibis negros, et, etc. Y gavilanes, por supuesto.
Y, como si lo dicho fuera poco, mientras garrapateó esta prosa, sobre el almendro negro, verde y majestuoso, oigo el alboroto del par de pintarrajeadas guacamayas que desde hace unos días, venidas de quién sabe dónde, nos visitan y dan aviso a los escépticos de que por fuera de sus pensamientos y llanezas, existe un obrar de todo que no interrumpe su marcha.

Libélulas.

Antes era frecuente verlas

agitando sus irisadas alas

sobre el agua de las piscinas,

las flores de los antejardines

o los matorrales silvestres.

Caigo en cuenta ahora

cuando ya no hacen parte

de la diaria razón de las cosas.

Por lo menos de estos espacios urbanos

donde el halo natural

se ha tornado una reverberación venenosa.

¿Son las libélulas otra especie en extinción?,

me pregunto, y pienso en el destino de la belleza,

si ella apareció con el mundo o es producto,

como todo, del ciclo evolutivo

y, por tanto, un día morirá también… como todo.

O es sustancia de lo divino

y poco importa lo que el mortal haga de ella,

pues sobrevivirá a su desatino

en otros espacios remotos.

Pero ¿quién daría entonces cuenta de ella?

Innato es nuestro sentido de la belleza,

y perderla, dejarla de advertir, sería el comienzo de la desgracia.

Sin embargo, no existe situación, por miserable que sea,

que esté exenta de ella. Aún en la muerte

percibimos que, por mínimo

que haya sido su brillo,

por su causa  entrevimos el paraíso,

aquel lugar donde un resplandor inextinguible

gratifica al corazón

sin necesidad de mayores razones.

¡Ah!, los días en que las libélulas

venían a prenderse al jardín de la casa

sin otra causa que la belleza misma

sin otro fin que anunciarse

en el regalado verano de nuestra dicha.